LA NADA INESTABLE

La existencia de energía en el espacio vacío —el descubrimiento
que sacudió nuestro universo cosmológico y la idea que forma los cimientos de
la inflación— solo refuerza un aspecto del mundo cuántico que, en el contexto de
la clase de experimentos de laboratorio ya se conocía bien. El espacio vacío es
complicado. Es un caldo hirviente de partículas virtuales que existen y dejan
de existir en un lapso de tiempo tan breve que no las podemos ver directamente.
Las partículas virtuales ponen de manifiesto una propiedad básica de los
sistemas cuánticos. En el núcleo de la mecánica cuántica funciona una norma que
en ocasiones rige a los políticos o a los presidentes de corporaciones: en
tanto nadie mire, todo vale. Los sistemas continúan moviéndose, aunque sea solo
momentáneamente, entre todos los estados posibles, incluidos estados que no se
permitirían si el sistema estuviera siendo objeto de mediciones en ese momento.
Estas «fluctuaciones cuánticas» implican algo esencial sobre el mundo cuántico:
nada siempre produce algo, aunque solo sea por un instante.
Como un corredor de bolsa que quiera robar, si el estado al que
fluctúa un sistema requiere escamotear cierta energía del espacio vacío,
entonces el sistema tiene que devolver esa energía en un tiempo lo bastante
breve como para que nadie que esté midiendo ese sistema pueda detectarlo. En
consecuencia, cabría suponer que es seguro afirmar que este «algo» que
engendran las fluctuaciones cuánticas es efímero; no es mensurable, a diferencia
de usted, de mí, o de la Tierra en la que vivimos. Pero también esta creación
efímera está sujeta a las circunstancias asociadas con nuestras mediciones. Por
ejemplo, pensemos en el campo eléctrico que emana de un objeto cargado. Es, sin
lugar a dudas, real. La fuerza de la electricidad estática se puede notar en el
pelo o en un globo que se queda pegado a una pared. Sin embargo, la teoría
cuántica del electromagnetismo sugiere que el campo estático se debe al hecho
de que las partículas cargadas que intervienen en la producción del campo
emiten fotones virtuales que, en lo esencial, tienen una energía total de cero.
Estas partículas virtuales, como tienen energía cero, pueden
propagarse por todo el universo sin desaparecer, y el campo que se debe a la
superposición de muchas de ellas es tan real que lo podemos sentir. A veces,
las condiciones son tales que en efecto pueden surgir del espacio vacío, con
impunidad, partículas masivas reales. En un ejemplo, situamos muy cerca dos
placas cargadas y, cuando el campo eléctrico entre ellas adquiere la fuerza
suficiente, se torna energéticamente favorable a que una pareja real de
partícula-antipartícula puede «surgir» del vacío, con la carga negativa
orientada hacia la placa positiva y la carga positiva orientada a la negativa.
Al hacerlo así, cabe la posibilidad de que la reducción de energía derivada de
reducir la carga neta sobre cada una de las placas (y en consecuencia, el campo
eléctrico intermedio) sea mayor que la energía asociada con la energía de la
masa en reposo requerida para producir dos partículas reales. Por descontado,
para que estas condiciones sean posibles, la fuerza del campo tiene que ser
descomunal.
Existe de hecho un lugar en el que campos fuertes de otra clase
podrían permitir que ocurriera un fenómeno similar al descrito arriba; pero, en
este caso, debido a la gravedad. Este descubrimiento es el que valió a Stephen
Hawking la fama entre los físicos, en 1974, cuando mostró que podría ser que
los agujeros negros —de los cuales, al menos en ausencia de los supuestos de la
mecánica cuántica, no puede escapar nada en ningún momento— irradiaran
partículas físicas. Hay muchas formas diversas de intentar comprender este
fenómeno, pero una de ellas es asombrosamente parecida a la situación que he
descrito arriba para los campos eléctricos. Fuera del núcleo de los agujeros
negros hay un radio denominado «horizonte de sucesos». Dentro de un horizonte
de sucesos, en la concepción clásica, ningún objeto puede escapar porque la
velocidad de escape supera la de la luz. Así pues, ni siquiera la luz emitida
dentro de esta región podrá salir fuera del horizonte de sucesos.
Ahora imaginemos que una pareja partícula-antipartícula forma un
núcleo fuera del espacio vacío, en el límite exterior mismo del horizonte de
sucesos, debido a las fluctuaciones cuánticas en esa región. Es posible que, si
una de las partículas llega a caer dentro del horizonte de sucesos, pierda
tanta energía gravitacional al caer dentro del agujero negro que esta energía
duplique la masa en reposo de cualquiera de las dos partículas. Esto significa
que la partícula asociada puede salir despedida al infinito y ser observable
sin ninguna violación de la conservación de la energía. La energía positiva
total relativa a la partícula irradiada la compensa de sobras la pérdida de
energía experimentada por la partícula asociada al caer en el agujero negro.
Por lo tanto, el agujero negro puede irradiar partículas.
Esta situación es aún más interesante, sin embargo, precisamente
porque la energía perdida por la partícula que cae al interior es mayor que la
energía positiva relacionada con su masa en reposo. De resultas, cuando cae al
agujero negro, el sistema neto del agujero negro más la partícula, de hecho,
¡suma menos energía de la que sumaba antes de que la partícula cayera al
interior! El agujero negro, en consecuencia, se vuelve más ligero después de la
caída de la partícula, por una cantidad equivalente a la energía transportada
por la partícula irradiada que escapa. A la postre, el agujero negro puede
irradiarse por completo al exterior. En este punto, no sabemos más, porque en
los estadios finales de la evaporación de un agujero negro interviene la física
en escalas de tan pequeña distancia que la relatividad general, por sí sola, no
puede darnos la respuesta última. En estas escalas, la gravedad debe tratarse
como una teoría de plena mecánica cuántica, y nuestra comprensión actual de la
relatividad general aún no nos permite determinar con precisión qué pasará. No
obstante, todos estos fenómenos comportan que, en las circunstancias adecuadas,
no solo nada puede convertirse en algo, sino que es preciso que ocurra.
En cosmología, uno de los primeros ejemplos del hecho de que la
«nada» pueda ser inestable y formar algo procede de los intentos de comprender
por qué vivimos en un universo de materia. El lector, probablemente, no se
despertará cada mañana preguntándose por esto, pero el hecho de que nuestro
universo contenga materia es excepcional. El rasgo particularmente excepcional
al respecto es que, hasta donde podemos saber, nuestro universo no contiene
grandes cantidades de antimateria que, como se recordará, existe por requisito
de la relatividad y la mecánica cuántica, de modo que, para toda partícula de
la que tengamos constancia en la naturaleza, puede existir una antipartícula
equivalente con la carga contraria y la misma masa. Cabría pensar que, en su
inicio, todo universo razonable contendrá cantidades iguales de ambas. A fin de
cuentas, las antipartículas de las partículas normales tienen la misma masa y
otras propiedades similares, por lo que si las partículas se crearon en los
primeros tiempos, habría sido igual de fácil crear antipartículas.
Alternativamente, podríamos imaginar asimismo un universo de
antimateria en el que todas las partículas que conforman las estrellas y
galaxias hubieran sido sustituidas por sus antipartículas. Tal universo
parecería ser casi idéntico al universo en el que vivimos. Los observadores de
tal universo (compuestos ellos mismos de antimateria) no dudarían en llamar
«materia» lo que nosotros llamamos «antimateria». El nombre es arbitrario.

Ahora bien, si nuestro universo hubiera empezado siendo así de
razonable, con cantidades iguales de materia y antimateria, y hubiera
continuado así, nosotros no estaríamos aquí para preguntar por qué ni cómo.
Esto se debe a que todas las partículas de materia se habrían aniquilado con
todas las partículas de antimateria, en el universo inicial, y no habrían
dejado tras de sí más que pura radiación. No habría quedado materia ni
antimateria que formara estrellas, o galaxias, o amantes o antiamantes
que, de otro modo, el uno en brazos del otro, pudieran echar la vista arriba y
sentirse emocionados por el espectáculo del cielo nocturno. Sin dramas. La
historia consistiría en un vacío, un baño de radiación que se iría enfriando
lentamente hasta generar, a la postre, un universo frío, oscuro e inhóspito. La
nada sería la reina suprema.
Sin embargo, en la década de 1970 los científicos empezaron a
comprender que se puede empezar con cantidades iguales de materia y antimateria
en un Big Bang inicial denso y caliente y, mediante
procesos cuánticos plausibles, «crear algo de nada» al establecer una pequeña
asimetría, con un ligero excedente de materia, frente a la antimateria, en el universo
temprano. En este caso, en lugar de una aniquilación completa de materia y
antimateria, que habría dado en la actualidad nada más que una pura radiación,
toda la antimateria disponible en el universo temprano se habría aniquilado con
la materia, pero el pequeño excedente de materia habría carecido de una
cantidad similar de antimateria con la que aniquilarse y, por lo tanto, habría
pervivido. Esto habría generado toda la materia que integra las estrellas y
galaxias que vemos en el universo actual.
Como resultado, lo que de otro modo parecería un logro pequeño
(establecer una pequeña asimetría en los primeros tiempos) quizá debería
considerarse en su lugar casi como el momento de la creación. Porque desde el
momento en que se crea una asimetría entre materia y antimateria, ya nada podrá
quebrantarla nunca. En este punto, ya se había escrito la historia futura de un
universo repleto de estrellas y galaxias. Las partículas de antimateria se
aniquilarían con las de materia en el universo temprano y el resto de las
partículas de materia sobreviviría hasta nuestros días, lo que determinó el
carácter del universo que conocemos, a en el universo actual. De hecho, se
habría necesitado precisamente una asimetría similar, de cerca de una parte por
millar de millones, porque en el fondo cósmico de microondas hay hoy,
aproximadamente, 1.000 millones de fotones por cada protón del universo. Los
fotones de la radiación del FCM son los restos, en este escenario, de la
temprana aniquilación de materia y antimateria, cerca del principio del tiempo.
Aún no tenemos una descripción definitiva de cómo podría haber
ocurrido este proceso en el universo temprano, porque aún no hemos establecido,
de forma completa y empírica, la naturaleza detallada del mundo microfísico en las escalas en las que es probable que esta
asimetría se hubiera generado. No obstante, se ha explorado toda una serie de
diversos escenarios plausibles, a partir de las mejores ideas actuales sobre la
física a esas escalas. Aunque difieren en los detalles, todos poseen las mismas
características generales. Los procesos cuánticos asociados con las partículas
elementales en el baño de calor primordial pueden ir transformando un universo
vacío (o, de forma equivalente, a un universo inicialmente simétrico en su relación
de materia y antimateria), inexorable y casi imperceptiblemente, en un universo
que estará dominado por la materia o la antimateria.
Si pudiera haber ocurrido por igual de uno y otro modo, ¿fue acaso
un simple accidente circunstancial que nuestro universo acabara dominado por la
materia? Imaginemos que estamos en lo alto de una montaña elevada y tropezamos.
La dirección en la que caemos no estaba ordenada de antemano, sino que es más
bien accidental, según la dirección a la que estuviéramos mirando o el punto
del paso en el que tropezáramos. Quizá el caso de nuestro universo sea
similar y, aunque las leyes de la física son fijas, la
dirección última de la asimetría entre materia y antimateria se eligió según alguna
condición inicial azarosa (igual que, en el caso del tropezón que
nos envía montaña abajo, la ley de la gravedad es fija y determina que caeremos, pero
en qué dirección ocurra puede ser accidental). Una vez más,
nuestra propia existencia, en este caso, habría sido un accidente
ambiental. Ahora bien, independientemente de esta incertidumbre está el hecho
llamativo de que un rasgo de las leyes físicas
subyacentes puede permitir que los procesos cuánticos alejen al
universo de un estado indiferenciado.
El físico Frank Wilczek,
que fue uno de los primeros teóricos en explorar estas posibilidades, me ha
recordado que utilizó precisamente el mismo lenguaje que yo he usado
previamente en este capítulo en un artículo que publicó en 1980 en Scientific American sobre la asimetría de materia y antimateria del universo.
Tras describir cómo sería plausible que se generase una
asimetría de materia y antimateria en el universo temprano, a partir de nuestra nueva
comprensión de la física de partículas, comentó que esto
apuntaba a una forma de responder a la pregunta de por qué hay algo, en
vez de nada: la nada es inestable. Frank hacía hincapié en que el excedente de materia frente a
antimateria medido en el universo parecería, a
primera vista, suponer un obstáculo a la hora de imaginar un universo que
pudiera surgir de una inestabilidad en el espacio vacío, con
un Big Bang engendrado de la nada. Pero si esta asimetría pudiera surgir
de forma dinámica después del Big Bang, el
obstáculo queda superado. En sus palabras:
«Cabe conjeturar que el universo comenzó en el estado más
simétrico posible y que, en ese estado, no
existía ninguna materia: el universo era un vacío. Existió un
segundo estado y, en él, existió la materia. Este segundo estado era
ligeramente menos simétrico, pero también poseía una energía
menor. Con el tiempo, apareció una zona de fase menos
simétrica, que creció con rapidez. La energía liberada por la
transición halló forma en la creación de partículas. Este suceso quizá podría
identificarse con el Big Bang…
La respuesta a la antigua pregunta: «¿Por qué
hay algo en vez de nada?», sería, pues,
que esa «nada» es inestable.» ¿qué
proceso físico específico, en la historia temprana de la Tierra,
podría haber llevado a la creación de las primeras biomoléculas replicantes
y de su metabolismo? Igual que, en el campo de la Física,
la década de 1970 fue testigo de un increíble progreso, la última
década lo ha visto en el campo de la biología molecular. Hemos tenido
noticia, por ejemplo, de vías orgánicas naturales que podrían
producir, en condiciones plausibles, ácidos ribonucleicos, que durante
mucho tiempo se ha pensado eran los precursores de nuestro mundo
moderno, basado en el ADN. Hasta fecha reciente, se ha creído que esta clase de vías
directas era imposible y que, por lo tanto, alguna
otra clase de forma intermedia debía haber interpretado un papel clave.
Ahora son pocos los bioquímicos y biólogos moleculares que dudan
de que la vida pueda surgir naturalmente de la
ausencia de vida, pese a que los detalles aún no se han
descubierto: la primera vida que se formó en la Tierra, ¿tenía
que tener la química que tuvo o hay muchas posibilidades distintas e
igualmente viables? En cierta ocasión, Einstein formuló una pregunta que, según dijo,
era la única cosa que de veras ansiaba saber sobre la
naturaleza. Admito que es la pregunta más profunda y
fundamental que muchos de nosotros quisiéramos ver respuesta. En sus palabras: «Lo
que quiero saber es si Dios [sic] tuvo alguna elección en la creación del universo».

He anotado estas palabras porque el Dios de Einstein no era el
Dios de la Biblia. Para Einstein, la existencia de orden
en el universo proporcionaba una sensación de maravilla tan honda
que se sentía espiritualmente próximo a tal orden, que denominó, a
partir de Spinoza, con el apodo «Dios». En cualquier caso, lo
que de verdad quería decir Einstein con esta pregunta es la misma cuestión que acabo de
describir en el contexto de varios ejemplos distintos: ¿Son
únicas las leyes de la naturaleza? Y el universo que habitamos, que es
fruto de esas leyes, ¿es único? Si cambiamos una de sus facetas, una
constante, una fuerza, por menor que sea el cambio, ¿se derrumbaría
todo el edificio? En un sentido biológico, ¿la biología de la vida es
única? ¿Somos únicos en el
universo? Retomaré esta cuestión, de la mayor
importancia, más adelante.
Aunque un debate de este estilo hará que sigamos definiendo y
generalizando nociones de «nada» y «algo», quiero
volver a dar un paso intermedio que justifique que la creación de algo
es inevitable. Según la he definido hasta el momento, la «nada» relevante de la
que emerge nuestro «algo» observado es el
«espacio vacío». Sin embargo, toda vez que permitimos la fusión de
la mecánica cuántica y la relatividad general, podemos hacer extensivo el
argumento al caso en el que el propio espacio se ve obligado a existir.
La relatividad general como teoría de la gravedad es, en el
núcleo, una teoría del espacio y el tiempo. Según
indiqué, esto significa que fue la primera
teoría que pudo ocuparse de la dinámica no solo de los objetos que se mueven a
través del espacio, sino también de cómo evoluciona el espacio en sí.
Disponer de una teoría cuántica de la gravedad, por lo tanto,
supondría que las reglas de la mecánica cuántica
se aplicarían a las propiedades del espacio, y no solo a las
propiedades de los objetos queexisten en el espacio, como en la mecánica
cuántica convencional.
Ampliar la mecánica cuántica para incluir esta clase de
posibilidad es peliagudo, pero el formalismo que desarrolló
Richard Feynman, que llevó a una comprensión moderna del origen
de las antipartículas, es idóneo para esta labor. Los métodos de Feynman se centran en el hecho clave: los sistemas mecánico-cuánticos exploran todas las trayectorias
posibles, incluso las que clásicamente están prohibidas, mientras evolucionan
en el tiempo. Para poder estudiarlo, Feynman
desarrolló un «formalismo de suma sobre historias» que realiza predicciones.
Con este método, sopesamostodas las posibles trayectorias que una
partícula podría adoptar entre dos puntos. Entonces asignamos una
probabilidad ponderada para cada trayectoria, basándonos en principios bien
definidos de la mecánica cuántica, y luego realizamos una suma de todas
las historias para poder determinar las predicciones últimas
(probabilísticas) del movimiento de partículas.
Stephen Hawking fue uno de los primeros científicos que aprovechó
al máximo esta idea para la posible mecánica cuántica
del espacio-tiempo (la unión de nuestro espacio
tridimensional con una dimensión de tiempo para formar un sistema de espacio-tiempo cuatridimensional unificado, según requiere la teoría de la
relatividad especial de Einstein). La ventaja del método de Feynman
era que centrarse en todas las historias posibles acaba significando
que se puede mostrar que los resultados son independientes de las etiquetas
específicas de espacio y tiempo que uno aplica a cada punto en cada
historia. Como la relatividad nos dice que diferentes observadores
en movimiento relativo medirán distintamente la distancia y el tiempo
y, por lo tanto, asignarán valores diferentes a cada punto del espacio y
el tiempo, resulta particularmente útil disponer de un formalismo
independiente de las distintas etiquetas que distintos observadores
pudieran asignar a cada uno de esos puntos del espacio y el
tiempo.
Y tiene su mayor utilidad, quizá, en las consideraciones de la
relatividad general, donde el etiquetado
específico de puntos del espacio y el tiempo se vuelve del todo
arbitrario, de manera que distintos observadores situados en distintos
puntos de un campo gravitacional miden desigualmente las distancias y
los tiempos; y todo lo que a la postre determina el comportamiento de los
sistemas son cantidades geométricas
como la curvatura, que
resultan ser independientes de todos estos esquemas de etiquetado.
Según he indicado ya en varias ocasiones, la relatividad general
no tiene una consistencia plena con la mecánica
cuántica, al menos hasta donde sabemos; y, por lo tanto, no hay
ningún método completamente inequívoco para definir la técnica de la suma de
historias de Feynman en la relatividad general. En consecuencia, hay que
hacer algunas conjeturas adelantadas, basadas en la
plausibilidad, y verificar si los resultados tienen sentido.

Si queremos considerar la dinámica cuántica del espacio y el
tiempo, entonces hay que imaginar que en las «sumas» de
Feynman, uno debe sopesar todas las posibles configuraciones
distintas que puedan describir las distintas geometrías que el espacio
puede adoptar durante los estadios intermedios de cualquier proceso,
cuando impera la indeterminación cuántica. Esto significa que debemos
considerar espacios que están muy curvados,
arbitrariamente, en distancias cortas y tiempos breves (tan cortas y tan breves que no
podemos medirlos, de forma que la extrañeza cuántica puede reinar
libremente). Estas configuraciones extrañas, entonces, no las observarían
los grandes observadores clásicos, como nosotros, cuando
intentamos medir las propiedades del espacio a lo largo de grandes
distancias y tiempos. Pero sopesemos posibilidades aún más extrañas. Recuérdese que, en
la teoría cuántica del electromagnetismo, pueden
surgir del espacio vacío partículas a discreción, a condición
de que desaparezcan de nuevo dentro de un marco temporal determinado por
el principio de incertidumbre. Por analogía, entonces, en la feynmaniana sumacuántica de las posibles configuraciones
espacio-temporales, ¿deberíamos sopesar la posibilidad de
espacios pequeños, posiblemente compactos, que por sí solos pasan a existir y
dejan de hacerlo? Más en general, ¿qué podemos decir de los espacios
que puedan contener «agujeros» o «asas» (como rosquillas
bañadas en el espacio-tiempo)?
Son preguntas abiertas. Sin embargo, salvo que uno pueda ofrecer
una buena razón para excluir tales
configuraciones de la suma mecánico-cuántica que determina las propiedades del universo en
evolución —y hasta la fecha, tal razón no
existe, que yo sepa—, entonces bajo el principio general que se
aplica a todo lo demás de lo que uno pueda tener constancia en la
naturaleza —es decir, que cualquier cosa que no está prohibida por las
leyes de la física tiene que pasar de hecho—, parece sumamente razonable
sopesar estas posibilidades. Segúna destacó Stephen Hawking, una teoría cuántica de la
gravedad permite la creación —aunque solo sea momentáneamente—de espacio en sí allí donde antes no existía. Aunque
en su obra científica él no intentaba resolver el enigma del «algo de la
nada», defacto es de esto de lo que podría tratar, en última
instancia, la gravedad cuántica. Los universos «virtuales» —es decir, los posibles pequeños
espacios compactos que pueden pasar a existir y dejar de
hacerlo en una escala temporal tan breve que no los podemos medir
directamente— son construcciones teóricas fascinantes, pero no parecen
explicar cómo algo puede surgir de la nada, a largo plazo; no
más que las partículas virtuales que, de otro modo, pueblan el espacio
vacío.
Sin embargo, recuérdese que un campo eléctrico real distinto de
cero, observable a gran distancia de una
partícula cargada, puede ser resultado de la emisión coherente, por parte de
la carga, de muchos fotones de energía virtual cero. Esto se debe
a que los fotones virtuales que llevan energía cero no violan la
conservación de la energía cuando se los emite. El principio de incertidumbre de Heisenberg, por lo tanto, no les obliga a existir durante períodos de tiempo
exclusivamente breves, antes de que deban ser reabsorbidos y
desaparecer de nuevo en la nada. (Una vez más, recuérdese que el principio de
incertidumbre de Heisenberg afirma que la indeterminación con la
que medimos la energía de una partícula, y con ello la
posibilidad de que esta energía pueda variar ligeramente por la emisión y
absorción de partículas virtuales, resulta inversamente proporcional a
la extensión de tiempo durante la cual la observamos. En
consecuencia, las partículas virtuales que transportan energía cero pueden
hacerlo, esencialmente, con impunidad; es decir, pueden existir durante
períodos de tiempo arbitrariamente largos, y viajar arbitrariamente lejos,
antes de ser absorbidas… lo que nos lleva a la posible
existencia de interacciones de largo alcance entre partículas cargadas. Si
el fotón no careciera de masa, de forma que los fotones siempre
transportaran una energía distinta de cero debido a una masa en reposo,
el principio de incertidumbre de Heisenberg
implicaría que el campo eléctrico sería de corto alcance, porque los fotones solo se
podrían propagar durante tiempos breves, antes de ser reabsorbidos de
nuevo). Un argumento similar sugiere que cabe imaginar un tipo de universo
específico que podría aparecer espontáneamente y
no sería necesario que desapareciera casi de inmediato debido
a las exigencias del principio de incertidumbre y la conservación de
la energía: sería un universo compacto con una energía total de
cero.
Bien, nada me gustaría más que apuntar que esta es precisamente la
clase de universo en la que vivimos. Esta
sería la salida más fácil… Pero aquí me interesa más ser leal a nuestra
comprensión actual del universo que plantear una defensa de apariencia
fácil y convincente conforme este se ha creado de la nada.
Ya he argumentado —espero que convincentemente— que el
promedio de la energía gravitacional newtoniana
de todo objeto de nuestro universo plano es cero. Y en efecto,
lo es. Pero la historia no termina aquí, pues la energía gravitacional no
representa la energía total de los objetos. A la gravitacional
debemos añadir la energía en reposo, asociada con su masa en reposo. Dicho
de otro modo, según mi descripción anterior, la energía gravitacional de
un objeto en reposo aislado de todos los demás objetos por una
distancia infinita es cero, porque si está en reposo, no tiene la energía
cinética del movimiento, y si se encuentra infinitamente lejos de todas las
demás partículas, la fuerza gravitacional —que otras partículas
ejercen sobre ella y podría proporcionarle energía potencial con la que realizar
un trabajo—también es esencialmente cero. Ahora bien,
según nos ha dicho Einstein, su energía total no se debe solo a la gravedad, sino
que también incluye la energía asociada con su masa, por lo cual —según
la fórmula famosa —, E = mc2.
Para poder dar cuenta de esta energía en reposo, tenemos que pasar
de la gravedad newtoniana a la relatividad general,
que, por definición, incorpora los efectos de la relatividad especial
(y E = mc2) en una teoría de la gravedad. Y aquí, las cosas se
tornan más sutiles e inducen más a confusión. En escalas pequeñas, en
comparación con la posible curvatura de un universo, y siempre que todos
los objetos del interior de esas escalas se estén moviendo despacio en
comparación con la velocidad de la luz, la versión de la energía en
la relatividad general regresa a la definición que conocemos por
Newton. Sin embargo, cuando estas condiciones dejan de cumplirse,
las previsiones anteriores apenas tienen validez.
Parte del problema es que la energía, según la concebimos
normalmente en los demás ámbitos de la física, no
es un concepto especialmente bien definido en las grandes escalas
de un universo curvo. Las distintas formas de definir
sistemas de coordenadas para describir las distintas etiquetas que distintos
observadores pueden asignar a puntos en el espacio y el tiempo
(que se denominan distintos «marcos de referencia») pueden llevar, en
las escalas grandes, a distintas determinaciones de la energía total del sistema. Con
miras a acomodar este efecto, tenemos que generalizar el
concepto de energía y, además, si queremos definir la energía total contenida en
cualquier universo, debemos sopesar cómo sumar la energía en
universos que pueden ser infinitos en cuanto a su extensión espacial.
Se ha debatido mucho acerca de cómo precisamente debe hacerse
esto.

Una cosa está clara, sin embargo: hay un universo en el que la
energía total es, definitiva y precisamente,
cero. Pero no es un universo plano, que es por principio espacialmente
infinito, y por lo tanto resulta problemático calcular la energía total. Es un
universo cerrado, uno en el que la densidad de materia y energía es
suficiente para hacer que el espacio se cierre sobre sí mismo. Según he
descrito anteriormente, en un universo cerrado, si uno mira lo suficientemente
lejos en una dirección, ¡acabará viendo la parte de atrás de
su propia cabeza! La razón de que la energía de un universo cerrado sea cero, en
realidad, es relativamente simple. Para
captarlo más fácilmente, consideremos el resultado por analogía con el hecho
de que, en un universo cerrado, la carga eléctrica total
también tiene que ser cero.
Desde los tiempos de Michael Faraday, entendemos que la carga
eléctrica es la fuente de un campo eléctrico
(debido, en la moderna jerga cuántica, a la emisión de los fotones
virtuales, de la que ya he hablado). Visualmente, imaginamos «líneas de
campo» que emanan radialmente desde la carga; el número de estas
líneas de campo sería proporcional a la carga, y en cuanto a su
dirección, irían hacia el exterior, para las cargas positivas, y hacia el
interior, para las negativas. Imaginamos que estas líneas de campo siguen hacia el infinito y, a
medida que se dispersan, se van alejando unas
de otras. Esto supone que la fuerza del campo eléctrico se va debilitando cada
vez más. No obstante, en un universo cerrado, las líneas de
campo asociadas con una carga positiva, por ejemplo, pueden empezar
separándose, pero a la postre —igual que las líneas que marcan la
longitud en un mapa de la Tierra convergen en los polos Norte y Sur—, las líneas de campo de
la carga positiva se reunirán de nuevo en el
otro confín del universo. Cuando converjan, el campo volverá a ser cada vez más fuerte,
hasta que haya la suficiente energía para crear una
carga negativa capaz de «comerse» las líneas de campo en este
punto antipodal del universo.
Resulta que un argumento muy similar —en este caso, asociado no
con el «flujo» de las líneas de campo,
sino con el «flujo» de energía en un universo cerrado— nos dice que la energía positiva
total, incluida la asociada con las masas en reposo de las
partículas, debe ser compensada exactamente por una energía gravitacional negativa
de forma que la energía total sea precisamente cero.
Así pues, si la energía total de un universo cerrado es cero, y si
el formalismo de suma de historias es apropiado,
entonces, desde el punto de vista mecánico-cuántico, tales universos pueden
aparecer de forma espontánea con impunidad, sin portar energía
neta. Quiero hacer hincapié en que estos universos serían
espacio-tiempos completamente autónomos en sí mismos, desconectados del
nuestro.
Pero surge una complicación. Un universo cerrado en expansión y
lleno de materia, por lo general, se
expandirá hasta una dimensión máxima y luego, con la misma rapidez, se
colapsará de nuevo, para terminar siendo una singularidad del
espacio-tiempo en la que la «tierra de nadie» de lo que sabemos hoy de la gravedad
cuántica no puede indicarnos cuál será su destino último. El
período de vida característico de los universos cerrados minúsculos, por lo tanto,
será microscópico, quizá del orden del «tiempo de Planck», la
escala típica en la que deberían funcionar los procesos gravitacionales
cuánticos, de unos 10~44 segundos aproximadamente.
Hay una forma de salir de este dilema, no obstante. Si, antes de
que un universo como este pueda colapsarse, la
configuración de los campos de su interior produce un período de inflación,
entonces incluso un universo cerrado inicialmente minúsculo puede expandirse
rápida y exponencialmente, acercándose cada vez más, durante
este período, a un universo plano infinitamente grande. Transcurridos
cerca de un centenar de tiempos de duplicación de tal
inflación, el universo estará tan próximo a ser plano que podría durar
sin colapsarse, fácilmente, mucho más que la edad actual de nuestro
universo.
En realidad también existe otra posibilidad más,
el denominado «instantón»
se parecía mucho a un universo en inflación, si uno trasladaba su formalismo al
caso de la gravedad. Pero ¡se parecía a un universo inflacionario
que empezara de la nada! Alex Vilenkin, el
cosmólogo ruso, acababa de completar un artículo que describía exactamente de
esta manera cómo la gravedad cuántica podía en
efecto crear un universo inflacionario de la misma nada, mientras que Stephen Hawking y su colaborador Jim Hartle
propusieron un plan muy distinto para intentar determinar las «condiciones de contorno» para
universos que podrían surgir de la misma nada, los hechos importantes son los
siguientes:
1. En la gravedad cuántica, los universos pueden aparecer
espontáneamente de la nada; más aún, siempre lo hacen.
No es preciso que tales universos estén vacíos, sino que
pueden contener materia y radiación, siempre que la energía total, incluida
la energía negativa asociada con la gravedad, sea cero.
2. Para que los universos cerrados que podrían crearse por medio
de tales mecanismos duren períodos de tiempo
más largos que lo infinitesimal, a veces se necesita algo similar a la
inflación. En consecuencia, el único universo de larga vida en el
que cabría esperar que uno viviera como resultado de tal
escenario es uno que hoy parece ser plano, igual que parece serlo el
universo en el que vivimos.
La conclusión es evidente: la gravedad cuántica no solo parece
permitir que se creen universos a partir de
nada —en referencia, en este caso, insisto, a la ausencia de espacio y
tiempo—, sino que puede requerirlo así. Así, la «Nada» —en este caso, la
ausencia de espacio, de tiempo, de todo: la «nada de nada»— es
inestable. Es más: cabe esperar que las características generales de tal
universo, si dura mucho tiempo, sean las que
observamos hoy en nuestro universo. ¿Demuestra esto que nuestro universo surgió de la nada? Desde
luego que no. Pero sí nos acerca un paso más
—y un paso bastante largo — a la plausibilidad de tal escenario. Y elimina otra de las
objeciones que podrían haberse planteado contra el
argumento de la creación de la nada descrito anteriormente.
Allí, «nada» significaba un espacio vacío, pero preexistente,
combinado con leyes de la física fijas y bien
conocidas. Ahora se ha eliminado el requisito del espacio.
Pero, sorprendentemente, tampoco es posible que se necesiten o
requieran ni siquiera las leyes de la física.

El problema central del concepto de la creación es que parece
requerir que algo exterior, algo situado fuera del
sistema en sí, preexista con miras a poder generar las condiciones
necesarias para que el sistema llegue a existir. Es aquí donde suele
aparecer el concepto de Dios —alguna clase de agente externo que existe
aparte del espacio, el tiempo y, de hecho, la propia realidad física— porque parece
que alguien o algo tuvo que empezar a «pasar la pelota».
Pero en este sentido Dios me parece una solución semántica demasiado
facilona para la profunda pregunta sobre la creación. Creo que se explica
mejor en el marco de otro ejemplo, ligeramente distinto: el
origen de la moralidad. La moralidad ¿es externa y absoluta o se
da exclusivamente en el contexto de nuestra biología y nuestro entorno,
de modo que puede estar determinada por la ciencia? En un
debate sobre esta cuestión organizado en la Universidad Estatal de Arizona, Pinker propuso el siguiente interrogante. Si uno sostiene, como hacen tantas personas profundamente
religiosas, que sin Dios no pueden existir ni el
bien ni el mal supremos —es decir, que Dios decide por nosotros
lo que es bueno y malo—, uno puede formularse estas preguntas: ¿Qué
pasaría si Dios decretase que la violación y el asesinato son moralmente
aceptables? ¿Lo serían entonces?
Aunque algunos podrían responder que sí, creo que la mayoría de
creyentes diría que no, que Dios no decretaría
algo semejante. Pero ¿por qué no? Imagino que porque Dios tendrá
alguna razón para no decretar algo así. Y otra vez imagino que es así
porque la razón indica que la violación y el asesinato no son moralmente
aceptables. Pero, si Dios tiene que acabar apelando a la razón,
entonces ¿por qué no eliminar del todo al intermediario?
Quizá queramos aplicar un razonamiento similar a la creación de
nuestro universo. Todos los ejemplos que he
aportado hasta ahora implican realmente la creación de algo a partir
de lo que uno tendría la tentación de contemplar como nada, pero las
reglas de esa creación —esto es, las leyes de la física— estaban
predeterminadas. ¿De dónde
provienen las reglas? Hay dos posibilidades. O Dios o un ser divino que no está sometido
a las reglas, que vive fuera de ellas, las
determina —a capricho o con premeditación y alevosía—, o bien surgen por medio
de un mecanismo menos sobrenatural.
El problema de que Dios determine las reglas es que, cuando menos,
podemos preguntarnos qué o quién determinó las
reglas de Dios. La respuesta tradicional es decir que Dios
disfruta, de entre los muchos otros espectaculares atributos del Creador,
de la condición de causa de todas las causas (en el lenguaje de la
Iglesia Católica Romana) o Causa Primera (para Tomás de Aquino); en el lenguaje aristotélico, Dios
hizo moverse al primer motor.
Es interesante que ya Aristóteles reconociera el problema de una
Causa Primera y decidiera que, por esta razón, el universo debía
ser eterno. Además, el propio Dios —a quien él
identificaba como puro pensamiento absorto en sí mismo y cuyo amor motivó
el movimiento del primer motor— tenía que ser eterno y
no causar el movimiento creándolo, sino más bien estableciendo el
propósito final de dicho movimiento, que el propio Aristóteles consideraba
que debía ser eterno. Aristóteles sintió que equiparar la Causa Primera a Dios era
insatisfactorio; de hecho, creía que el concepto platónico
de Causa Primera era deficiente, en concreto porque Aristóteles sentía que
cada causa tenía que tener un precursor y de ahí
el requisito de que el universo fuera eterno. Por otra parte, si
alguien cree en Dios como causa de todas las causas y, por tanto,
eterno aunque nuestro universo no lo sea, la absurda e infinita secuencia de
«porqués» se termina, efectivamente, pero tal como he recalcado, solo a
expensas de introducir una entidad extraordinaria y
omnipotente acerca de la cual, sencillamente, carecemos de otras pruebas.
A este respecto, hay otro punto importante que resaltar aquí. La
aparente necesidad lógica de una Causa Primera
es un problema real para cualquier universo con un principio.
Por lo tanto, basándonos solo en la lógica no podemos descartar esa visión deísta
de la naturaleza. Pero incluso en este caso, es vital darse cuenta de que esta
deidad no sostiene ninguna conexión lógica con las
divinidades personales de las grandes religiones del mundo, pese al hecho de
que suela utilizarse para justificarlas. Un deísta que se ve empujado a buscar
alguna inteligencia global que establezca el orden en la
naturaleza, en general, no se acercará al Dios personal de las escrituras por
la misma lógica.
Hace miles de años que estas cuestiones son objeto de debate y
discusión, por parte de mentes brillantes… y de
otras no tan brillantes, muchas de las cuales se ganan la vida con
estas controversias. Hoy podemos revisar estas cuestiones simplemente
porque estamos mejor informados, gracias a nuestro conocimiento de la
naturaleza de la realidad física. Ni Aristóteles ni Tomás de
Aquino sabían de la existencia de nuestra galaxia, mucho menos del
Big Bang o de la mecánica cuántica. Por tanto, las cuestiones
con las que ellos y otros filósofos medievales lidiaron deben
interpretarse y comprenderse a la luz de un nuevo conocimiento.
Pensemos, a la luz de nuestra concepción moderna de la cosmología,
por ejemplo, en la sugerencia aristotélica
de que no hay causas primeras, o quizá mejor, que esas causas
realmente se remontan (y proyectan) infinitamente en todas direcciones.
No hay principio, no hay creación, no hay fin.
Cuando hasta ahora he descrito cómo, casi siempre, algo puede
obtenerse de «nada», me he centrado ya sea en la
creación de algo a partir del espacio vacío preexistente o en la
creación del espacio vacío a partir de ningún espacio en absoluto. Ambas
condiciones iniciales me funcionan cuando pienso en la «ausencia de ser»
y, por lo tanto, son posibles candidatas para la nada. Sin embargo,
no he abordado directamente las cuestiones de lo que podría haber
existido, si algo hubo, antes de esa creación, qué leyes
gobernaron la creación o, desde un punto de vista más general, no he debatido lo que
algunos quizá entiendan como la cuestión de la Causa Primera.
Una respuesta sencilla es, por supuesto, que ya sea el espacio vacío o la
nada (más fundamental) de la que podría haber surgido el
espacio vacío, lo que fuera preexistía y es eterno. No obstante,
para ser justos, esto elude en efecto la posible pregunta que, por supuesto,
podría no tener respuesta, de qué —si es que hubo algo— fijó las reglas que
gobernaron esa creación.
Una cosa sí es cierta, sin embargo. La «regla» metafísica, que
sostienen con férrea convicción aquellos con
quienes he debatido el problema de la creación —esto es, «de la nada,
nada se crea»— carece de fundamento en la ciencia. Aducir que es obvia,
inquebrantable e irrefutable es como argumentar —como hizo Darwin
falsamente cuando sugirió que el origen de la vida escapaba al
dominio de la ciencia—recurriendo a una analogía basada en la incorrecta
afirmación de que la materia no puede ser creada o destruida. Esto
no es más que negarse a reconocer el simple hecho de que la naturaleza
pueda ser más inteligente que los filósofos o los teólogos.
Además, aquellos que aducen que de la nada nada se crea parecen
estar perfectamente satisfechos con la
ingenua idea de que de algún modo Dios se libra de este principio. Pero
una vez más, si uno exige que el concepto de «auténtica nada» requiera que no haya
siquiera potencial de existencia, es seguro entonces que Dios no puede
obrar sus maravillas porque, si realmente causa existencia
a partir de la no-existencia, sí tiene que haber habido potencial
de existencia. Aducir, simplemente, que Dios puede hacer lo que la
naturaleza no puede es defender que el potencial de existencia
sobrenatural es, en algún modo, distinto al potencial de existencia propio de
la naturaleza. Sin embargo, esto parece una distinción semántica
arbitraria diseñada por aquellos que han decidido por adelantado (como es
costumbre entre los teólogos) que lo sobrenatural (esto es, Dios)
debe existir para que ellos definan sus ideas filosóficas (una vez más,
completamente divorciadas de cualquier base empírica) con el objetivo de
excluir todo cuanto no sea la posibilidad de un dios.
En cualquier caso, a menudo se afirma que postular un dios que
pueda dar respuesta a este interrogante,
como he recalcado muchas veces hasta ahora, exige que Dios exista
fuera del universo y sea o bien atemporal o bien eterno.
Sin embargo, nuestra comprensión moderna del universo nos ofrece
otra solución plausible y, añadiría yo,
mucho más física del problema que comparte algunos rasgos con un creador
externo; y además es más coherente desde el punto de vista lógico.

Me refiero al multiverso. La posibilidad
de que nuestro universo sea solo uno entre toda una serie numerosa, o
posiblemente incluso infinita, de universos distintos y causalmente separados —en
cada uno de los cuales los aspectos fundamentales de la
realidad física, en cualquier cantidad, podrían ser distintos— representa una
vía nueva y muy prometedora para comprender mejor nuestra
existencia.
Como he dicho antes, una de las implicaciones más desagradables
pero potencialmente ciertas de estas ideas
es que la física, en cierto nivel fundamental, sea meramente una ciencia
ambiental. (Lo encuentro desagradable porque crecí con la idea de que el
objetivo de la ciencia era explicar por qué el universo tenía que
ser de la forma que es y cómo llegó a ser así. Si en lugar de leyes de la
física, según las conocemos, se trata de meros accidentes relacionados con
nuestra existencia, entonces este objetivo fundamental estaba
equivocado. Ahora bien, si la idea resulta ser cierta, superaré mi prejuicio). En
este caso, las constantes y fuerzas fundamentales de la naturaleza propias
de esta concepción ya no son más fundamentales que la distancia entre la
Tierra y el Sol. Vivimos en la Tierra y no en Marte no porque haya algo profundo y
fundamental en la distancia Tierra-Sol, sino
simplemente porque si la Tierra estuviera situada a otra distancia, entonces la vida tal y
como la conocemos no podría haber evolucionado en nuestro
planeta.
Estos argumentos antrópicos son notoriamente resbaladizos y es
casi imposible hacer predicciones específicas
basándonos en ellos sin conocer explícitamente tanto la distribución
de probabilidades entre todos los universos posibles de las distintas
fuerzas y constantes fundamentales —a saber, cuáles pueden variar y
cuáles no y qué formas y valores podrían tomar— como sin saber también
exactamente hasta qué punto somos «típicos» en nuestro
universo. Si no somos formas de vida «típicas», entonces la selección
antrópica —si es que se produce en alguna medida— podría basarse en factores
distintos a los que de otro modo le atribuiríamos.
No obstante, un multiverso —ya sea en la
forma de paisaje de universos existentes en una gran cantidad de
dimensiones adicionales o en la forma de una serie de universos replicados
posiblemente hasta el infinito, en un espacio tridimensional como en
el caso de la inflación eterna— transforma el campo de juego cuando
pensamos en la creación de nuestro propio universo y en las condiciones que
podrían necesitarse para que sucediera.
En primer lugar, la pregunta de qué determinó las leyes de la
naturaleza que permitieron la formación y
evolución de nuestro universo ahora pierde importancia. Si las leyes
de la naturaleza son en sí mismas estocásticas y aleatorias, entonces no hay
«causa» prescrita para nuestro universo. Según el principio
general de que todo lo que no está prohibido está permitido, deberíamos
tener garantizado entonces, en un panorama tal, que surgirá algún universo con
las leyes que hemos descubierto. No se necesita ningún mecanismo ni
entidad para hacer que las leyes de la naturaleza sean lo que
son. Podrían ser casi cualquier cosa. Puesto que en la actualidad no disponemos
de una teoría fundamental que explique el carácter detallado del
paisaje de un multiverso, no podemos precisar más. (Aunque,
para ser justos, con el objetivo de progresar científicamente en el
cálculo de posibilidades, solemos suponer que ciertas propiedades, como
la mecánica cuántica, permean todas las posibilidades. No tengo la
menor idea de si podría ser provechoso prescindir de este concepto; o, al
menos, no sé de ningún trabajo productivo a este respecto).
De hecho, quizá no haya ninguna clase de teoría fundamental.
Me consta la declaración de
Richard Feynman, que antes cité resumida pero que ahora quiero
presentar completa: La gente me pregunta: «¿Busca usted las
leyes últimas de la física?». No, no las busco. Solo trato de descubrir más cosas sobre el
mundo, y si resulta que existe una ley última y simple que
lo explica todo, que así sea. Sería muy bonito descubrirla. Si
resulta que es como una cebolla con millones de capas, y nos cansamos y
aburrimos de estudiar las capas, es como es… Mi interés por la ciencia
solo pretende descubrir más cosas sobre el mundo, y cuanto más
descubra, mejor. Me gusta descubrir. Podemos desarrollar más el razonamiento y llevarlo en otra
dirección, lo cual también revertirá en los
razonamientos básicos de este libro. En un multiverso
de cualquier tipo de los que hemos visto antes podría existir un número infinito de
regiones, que a su vez pueden ser infinitamente grandes o infinitesimalmente pequeñas,
en las que simplemente no haya «nada» y podría haber regiones
donde haya «algo». En este caso, la respuesta a por
qué hay algo en vez de nada roza la perogrullada: sencillamente, hay
algo porque si no hubiera nada, ¡no estaríamos aquí!
Reconozco la frustración inherente a una respuesta tan trivial
para lo que ha parecido una pregunta tan profunda
a lo largo de los siglos. Pero la ciencia nos ha dicho que cualquier cosa, profunda
o trivial, puede ser radicalmente distinta de lo que pudiéramos creer en
una primera ojeada. El universo es mucho más extraño y mucho más rico —más
maravillosamente extraño— de lo que nuestras exiguas
imaginaciones humanas pueden anticipar. La cosmología
moderna nos ha llevado a considerar ideas que ni siquiera se podrían haber
formulado hace un siglo. Los grandes descubrimientos de los
siglos XX y XXI no solo han cambiado el mundo en el que nos
movemos, sino que han revolucionado nuestra comprensión del
mundo —o los mundos—que existen, o pueden existir, delante de
nuestras narices: la realidad que permanece oculta hasta que seamos lo
suficientemente valerosos para ir en su busca.
Esta es la razón por la que la teología y la filosofía son
incapaces, en último término, de encarar por sí mismas las
cuestiones verdaderamente fundamentales que nos desconciertan sobre nuestra
existencia. Hasta que abramos los ojos y dejemos que la
naturaleza lleve la voz cantante, estamos condenados a dar bandazos miopes.
¿Por qué hay algo en vez de nada? En último término, esta pregunta
puede no ser más importante o profunda que
preguntar por qué algunas flores son rojas y otras azules. Quizá
siempre surja «algo» de «nada». Quizá sea necesario independientemente de la naturaleza
subyacente de la realidad. O quizá «algo» no sea muy especial,
ni siquiera muy corriente, en el multiverso.
Sea como sea, lo verdaderamente útil no es reflexionar sobre esta pregunta sino participar en
el emocionante viaje de descubrimiento que puede revelarnos,
específicamente, cómo evolucionó y evoluciona el universo en que
vivimos y los procesos que en último término gobiernan nuestra existencia a
nivel funcional. Para eso tenemos la ciencia. Esta comprensión
la podemos complementar con la reflexión, y a eso lo llamaremos filosofía. Pero
solo por la vía de continuar investigando cada rincón del universo
al que podamos acceder, nos formaremos de verdad una idea
útil de nuestro propio lugar en el cosmos.
Antes de concluir, quiero plantear un aspecto más de esta
cuestión, sobre el que aún no me he detenido, pero que
considero que vale la pena señalar, para terminar. Implícita en
la pregunta de por qué hay algo en vez de nada está la expectativa solipsista de que «algo» persistirá; que, de algún modo, el universo ha
«progresado» hasta llegar a nuestra existencia, como si nosotros fuésemos el
pináculo de la creación. Mucho más probable, basándonos en
todo lo que sabemos del universo, es la posibilidad de que en el
futuro, quizá en el futuro infinito, vuelva a reinar otra vez la nada.

Si vivimos en un universo cuya energía está dominada por la
energía de la nada, como he descrito, el futuro es
verdaderamente funesto. El cielo se tornará gélido, vacío y oscuro.
Aunque, en verdad, la situación es peor. Un universo dominado por la energía del
espacio vacío es el peor de todos los universos para el futuro
de la vida. Cualquier civilización tiene garantizada la desaparición
final en un universo de estas características, privado de energía
para sobrevivir. Transcurrído un tiempo inconmensurablemente prolongado, alguna
fluctuación cuántica o alguna agitación térmica podría
producir una región local donde, una vez más, la vida pudiera
evolucionar y desarrollarse. Pero eso también será efímero. El futuro estará
dominado por un universo sin nada en él que aprecie su inmenso misterio.
Por otra parte, si la materia que nos conforma fue creada al
principio de los tiempos por algunos procesos
cuánticos, como he descrito antes, tenemos prácticamente
garantizado que también esta volverá a desaparecer. La física es una
carretera de doble dirección y los comienzos están ligados a los finales. En un
futuro muy, muy lejano, los protones y los neutrones se desintegrarán, la
materia desaparecerá y el universo se acercará a un estado de simetría y
simplicidad máximas. Bello quizá desde el punto de vista matemático, pero carente de
sustancia. Tal como escribió Heráclito de Éfeso
en un contexto ligeramente distinto, «Homero se equivocaba al decir: “¡Así desaparezcan de los dioses y de las gentes la
disputa y la ira!”. No vio que pedía la destrucción del universo;
porque si sus plegarias hubieran sido atendidas, todo habría desaparecido».
O, en la versión de Christopher Hitchens: «El Nirvana es la
nada».
Otra versión más extrema de esta retirada final hacia la nada
podría ser inevitable. Algunos especialistas en
la teoría de cuerdas han aducido, basándose en una matemática muy
compleja, que un universo como el nuestro, con una energía positiva
en el espacio vacío, no puede ser estable. Al final, debe caer en un
estado en el que la energía asociada con el espacio será negativa. Entonces
nuestro universo volverá a colapsarse hacia el interior, hasta
un punto, regresando a la bruma cuántica en la que podría haber
empezado nuestra propia existencia. Si estos argumentos son correctos,
nuestro universo desaparecerá tan abruptamente como, probablemente,
empezó. En este caso, la respuesta a la pregunta «¿Por
qué hay algo en vez de nada?», sería, simplemente: «No lo habrá
por mucho tiempo».
©
2026 JAVIER DE LUCAS