HISTORIA DE LA POESIA EN ESPAÑA

 

CUARTA PARTE

EL SIGLO XVI (HASTA GARCILASO)

 Céspedes (Pablo de)

(Córdoba 1538 - id. 1608). Estudió en Alcalá de Henares y se graduó en Teología y Artes. De 1559 a 1566, estuvo en Italia, pero volvió a Córdoba, donde en 1576 lo encontramos como racionero de la Catedral. Hombre polifacético, fue pintor, escultor, arquitecto y escritor. Una de sus composiciones poéticas más conocidas se titula precisamente, ARTE DE LA PINTURA.

DURACIÓN DE LA TINTA

                        (fragmento del poema

                        «EL ARTE DE LA PINTURA»)

Tiene la eternidad ilustre asiento

en este humor, por siglos infinitos,

no en el oro o el bronce, ni ornamento

vario, ni en los colores exquisitos:

la vaga fama con robusto aliento

en él esparce, los canoros gritos

con que celebra las famosas lides

desde la India a la ciudad de Alcides...

 

Los soberbios alcázares alzados

en los latinos montes hasta el cielo,

anfiteatros y arcos levantados

de poderosa mano y noble celo,

por tierra desparcidos y asolados

son polvo ya que cubre el yermo suelo;

de su grandeza apenas la memoria

vive y el nombre de pasada gloria...

Todo se anega en el Estigio lago;

oro esquivo, nobleza, ilustres hechos;

el ancho imperio de la gran Cartago

tuvo su fin con los soberbios techos;

sus fuertes muros de espantoso estrago

sepultados encierra en sí y deshechos

el espacioso puerto, donde suena

ahora el mar en la desierta arena...

 

¡Cuántas obras la tierra avara esconde,

que ya ceniza y polvo las contemplo!

¿Dónde el bronce labrado y oro, y dónde

atrios y gradas del asirio templo,

al cual de otro gran rey nunca responde

de alta memoria peregrino ejemplo?

Sólo el decoro que el ingenio adquiere

se libra de morir o se difiere.

 

No creo que otro fuese el sacro río

que al vencedor Aquiles y ligero

le hizo el cuerpo con fatal rocío

impenetrable al homicida acero,

que aquella trompa y sonoroso brío

del claro verso del eterno Homero,

que viviendo en la boca de la gente

ataja de los siglos la corriente ...

Cetina, Gutierre de

(Sevilla, 1520 - Puebla de los Ángeles (Méjico) 1557). De familia acomodada, se educó en Sevilla donde estudió a los clásicos. Como cortesano de Carlos I, viajó por Europa. En toda su producción se advierte la influencia italiana. En la poesía española ocupa un lugar intermedio entre Fernando de Herrera y Garcilaso de la Vega. Escribió MADRIGALES, CANCIONES, SONETOS y EPÍSTOLAS.

Es muy famoso el madrigal dedicado, A UNOS OJOS. Murió trágicamente, en Méjico, a causa de un lance amoroso. Tiene también alguna obra en prosa burlesca, como DIÁLOGO ENTRE LA CABEZA Y LA GORRA o la PARADOJA EN ALABANZA DE LOS CUERPOS.      

AMOR MUEVE MIS ALAS

Amor mueve mis alas y tan alto

las lleva el amoroso pensamiento,

que de hora en hora así subiendo siento

quedar mi parecer más corto y falto.

Temo tal vez mientras mi vuelo exalto;

mas luego llega a mí el conocimiento

y pruébase que es poco en tal tormento

por inmortal honor mi mortal salto.

Que si otro puso al mar perpetuo nombre

do el soberbio valor le dio la muerte,

presumiendo de sí más que podía,

de mí dirán: «Aquí fue muerto un hombre

que si al cielo llegar negó la suerte,

la vida le faltó, no la osadía.»

SONETO

¡Ay, sabrosa ilusión, sueño süave!

¿Quién te ha enviado a mí? ¿Cómo viniste?

¿Por donde entraste el alma? O ¿qué le diste,

a mi secreto por guardar la llave?

¿Quién pudo a mi dolor fiero, tan grave,

el remedio poner que tú pusiste?

Si el ramo tinto en Lete en mí esparciste,

ten la mano al velar, que no se acabe.

Bien conozco que duermo y que me engaño

mientras envuelto en un bien falso, dudoso,

manifiesto mi mal se muestra cierto;

pero, pues excusar no puedo un daño,

hazme sentir, ¡oh sueño pïadoso!,

antes durmiendo el bien que el mal despierto.

MADRIGAL

Cubrir los bellos ojos

con la mano que ya me tiene muerto

cautela fue por cierto,

que ansí doblar pensastes mis enojos.

Pero de tal cautela

harto mayor ha sido el bien que el daño,

que el resplandor extraño

del sol se puede ver mientras se cela.

Así que, aunque pensastes

cubrir vuestra beldad, única, inmensa,

yo os perdono la ofensa,

pues, cubiertos, mejor verlos dejastes.

SONETO

Entre armas, guerra, fuego, ira y furores

que al soberbio francés tienen opreso,

cuando el aire es más turbio y más espeso,

allí me aprieta el fiero ardor de amores.

Miro al cielo, los árboles, las flores,

y en ellos hallo mi dolor expreso;

que en el tiempo más frío y más avieso

nacen y reverdecen mis temores.

Digo llorando: «¡Oh dulce primavera!

¿Cuándo será que a mi esperanza vea,

verde, prestar al alma algún sosiego?»

Mas temo que mi fin mi suerte fiera

tan lejos de mi bien quiere que sea

entre guerra y furor, ira, armas, fuego.

SONETO

Horas alegres que pasáis volando,

porque, a vueltas del bien, mayor mal sienta;

sabrosa noche que, en tan dulce afrenta,

el triste despedir me vas mostrando;

importuno reloj que, apresurando

tu curso, mi dolor me representa;

estrellas (con quien nunca tuve cuenta)

que mi partida vais acelerando;

gallo que mi pesar has denunciado,

lucero que mi luz va oscureciendo,

y tú, mal sosegada y moza aurora:

sí en vos cabe dolor de mi cuidado,

id poco a poco el paso deteniendo,

sí no puede ser más, siquiera un hora.

MADRIGAL  OJOS CLAROS, SERENOS

Ojos claros, serenos,

si de un dulce mirar sois alabados,

¿por qué, si me miráis, miráis airados?

Si cuanto más piadosos,

más bellos parecéis a aquel que os mira,

no me miréis con ira,

porque no parezcáis menos hermosos.

¡Ay tormentos rabiosos!

Ojos claros, serenos,

ya que así me miráis, miradme al menos.

Cruz (San Juan de la)

Fontiveros (Ávila 1542 - Ubeda (Jaén 1591). De orígenes muy humildes, se llamó Juan de Yepes y Alvarez. Profesó en el convento carmelita de Medina del Campo con el nombre de Fray juan de Santo Matía, a los 22 años.

Estudió en la Universidad de Salamanca con maestros ilustres, como Fray Luis de León y Melchor Cano, llevando una vida austerísima que ya presagiaba su santidad. Santa Teresa que ya había emprendido la reforma de la rama femenina del Carmelo y buscaba a alguien que acometiese la misma empresa en los conventos de frailes, conoció a Fray Juan en Medina del Campo y le encomendó esta tarea. Fundó en Duruelo el primer convento reformado y adoptó el nombre con el que pasaría a la historia.

Le alcanzaron las conmociones a las que dio lugar la reforma carmelita y fue encarcelado en Toledo en 1577, aunque luego obtuvo diversos puestos en su orden y pudo continuar la reforma. Su obra poética es breve pero muy importante en la mística española. NOCHE OSCURA DEL ALMA, CÁNTICO ESPIRITUAL, LLAMA DE AMOR VIVA, además de algunas canciones, romances y glosas a lo divino. Como estrofa, usó preferentemente la lira y con él alcanza la poesía española su máximo lirismo.

CANCIONES ENTRE EL ALMA Y EL ESPOSO

Esposa:

1. ¿Adónde te escondiste,

Amado, y me dejaste con gemido?

Como el ciervo huiste,

habiéndome herido;

salí tras ti clamando, y eras ido.

2. Pastores, los que fuerdes

allí por las majadas al otero,

si por ventura vierdes

aquel que yo más quiero,

decidle que adolezco, peno y muero.

3. Buscando mis amores,

ir por esos montes y riberas;

ni cogeré las flores,

ni temeré las fieras,

y pasaré los fuertes y fronteras.

4. ¡Oh bosques y espesuras,

plantadas por la mano del Amado!

¡Oh prado de verduras,

de flores esmaltado!

Decid si por vosotros ha pasado.

5. Mil gracias derramando

pasó por estos sotos con presura,

y, yéndolos mirando,

con sola su figura

vestidos los dejó de hermosura.

6. ¡Ay, quién podrá sanarme!

Acaba de entregarte ya de vero;

no quieras enviarme

de hoy más ya mensajero,

que no saben decirme lo que quiero.

7. Y todos cuantos vagan

de ti me van mil gracias refiriendo,

y todos más me llagan,

y déjame muriendo

un no sé qué que quedan balbuciendo.

8. Mas ¿cómo perseveras,

¡oh vida!, no viviendo donde vives,

y haciendo porque mueras

las flechas que recibes

de lo que del Amado en ti concibes?

9. ¿Por qué, pues has llagado

aqueste corazón, no le sanaste?

Y, pues me le has robado,

¿por qué así le dejaste,

y no tomas el robo que robaste?

10. Apaga mis enojos,

pues que ninguno basta a deshacellos,

y véante mis ojos,

pues eres lumbre dellos,

y sólo para ti quiero tenellos.

11. Descubre tu presencia,

y máteme tu vista y hermosura;

mira que la dolencia

de amor, que no se cura

sino con la presencia y la figura.

12. ¡Oh cristalina fuente,

si en esos tus semblantes plateados

formases de repente

los ojos deseados

que tengo en mis entrañas dibujados!

13. ¡Apártalos, Amado,

que voy de vuelo!.

Esposo:

- Vuélvete, paloma,

que el ciervo vulnerado

por el otero asoma

al aire de tu vuelo, y fresco toma.

Esposa:

14. Mi Amado, las montañas,

los valles solitarios nemorosos,

las ínsulas extrañas,

los ríos sonorosos,

el silbo de los aires amorosos,

 

15. la noche sosegada

en par de los levantes del aurora,

la música callada,

la soledad sonora,

la cena que recrea y enamora.

 

16. Cazadnos las raposas,

que está ya florecida nuestra viña,

en tanto que de rosas

hacemos una piña,

y no parezca nadie en la montiña.

 

17. Detente, cierzo muerto;

ven, austro, que recuerdas los amores,

aspira por mi huerto,

y corran sus olores

y pacer el Amado entre las flores.

 

18. ¡Oh ninfas de Judea!,

en tanto que en las flores y rosales

el ámbar perfumea,

morá en los arrabales,

y no queréis tocar nuestros umbrales.

 

19. Escóndete, Carillo,

y mira con tu haz a las montañas,

y no quieras decillo;

mas mira las compañas

de la que va por ínsulas extrañas.

Esposo:

 

20. A las aves ligeras,

leones, ciervos, gamos saltadores,

montes, valles, riberas,

aguas, aires, ardores

y miedos de las noches veladores.

 

21. Por las amenas liras

y canto de sirenas os conjuro

que cesen vuestras iras,

y no toquéis al muro,

porque la Esposa duerma más seguro.

 

22. Entrado se ha la Esposa

en el ameno huerto deseado,

y a su sabor reposa

el cuello reclinado

sobre los dulces brazos del Amado.

 

23. Debajo del manzano,

allí conmigo fuiste desposada,

allí te di la mano,

y fuiste reparada

donde tu madre fuera violada.

 

Esposa:

 

24. Nuestro lecho florido,

de cuevas de leones enlazado,

en púrpura tendido,

de paz edificado,

de mil escudos de oro coronado.

 

25. A zaga de tu huella

las jóvenes discurren al camino,

al toque de centella,

al adobado vino,

emisiones de bálsamo divino.

 

26. En la interior bodega

de mi Amado bebí, y cuando salía

por toda aquesta vega,

ya cosa no sabía;

y el ganado perdí que antes seguía.

 

27. Allí me dio su pecho,

allí me enseñó ciencia muy sabrosa,

y yo le di de hecho

a mí sin dejar cosa;

allí le prometí de ser su Esposa.

 

28. Mi alma se ha empleado,

y todo mi caudal, en su servicio;

ya no guardo ganado,

ni ya tengo otro oficio,

que ya sólo en amar es mi ejercicio.

 

29. Pues ya si en el ejido

de hoy más no fuere vista ni hallada,

diréis que me he perdido;

que, andando enamorada,

me hice perdidiza, y fui ganada.

 

30. De flores y esmeraldas,

en las frescas mañanas escogidas,

haremos las guinaldas

en tu amor florecidas

y en un cabello mío entretejidas.

 

31. En solo aquel cabello

que en mi cuello volar consideraste,

mirástele en mi cuello,

y en él preso quedaste,

y en uno de mis ojos te llagaste.

 

32. Cuando tú me mirabas,

su gracia en mí tus ojos imprimían;

por eso me adamabas,

y en eso me decían

los míos adorar lo que en ti vían.

 

33. No quieras despreciarme

que, si color moreno en mí hallaste,

ya bien puedes mirarme

después que me miraste,

que gracia y hermosura en mí dejaste.

 

Esposo:

 

34. La blanca palomica

al arca con el ramo se ha tornado;

y ya la tortolica

al socio deseado

en las riberas verdes ha hallado.

 

35. En soledad vivía,

y en soledad ha puesto ya su nido;

y en soledad la guía

a solas su querido,

también en soledad de amor herido.

 

Esposa:

 

36. Gocémonos,Amado,

y vámonos a ver en tu hermosura

al monte y al collado,

do mana el agua pura;

entremos más adentro en la espesura.

 

37. Y luego a las subidas

cavernas de la piedra nos iremos,

que están bien escondidas,

y allí nos entraremos,

y el mosto de granadas gustaremos.

 

38. Allí me mostrarías

aquello que mi alma pretendía,

y luego me darías

allí, tú, vida mía,

aquello que me diste el otro día:

 

39. El aspirar del aire,

el canto de la dulce filomena,

el soto y su donaire,

en la noche serena,

con llama que consume y no da pena.

 

40. Que nadie lo miraba,

Aminarab tampoco parecía,

y el cerco sosegaba,

y la caballería

a vista de las aguas descendía.

 

ROMANCES

 

      Romance sobre el Evangelio

      'in principio erat Verbum',

      acerca de la Santísima Trinidad.

            1.

 

En el principio moraba

el Verbo, y en Dios vivía,

en quien su felicidad

infinita poseía.

El mismo Verbo Dios era,

que el principio se decía;

Él moraba en el principio,

y principio no tenía.

El era el mismo principio;

por eso de él carecía.

El Verbo se llama Hijo,

que del principio nacía;

hale siempre concebido

y siempre le concebía;

dale siempre su sustancia,

y siempre se la tenía.

Y así la gloria del Hijo

es la que en el Padre había

y toda su gloria el Padre

en el Hijo poseía.

Como amado en el amante

uno en otro residía,

y aquese amor que los une

en lo mismo convenía

con el uno y con el otro

en igualdad y valía.

Tres Personas y un amado

entre todos tres había,

y un amor en todas ellas

y un amante las hacía,

y el amante es el amado

en que cada cual vivía;

que el ser que los tres poseen

cada cual le poseía,

y cada cual de ellos ama

a la que este ser tenía.

Este ser es cada una,

y éste solo las unía

en un inefable nudo

que decir no se sabía;

por lo cual era infinito

el amor que las unía,

porque un solo amor tres tienen

que su esencia se decía;

que el amor cuanto más uno,

tanto más amor hacía.

 

            2.

 

De la comunicación de las tres Personas.

 

En aquel amor inmenso

que de los dos procedía,

palabras de gran regalo

el Padre al Hijo decía,

de tan profundo deleite,

que nadie las entendía;

sólo el Hijo lo gozaba,

que es a quien pertenecía.

Pero aquello que se entiende

de esta manera decía:

-Nada me contenta, Hijo,

fuera de tu compañía;

y si algo me contenta,

en ti mismo lo quería.

El que a ti más se parece

a mi más satisfacía,

y el que en nada te semeja

en mí nada hallaría.

En ti solo me he agradado,

¡oh vida de vida mía!.

Eres lumbre de mi lumbre,

eres mi sabiduría,

figura de mi sustancia,

en quien bien me complacía.

Al que a ti te amare, Hijo,

a mí mismo le daría,

y el amor que yo en ti tengo

ese mismo en él pondría,

en razón de haber amado

a quien yo tanto quería.

 

            3.

 

De la creación

 

-Una esposa que te ame.

mi Hijo, darte quería,

que por tu valor merezca

tener nuestra compañía

y comer pan a una mesa,

del mismo que yo comía,

porque conozca los bienes

que en tal Hijo yo tenía,

y se congracie conmigo

de tu gracia y lozanía.

-Mucho lo agradezco, Padre,

el Hijo le respondía-;

a la esposa que me dieres

yo mi claridad daría,

para que por ella vea

cuánto mi Padre valía,

y cómo el ser que poseo

de su ser le recibía.

Reclinarla he yo en mi brazo,

y en tu ardor se abrasaría,

y con eterno deleite

tu bondad sublimaría.

 

            4.

 

Prosigue

 

-Hágase, pues -dijo el Padre-,

que tu amor lo merecía;

y en este dicho que dijo,

el mundo criado había

palacio para la esposa

hecho en gran sabiduría;

el cual en dos aposentos,

alto y bajo dividía.

El bajo de diferencias

infinitas componía;

mas el alto hermoseaba

de admirable pedrería,

porque conozca la esposa

el Esposo que tenía.

En el alto colocaba

la angélica jerarquía;

pero la natura humana

en el bajo la ponía,

por ser en su compostura

algo de menor valía.

Y aunque el ser y los lugares

de esta suerte los partía,

pero todos son un cuerpo

de la esposa que decía;

que el amor de un mismo Esposo

una esposa los hacía.

Los de arriba poseían

el Esposo en alegría;

los de abajo, en esperanza

de fe que les infundía,

diciéndoles que algún tiempo

él los engrandecería.

y que aquella su bajeza

él se la levantaría

de manera que ninguno

ya la vituperaría;

porque en todo semejante

él a ellos se haría

y se vendría con ellos,

y con ellos moraría;

y que Dios sería hombre,

y que el hombre Dios sería,

y trataría con ellos,

comería y bebería;

y que con ellos contino

él mismo se quedaría,

hasta que se consumase

este siglo que corría,

cuando se gozaran juntos

en eterna melodía;

porque él era la cabeza

de la esposa que tenía,

a la cual todos los miembros

de los justos juntaría.

que son cuerpo de la esposa,

a la cual él tomaría

en sus brazos tiernamente,

y allí su amor la diría;

y que, así juntos en uno,

al Padre la llevaría,

donde del mismo deleite

que Dios goza, gozaría;

que, como el Padre y el Hijo,

y el que de ellos procedía

el uno vive en el otro,

así la esposa sería,

que, dentro de Dios absorta,

vida de Dios viviría.

 

            5.

 

Prosigue

 

Con esta buena esperanza

que de arriba les venía,

el tedio de sus trabajos

más leve se les hacía;

pero la esperanza larga

y el deseo que crecía

de gozarse con su Esposo

contino les afligía;

por lo cual con oraciones,

con suspiros y agonía,

con lágrimas y gemidos

le rogaban noche y día

que ya se determinase

a les dar su compañía.

Unos decían: -¡Oh si fuese

en mi tiempo el alegría!

Otros: -¡Acaba, Señor;

al que has de enviar, envía!

Otros: -¡Oh si ya rompieses

esos cielos, y vería

con mis ojos que bajases,

y mi llanto cesaría!

¡Regad, nubes, de lo alto,

que la tierra lo pedía,

y ábrase ya la tierra,

que espinas nos producía,

y produzca aquella flor

con que ella florecería!

Otros decían: -¡Oh dichoso

el que en tal tiempo sería,

que merezca ver a Dios

con los ojos que tenía,

y tratarle con sus manos,

y andar en su compañía,

y gozar de los misterios

que entonces ordenaría!

 

            6.

 

Prosigue

 

En aquestos y otros ruegos

gran tiempo pasado había;

pero en los postreros años

 

el fervor mucho crecía,

cuando el viejo Simeón

en deseo se encendía,

rogando a Dios que quisiese

dejalle ver este día.

 

Y así, el Espíritu Santo

al buen viejo respondía;

-Que le daba su palabra

que la muerte no vería

hasta que la vida viese

 

que de arriba descendía.

y que él en sus mismas manos

al mismo Dios tomaría,

y le tendría en sus brazos

y consigo abrazaría.

 

            7.

 

Prosigue la Encarnación.

 

Ya que el tiempo era llegado

en que hacerse convenía

el rescate de la esposa,

que en duro yugo servía

debajo de aquella ley

que Moisés dado le había,

el Padre con amor tierno

de esta manera decía:

 

Ya ves, Hijo, que a tu esposa

a tu imagen hecho había,

y en lo que a ti se parece

contigo bien convenía;

pero difiere en la carne

que en tu simple ser no había

 

En los amores perfectos

esta ley se requería:

que se haga semejante

el amante a quien quería;

que la mayor semejanza

más deleite contenía;

el cual, sin duda, en tu esposa

grandemente crecería

si te viere semejante

en la carne que tenía.

 

-Mi voluntad es la tuya

-el Hijo le respondía-,

y la gloria que yo tengo

es tu voluntad ser mía,

y a mí me conviene, Padre,

lo que tu Alteza decía,

porque por esta manera

tu bondad más se vería;

veráse tu gran potencia,

justicia y sabiduría;

irélo a decir al mundo

y noticia le daría

de tu belleza y dulzura

y de tu soberanía.

Iré a buscar a mi esposa,

y sobre mí tomaría

sus fatigas y trabajos,

en que tanto padecía;

y porque ella vida tenga,

yo por ella moriría,

y sacándola del lago

a ti te la volvería.

 

Prosigue

 

Entonces llamó a un arcángel

que san Gabriel se decía,

y enviólo a una doncella

que se llamaba María,

de cuyo consentimiento

el misterio se hacía;

en la cual la Trinidad

de carne al Verbo vestía;

y aunque tres hacen la obra,

en el uno se hacía;

y quedó el Verbo encarnado

en el vientre de María.

 

Y el que tenía sólo Padre,

ya también Madre tenía,

aunque no como cualquiera

que de varón concebía,

que de las entrañas de ella

él su carne recibía;

por lo cual Hijo de Dios

y del hombre se decía.

 

Del Nacimiento

 

Ya que era llegado el tiempo

en que de nacer había,

así como desposado

de su tálamo salía

abrazado con su esposa,

que en sus brazos la traía,

al cual la graciosa Madre

en un pesebre ponía,

entre unos animales

que a la sazón allí había.

Los hombres decían cantares,

los ángeles melodía,

festejando el desposorio

que entre tales dos había.

Pero Dios en el pesebre

allí lloraba y gemía,

que eran joyas que la esposa

al desposorio traía.

 

Y la Madre estaba en pasmo

de que tal trueque veía:

el llanto del hombre en Dios,

y en el hombre la alegría,

lo cual del uno y del otro

tan ajeno ser solía.

 

NOCHE OSCURA

 

            Canciones del alma que se goza de

            haber llegado al alto estado de la

            perfección, que es la unión con Dios,

            por el camino de la negación espiritual.

 

      1.

 

En una noche oscura,

con ansias, en amores inflamada

¡oh dichosa ventura!,

salí sin ser notada

estando ya mi casa sosegada.

 

      2.

 

A oscuras y segura,

por la secreta escala disfrazada,

¡oh dichosa ventura!,

a oscuras y en celada,

estando ya mi casa sosegada.

 

      3.

 

En la noche dichosa

en secreto, que nadie me veía,

ni yo miraba cosa,

sin otra luz y guía

sino la que en el corazón ardía.

 

      4.

 

Aquésta me guiaba

más cierto que la luz del mediodía,

adonde me esperaba

quien yo bien me sabía,

en parte donde nadie parecía.

 

      5.

 

¡Oh noche que guiaste!

¡Oh noche amable más que el alborada!

¡Oh noche que juntaste

Amado con amada,

amada en el Amado transformada!

 

      6.

 

En mi pecho florido

que entero para él sólo se guardaba,

allí quedó dormido,

y yo le regalaba,

y el ventalle de cedros aire daba

 

      7.

 

El aire de la almena,

cuando yo sus cabellos esparcía,

con su mano serena

en mi cuello hería

y todos mis sentidos suspendía.

 

      8.

 

Quedéme y olvidéme,

el rostro recliné sobre el Amado,

cesó todo y dejéme,

dejando mi cuidado

entre las azucenas olvidado.

 

ROMANCE

      "Super flumina Babylonis".

 

Encima de las corrientes

que en Babilonia hallaba,

allí me senté llorando,

allí la tierra regaba,

acordándome de ti,

¡Oh Sión!, a quien amaba.

Era dulce tu memoria,

con ella más lloraba.

Dejé los trajes de fiesta,

los de trabajo tomaba,

y colgué en los verdes sauces

la música que llevaba,

poniéndola en esperanza

de aquello que en ti esperaba.

Allí me hirió el amor,

y el corazón me sacaba.

Díjele que me matase,

pues de tal suerte llagaba;

yo me metía en su fuego,

sabiendo que me abrasaba,

disculpando al avecica

que en el fuego se acababa.

Estábame en mí muriendo,

y en ti sólo respiraba,

en mí por ti me moría,

y por ti resucitaba,

que la memoria de ti

daba vida y la quitaba.

Gozábanse los extraños

entre quien cautivo estaba;

preguntábanme cantares

de lo que en Sión cantaba:

-Canta de Sión un himno,

veamos cómo sonaba.

            -Decid, ¿cómo en tierra ajena

donde por Sión lloraba,

cantaré yo el alegría

que en Sión se me quedaba?

Echaríala en olvido

si en la ajena me gozaba.

Con mi paladar se junte

la lengua con que hablaba,

si de ti yo me olvidare,

en la tierra do moraba.

¡Sión, por los verdes ramos

que Babilonia me daba,

de mí se olvide mi diestra,

que es lo que en ti más amaba,

si de ti no me acordare,

en lo que más me gozaba,

y si yo tuviere fiesta

y sin ti la festejaba!

¡Oh hija de Babilonia,

mísera y desventurada!

¡Bienaventurado era

aquél en quien confiaba,

que te ha de dar el castigo

que de tu mano llevaba,

y juntará sus pequeños,

y a mí, porque en ti lloraba,

a la piedra, que era Cristo,

por el cual yo te dejaba!.

Oh llama de amor viva,

En el principio moraba

Encima de las corrientes

Adónde te escondiste, Amado,

¡Qué bien sé yo la fonte que mane y corre,

En una noche oscura,

Un pastorcico solo está penado,

¡Oh llama de amor viva,

Vivo sin vivir en mí

Entréme donde no supe:

Tras de un amoroso lance,

Por toda la hermosura

Del Verbo divino

Olvido de lo criado,

Para venir a gustarlo todo

 

 

    CANCIONES QUE HACE EL ALMA

    EN LA INTIMA UNION CON DIOS

 

            1

 

¡Oh llama de amor viva,

que tiernamente hieres

de mi alma en el más profundo centro!;

¡Pues ya no eres esquiva,

acaba ya, si quieres;

rompe la tela de este dulce encuentro!

 

            2

¡Oh cauterio suave!

¡Oh regalada llaga!

¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado,

que a vida eterna sabe,

y toda deuda paga!

Matando, muerte en vida la has trocado.

 

            3

¡Oh lámparas de fuego,

en cuyos resplandores

las profundas cavernas del sentido,

que estaba oscuro y ciego,

con extraos primores

calor y luz dan junto a su querido!

            4

¡Cuán manso y amoroso

recuerdas en mi seno,

donde secretamente solo moras,

y en tu aspirar sabroso,

de bien y gloria lleno,

cuán delicadamente me enamoras!

En una noche oscura,

¿Adónde te escondiste?

 

MONTE DE PERFECCION

Para venir a gustarlo todo

no quieras tener gusto en nada.

Para venir a saberlo todo

no quieras saber algo en nada.

Para venir a poseerlo todo

no quieras poseer algo en nada.

Para venir a serlo todo

no quieras ser algo en nada.

Para venir a lo que gustas

has de ir por donde no gustas.

 

Para venir a lo que no sabes

has de ir por donde no sabes.

Para venir a poseer lo que no posees

has de ir por donde no posees.

Para venir a lo que no eres

has de ir por donde no eres.

Cuando reparas en algo

dejas de arrojarte al todo.

Para venir del todo al todo

has de dejarte del todo en todo,

y cuando lo vengas del todo a tener

has de tenerlo sin nada querer.

En esta desnudez halla el

espíritu su descanso, porque no

comunicando nada, nada le fatiga hacia

arriba, y nada le oprime

hacia abajo, porque está en

el centro de su humildad.

 

GLOSA ESPIRITUAL

 

           Glosa a lo divino

 

Por toda la hermosura

nunca yo me perderé,

sino por un no sé qué

que se alcanza por ventura.

 

      1.

 

Sabor de bien que es finito,

lo más que puede llegar

es cansar el apetito

y estragar el paladar;

y así, por toda dulzura

nunca yo me perderé,

sino por un no sé qué

que se halla por ventura.

 

      2.

 

El corazón generoso

nunca cura de parar

donde se puede pasar,

sino en más dificultoso;

nada le causa hartura,

y sube tanto su fe,

que gusta de un no sé qué

que se halla por ventura.

 

      3.

 

El que de amor adolece,

del divino ser tocado,

tiene el gusto tan trocado

que a los gustos desfallece;

como el que con calentura

fastidia el manjar que ve,

y apetece un no sé qué

que se halla por ventura.

 

      4.

 

No os maravilléis de aquesto

que el gusto se quede tal,

porque es la causa del mal

ajena de todo el resto;

y así toda criatura

enajenada se ve

y gusta de un no sé qué

que se halla por ventura.

 

      5.

 

Que estando la voluntad

de Divinidad tocada,

no puede quedar pagada

sino con Divinidad;

mas, por ser tal su hermosura

que sólo se ve por fe,

gústala en un no sé qué

que se halla por ventura.

 

      6.

 

Pues, de tal enamorado,

decidme si habréis dolor,

pues que no tiene sabor

entre todo lo criado;

solo, sin forma y figura,

sin hallar arrimo y pie,

gustando allá un no sé qué

que se halla por ventura.

 

       7.

 

No penséis que el interior,

que es de mucha más valía,

halla gozo y alegría

en lo que acá da sabor;

mas sobre toda hermosura,

y lo que es y será y fue,

gusta de allá un no sé qué

que se halla por ventura.

 

      8.

 

Más emplea su cuidado,

quien se quiere aventajar.

en lo que está por ganar

que en lo que tiene ganado;

y así, para más altura,

yo siempre me inclinaré

sobre todo a un no sé qué

que se halla por ventura.

 

      9.

 

Por lo que por el sentido

puede acá comprehenderse

y todo lo que entenderse,

aunque sea muy subido,

ni por gracia y hermosura

yo nunca me perderé,

sino por un no sé qué

que se halla por ventura.

 

COPLAS DEL ALMA

      Otras del mismo a lo divino.

 

Tras de un amoroso lance,

y no de esperanza falto,

volé tan alto, tan alto,

que le di a la caza alcance.

      1.

Para que yo alcance diese

a aqueste lance divino,

tanto volar me convino

que de vista me perdiese;

y, con todo, en este trance

en el vuelo quedé falto;

mas el amor fue tan alto,

que le di a la caza alcance.

 

      2.

 

Cuanto más alto subía

deslumbróseme la vista,

y la más fuerte conquista

en oscuro se hacía;

mas, por ser de amor el lance

di un ciego y oscuro salto,

y fui tan alto, tan alto,

que le di a la caza alcance.

 

      3.

Cuanto más alto llegaba

de este lance tan subido,

tanto más bajo y rendido

y abatido me hallaba;

dije: ¡No habrá quien alcance!

y abatíme tanto, tanto,

que fui tan alto, tan alto,

que le di a la caza alcance.

 

      4.

 

Por una extraña manera

mil vuelos pasa de un vuelo,

porque esperanza del cielo

tanto alcanza cuanto espera;

esperé solo este lance,

y en esperar no fui falto,

pues fui tan alto, tan alto,

que le di a la caza alcance.

 

         Sin arrimo y con arrimo.

sin luz y a oscuras viviendo,

todo me voy consumiendo.

 

       1.

 

Mi alma está desasida

de toda cosa criada,

y sobre sí levantada,

y en una sabrosa vida

sólo en su Dios arrimada.

Por eso ya se dirá

la cosa que más estimo,

que mi alma se ve ya

sin arrimo y con arrimo.

 

       2.

 

Y, aunque tinieblas padezco

en esta vida mortal,

no es tan crecido mi mal,

porque, si de luz carezco,

tengo vida celestial;

porque el amor da tal vida,

cuando más ciego va siendo,

que tiene al alma rendida,

sin luz y a oscuras viviendo.

 

      3.

 

Hace tal obra el amor

después que le conocí,

que, si hay bien o mal en mí,

todo lo hace de un sabor,

y al alma transforma en sí;

y así, en su llama sabrosa,

la cual en mí estoy sintiendo,

apriesa, sin quedar cosa,

todo me voy consumiendo.

 

COPLAS DEL ALMA

 

      Coplas del alma que pena

      por ver a Dios

 

Vivo sin vivir en mí

y de tal manera espero,

que muero porque no muero.

 

      1.

 

En mí yo no vivo ya,

y sin Dios vivir no puedo;

pues sin él y sin mí quedo,

este vivir ¿qué será?

Mil muertes se me hará,

pues mi misma vida espero,

muriendo porque no muero.

 

      2.

 

Esta vida que yo vivo

es privación de vivir;

y así, es continuo morir

hasta que viva contigo.

Oye, mi Dios, lo que digo:

que esta vida no la quiero,

que muero porque no muero.

 

      3.

 

Estando ausente de ti

¿qué vida puedo tener,

sino muerte padecer

la mayor que nunca vi?

Lástima tengo de mí,

pues de suerte persevero,

que muero, porque no muero.

 

      4.

 

El pez que del agua sale

aun de alivio no carece,

que en la muerte que padece

al fin la muerte le vale.

¿Qué muerte habrá que se iguale

a mi vivir lastimero,

pues si más vivo más muero?

 

      5.

 

Cuando me pienso aliviar

de verte en el Sacramento,

háceme más sentimiento

el no te poder gozar;

todo es para más penar

por no verte como quiero,

y muero porque no muero.

 

      6.

 

Y si me gozo, Señor,

con esperanza de verte,

en ver que puedo perderte

se me dobla mi dolor;

viviendo en tanto pavor

y esperando como espero,

muérome porque no muero.

 

      7.

 

Sácame de aquesta muerte

mi Dios, y dame la vida;

no me tengas impedida

en este lazo tan fuerte;

mira que peno por verte,

y mi mal es tan entero,

que muero porque no muero.

      8.

Lloraré mi muerte ya

y lamentaré mi vida,

en tanto que detenida

por mis pecados está.

¡Oh mi Dios!, ¿cuándo será

cuando yo diga de vero:

vivo ya porque no muero?

Cueva (Juan de la)

 

 

(Sevilla 1543 - id.1610). Apenas hay noticias de su vida, aunque conocemos la trágica historia de su amor por Brígida Lucía de Belmonte, cuya muerte casi le hizo enloquecer. En 1574 marchó a Nueva España y volvió en 1577, estableciéndose en Sevilla. Escribió una obra titulada POESÍAS, de inspiración petrarquista, algunos romances y el poema heroico, CONQUISTA DE LA BÉTICA.  Compuso con mayor acierto dramas de concepción clásica.

 

LIGADAS HEBRAS CON LA TRENZA DE ORO

Ligadas hebras con la trenza de oro,

que en red envueltas os mostráis al cielo,

hermoseando aquel lustroso velo

con la púrpura y nieve que yo adoro,

 

  ¿por qué, pues sois mi gloria y mi tesoro,

no os descogéis a dar algún consuelo

al alma, que de amor ardiente y celo

se consume en la causa porque lloro?

 

  Dad lugar que las rosas dejen verse

con la vena del oro matizadas;

no estéis en red estrecha recogídas;

 

  contentaos ya de ver en mí emprenderse

las llamas que lanzáis, que aun enlazadas

hacen el mesmo efecto que esparcidas.

Ercilla, (Alonso de)

(Madrid 1533 - id. 1594). Perteneciente a una noble familia, fue paje de Felipe II y con él viajó por Flandes e Inglaterra.

En 1555 marchó a las Indias con Alderete a la conquista del Arauco, en cuya campaña se distinguió. A su vuelta residió tres años en Alemania y se casó con una rica dama, María de Bazán.

Desde 1578 le encontramos en Madrid dedicado a administrar su fortuna personal. Escribió LA ARAUCANA, poema épico en tres partes, dedicado a Felipe II e inspirado en la conquista americana, en el que se exalta la figura del héroe araucano Caupolicán. Con esta obra se incorpora el tema de las Indias a la poesía española.

  LA ARAUCANA

      [Fragmento del Canto II]

 

   Ya la rosada Aurora comenzaba

las nubes a bordar de mil labores,

y a la usada labranza despertaba

la miserable gente y labradores,

y a los marchitos campos restauraba

la frescura perdida y sus colores,

aclarando aquel valle la luz nueva,

cuando Caupolicán viene a la prueba.

 

   Con un desdén y muestra confiada

asiento del troncón duro y nudoso,

como si fuera vara delicada

se le pone en el hombro poderoso.

La gente enmudeció maravillada

de ver el fuerte cuerpo tan nervoso;

la color a Lincoya se le muda

poniendo en su victoria mucha duda.

 

   El bárbaro sagaz despacio andaba,

y a toda prisa entraba el claro día;

el sol las largas sombras acortaba,

mas él nunca decrece en su porfía;

al ocaso la luz se retiraba,

ni por eso flaqueza en él había;

las estrellas se muestran claramente,

y no muestra cansancio aquel valiente.

 

   Salió la clara luna a ver la fiesta,

del tenebroso albergue húmedo y frío,

desocupando el campo y la floresta

de un negro velo, lóbrego y sombrío.

Caupolicán no afloja de su apuesta;

antes con nueva fuerza y mayor brío

se mueve y representa de manera,

como si peso alguno no trujera

 

       [Pero Caupolicán sigue otro día y

       otra noche con el tronco a cuestas.

       Y así termina su hazaña]

 

   Era salido el sol cuando el enorme

peso de las espadas despedía,

y un salto dio en lanzándole disforme

mostrando que aún más ánimo tenía.

El circunstante pueblo en voz conforme

pronunció la sentencia y le decía:

«Sobre tan firmes hombros descargamos

el peso y grande carga que tomamos».

Espinel, (D. Vicente)

(Ronda 1550 - Madrid 1624). Estudió en Salamanca, fue escudero del conde de Lemos y viajó a Italia donde fue apresado, aunque por breve tiempo , por los piratas de Argel.  Liberado, se unió al ejército de Alejandro Farnesio en Milán. Tras su vuelta a España, se ordenó sacerdote y obtuvo la plaza de capellán del Obispo de Madrid, como maestro de música. 

 

Como poeta tradujo el ARTE POÉTICA de Horacio y creó una nueva estrofa, la décima, denominada por él espinela. Más que por su poesía es conocido por ser el autor de la novela picaresca, VIDA DEL ESCUDERO MARCOS DE OBREGON, de carácter marcadamente autobiográfico.

LETRILLA

Contentamientos pasados,

¿qué queréis?

Dejadme, no me canséis..

Contentos cuya memoria

a cruel muerte condena,

idos de mí enhorabuena,

y pues que no me dais gloria

no vengáis a darme pena.

Ya están los tiempos trocados,

mi bien llevóselo el viento,

no me deis ya más cuidados,

que son para más tormentos,

contentamientos pasados.

No me os mostréis lisonjeros,

que no habéis de ser creídos,

ni me amenacéis con fieros,

porque el temor de perderos

le perdí en siendo perdidos,

y si acaso pretendéis

cumplir vuestra voluntad

con mi muerte bien podréis

matarme; y si no, mirad,

¿qué queréis?

Si dar disgusto y desdén

es vuestro propio caudal,

sabed que he quedado tal

que aun no me ha dejado el bien

de suerte que sienta el mal;

mas con todo, pues me habéis

dejado y estoy sin vos,

¡paso!, ¡no me atormentéis!

Contentos, idos con Dios,

dejadme, no me canséis.

Espinosa (Pedro)

(Antequera 1578 - San Lucar de Barrameda 1650). Entró al servicio del conde de Niebla y estudió humanidades. Más tarde, por un amor desengañado se hizo ermitaño un tiempo. Su relación con los poetas de su época le permitió recoger en sus FLORES DE POETAS ILUSTRES, la labor de buena parte de ellos, consiguiendo numerosas noticias y datos de gran valor para la historia literaria española.

Como poeta, es lírico de gran finura de matices, situado entre el gusto italianizante y la transformación gongorina.

SONETO EN ALEJANDRINOS

    A la Santísima Virgen María

Como el triste piloto que por el mar incierto

Se ve, con turbios ojos, sujeto de la pena

Sobre las corvas olas, que, vomitando arena,

Lo tienen de la espuma salpicado y cubierto,

Cuando, sin esperanza, de espanto medio muerto,

Ve el fuego de Santelmo lucir sobre la antena,

Y, adorando su lumbre, de gozo el alma llena,

Halla su nao cascada surgida en dulce puerto:

Así yo el mar surcaba de penas y de enojos,

Y, con tormenta fiera, ya de las aguas hondas

Medio cubierto estaba, la fuerza y luz perdida,

Cuando miré la lumbre ¡oh Virgen! de tus ojos,

Con cuyos resplandores, quietándose las ondas,

Llegué al dichoso puerto donde escapé la vida.

SONETO

 A la Asunción de la Virgen María

En turquesadas nubes y celajes,

Están en los alcázares empirios,

Con blancas hachas y con blancos cirios,

Del sacro Dios los soberanos pajes;

 

Humean de mil suertes y linajes,

Entre amaranto y plateados lirios,

Enciensos indios y pebetes sirios,

Sobre alfombras de lazos y follajes.

 

Por manto el sol, la luna por chapines,

Llegó la Virgen a la empírea sala,

Visita que esperaba el Cielo tanto.

 

Echáronse a sus pies los serafines,

Cantáronle los ángeles la gala,

Y sentóla a su lado el Verbo santo.

 

SALMO

  A la perfección de la naturaleza

            obra de Dios

Pregona el firmamento

las obras de tus manos,

y en mí escribiste un libro de tu sciencia.

Tierra, mar, fuego, viento

publican tu potencia,

y todo cuanto veo

me dice que te ame

y que en tu amor me inflame;

mas mayor que mi amor es mi deseo.

Mejor que yo, Dios mío, lo conoces;

sordo estoy a las voces

que me dan tus sagradas maravillas

llamándome, Señor, a tus amores:

¿Quién te enseñó, mi Dios, a hacer flores

y en una hoja de entretalles llena

bordar lazos con cuatro o seis labores?

¿Quién te enseñó el perfil de la azucena,

o quién la rosa, coronada de oro,

reina de los olores?

¿Y el hermoso decoro

que guardan los claveles,

reyes de los colores,

sobre el botón tendiendo su belleza?

¿De qué son tus pinceles,

que pintan con tan diestra sutileza

las venas de los lirios?

La luna y el sol, sin resplandor segundo,

ojos del cielo y lámpara del mundo,

¿de dónde los sacaste,

y los que el cielo adornan por engaste

albos diamantes trémulos?

¿Y el que, buscando el centro, tiene, fuego

claro desasosiego?

¿Y el agua, que, con paso medio humano,

busca a los hombres, murmurando en vano

que l'alma se le iguale en floja y fría?

¿Y el que, animoso, al mar lo vuelve cano,

no por la edad, por pleitos y porfía,

viento hinchado que tormentas cría?

Y ¿sobre qué pusiste

la inmensa madre tierra,

que embraza montes, que provincias viste,

que los mares encierra

y con armas de arena los resiste?

¡Oh altísimo Señor que me hiciste!

No pasaré adelante:

tu poder mismo tus hazañas cante;

que, si bien las mirara,

sabiamente debiera de estar loco,

atónito y pasmado de esto poco.

Ay, tu olor me recrea,

saname tu memoria,

mas no me hartaré hasta que vea,

¡oh Señor!, tu presencia, que es mi gloria.

¿En dónde estás, en dónde estás, mi vida?

¿Dónde te hallaré, dónde te escondes?

Ven, Señor, que mi alma

de amor está perdida,

y Tú no le respondes;-

desfallece de amor y dice a gritos:

«¿Dónde lo hallaré, que no lo veo,

a Aquel, a Aquel hermoso que deseo?»

Oigo tu voz y cobro nuevo aliento;

mas como no te hallo,

derramo mis querellas por el viento.

¡Oh amor, oh Jesús mío!,

¡oh vida mía!, recebid mi alma,

que herida de amores os la envío,

envuelta en su querella.

¡Allá, Señor, os avenid con ella!

 

LA FÁBULA DEL GENIL

También entre las ondas fuego enciendes,

Amor, como en la esfera de tu fuego,

y a los dioses de escarcha también prendes

como a Vulcano, con lascivo juego;

del sacro Olimpo a Júpiter deciendes

y a Febo dejas sin su lumbre, ciego,

y a Marte pones, con infame prueba,

que de tu madre las palabras beba.

 

El claro dios Genil sintió tus lazos,

que a la náyade Cínaris adora:

ella le hace el corazón pedazos,

y él crece con las lágrimas que llora.

Corta las aguas con los blancos brazos

la ninfa, que con otras ninfas mora

debajo de las aguas cristalinas

en aposentos de esmeraldas finas.

 

El despreciado dios su dulce amante

con las náyades vido estar bordando,

y, por enternecer aquel diamante,

sobre un pescado azul llegó cantando.

De una concha una cítara sonante

con destrísimos dedos va tocando;

paró el agua a su queja, y, por oílla,

los sauces se inclinaron a la orilla:

 

«Vosotras, que miráis mi fuego ardiente,

seréis -dice- testigos de mí pena

y del rigor y término inclemente

de la que está de gracia y desdén llena.

Neptuno fue mi abuelo, y de una fuente

que es, de una sierra de cristales, vena,

soy dios, y con mis ondas fuera a Tetis

si no atajara mi camino el Betis.

 

Vestida está mi margen de espadaña

y de viciosos apios y mastranto,

y el agua, clara como el ámbar, baña

troncos de mirtos y de lauro santo.

No hay en mi margen silbadora caña

ni adelfa, mas violetas y amaranto,

de donde llevan flores en las faldas

para hacer las hénides guirnaldas,

 

Hay blancos lirios, verdes mirabeles

y azules, gliarnecídos alhelíes,

y allí las clavellinas y claveles

parecen sementera de rubíes.

Hay ricas alcatifas y alquiceles,

rojos, blancos, gualdados y turquíes,

y derraman las auras con su aliento

ámbares y azahares por el viento.

 

Yo, cuando salgo de mis grutas hondas,

estoy de frescos palios cobijado,

y entre nácares crespos de redondas

perlas mi margen veo estar honrado.

El sol no tibia mis cerúleas ondas,

ni las enturbia el balador ganado;

ni a las napeas que en mi orilla cantan

los pintados lagartos las espantan.

 

Así del olmo abrazan ramo y cepa

con pámpanos harpados los sarmientos;

falta luigar por donde el rayo quepa

del sol, y soplan los delgados vientos,

Por flegibles tarahes sube y trepa

la inexplicable yedra, y los contentos

ruiseñores trinando, allí no hay selva

que en mi alabanza a responder no vuelva.

 

Mas ¿qué aprovecha, oh lumbre de mis ojos,

que conozcas mis padres y riqueza,

si, despreciando todos mis despojos,

te contentas con sola tu belleza?»

Dijo, y la ninfa de matices rojos

cubrió el marfil, y, vuelta la cabeza

con desdén, da a entender que el dios la enoja,

y arroja el bastidor, y el oro arroja.

 

Quedó elevado, así como se encanta

el que escuchó la voz de la sirena;

helósele su voz en la garganta,

como cercado de engañosa hiena:

no tanto a virgen temerosa espanta

serpiente negra que pisó en la arena,

ni al yerto labrador en noche triste

rayo veloz que de temor le embiste.

 

En sí volvió del ya pasado espanto

cuando quiso el contrario del contento,

y halló que las aguas de su llanto

le llevaban nadando el instrumento.

La libertada cólera, entre tanto,

le obligó a que dijese, y el tormento:

-¡Oh tú, hija de montes y de fieras,

por fuerza has de quererme, aunque no quieras!

 

Dijo así y, codicioso del trofeo,

al alcázar del viejo Betis parte,

cuyo artificio atrás deja el deseo;

que a la materia sobrepuja el arte.

No da tributo Betis a Nereo,

mas, como amigo, sus riquezas parte

con él, que es rey de ríos, y los reyes

no dan tributo, sino ponen leyes.

 

Ve que son plata lisa los umbrales;

claros diamantes las lucientes puertas,

ricas de clavazones de corales

y de pequeños nácares cubiertas;

ve que rayos de luces inmortales

dan, y que están de par en par abiertas,

y los quiciales, de oro muy rollizo,

que muestran el poder de quien los hizo.

 

Colunas más hermosas que valientes

sustentan el gran techo cristalino;

las paredes son piedras transparentes,

cuyo valor del Ocidente vino;

brotan por los cimientos claras fuentes,

y con pie blando, en líquido camino,

corren cubriendo con sus claras linfas

las carnes blancas de las bellas ninfas.

 

De suelos pardos, de mohosos techos,

hay docientas hondísimas alcobas,

y de menudos juncos verdes lechos,

y encima, colchas de pintadas tobas.

Maldicientes arroyos por estrechos

pasos murmuran, entre juncia y ovas,

donde a los dioses el profundo sueño

cubre de adormideras y beleño.

 

Vído entrando Genil un virgen coro

de bellas ninfas de desnudos pechos,

sobre cristal cerniendo granos de oro

con verdes cribos de esmeraldas hechos.

Vido, ricos de lustre y de tesoro,

follajes de carámbano en los techos,

que estaban por las puntas adornados

de racimos de aljófares helados.

 

Un rico asiento de diamante frío

sobre gradas de nácar se sustenta,

donde preñadas perlas de rocío

al alcázar dan luz, al sol afrenta.

El venerable viejo dios del río

aquí con santa majestad se asienta,

reclinado en dos urnas relucientes,

que son los caños de abundantes fuentes.

 

Ya que huyó la admiración del fuego

que abrasaba al amante despreciado,

su queja al padre Betis cuenta luego,

no sé si más lloroso que turbado;

dio luz a su justicia, estando ciego

de lágrimas que amor había brotado,

y no hubo menester el dios amigo

ni más información ni más testigo.

 

-No será tu afición con desdén rota

-le dice Betis-, que también tu orilla

mereció a Febo, como el sacro Eurota,

por quien desprecia Júpiter su silla.

Granada, de tus templos es devota,

si hecatombe a mis templos da Sevilla,

y por ti gozo ilustres vasallajes

desde el Hidaspes dulce al negro Arajes.

 

En Colcos, junto a un ancho promontorio,

hay unas grutas de alabastro fino,

donde nació, entre arenas de abalorio,

un tritón que a servir a Betis vino;

a éste manda llamar a consistorio

a todos los del reino cristalino,

los cuales, al sagrado mandamiento,

vienen, venciendo por el agua el viento.

 

Ricas garnachas de riqueza suma

unos visten de tiernas esmeraldas;

otros, como a la garza fácil pluma,

cubren de escama de oro las espaldas;

con ropas blancas de cuajada espuma

otros vienen, ceñidos con guirnaldas,

brotando olor los cristalinos cuernos,

de tiernas flores y de tallos tiernos.

 

Cuantas viven en fuentes, ninfas bellas

(que burlan los satíricos silvanos,

que, arrojándose al agua por cogellas,

el agua aprietan con lascivas manos),

vinieron; y, a una parte las doncellas,

a otra los mozos y a otra, los ancianos,

se sientan, cual conviene a tales huéspedes,

en blandas sillas de mojados céspedes.

 

Ya que corrió el silencio las cortinas,

dando angosto camino al blando aliento,

y las vistas, suspensas y divinas,

a Betis fueron penetrando el viento,

y entre los labios de esmeraldas finas

pararon, él, con grave movimiento,

sacudió la cabeza sobre el pecho,

y perlas sudó el suelo y llovió el techo:

 

-No con el mar de España tengo guerra

-dice-, o saliendo de mi margen corva

quiero cubrir las faldas de la tierra

mientras teme dudosa que la sorba;

ni pardo monte ni cerúlea sierra

de mi profundidad el paso estorba;

mas hoy se casa un claro dios divino

que ha merecido a Betis por padrino.

 

Tú, Geníl, a quien ciñen mirto y lauro,

no cañaveras frágiles, tus sienes,

y, como el Cindo del nevado Tauro,

montes de plata por principio tienes,

tú, aquel potente dios a quien el Dauro

señor te hace de mayores bienes,

pues que sus ninfas, en liviano coro,

para darte tributo ciernen oro;

 

hoy gozarás de Cínaris los brazos;

y tú, ninfa, el valor de ser su esposa;

y, en legítimo fuego y dulces lazos,

dejaréis a Cidálida envidiosa.

Dijo; y ella, huyendo los abrazos,

volvió turbada la cerviz de rosa,

naciendo, al tierno llanto que comienza,

rojo color de virginal vergüenza.

 

No hay dios a quien el llanto no recuerde

si con la compasión hace su tiro,

y así, el aljófar que la ninfa pierde

costó más de un sollozo y de un suspiro;

y hubo alguno que el crin de sauce verde

tendió sobre la frente de zafiro;

mas los arroyos que a la puerta estaban

del desdén de la ninfa murmuraban.

 

Como cuando en solícitos tropeles

por mayor majestad de sus castillos

ricos de olor, vestidos de doseles,

entre selvajes cercas de tomillos,

guardando rubias perezosas mieles

en urnas de panales amarillos,

se oyeron las abejas en escuadra;

así el rumor por la soberbia cuadra.

 

Lágrimas tibias de tus luces bellas

llueves en tanto que Genil te imita,

oh Cínaris, mas todas tus querellas

Betis mirando, el caso facilita;

que el melindre que es dado a las doncellas

piensa que el libre espíritu te quita,

y así, queriendo un monte hacer llano,

la mano de Genil puso en tu mano.

 

Llenos de envidia noble se levantan

los dioses del sagrado coliseo,

y con las lenguas de agua dulce cantan

alegres: ¡Himeneo!, ¡Himeneo!

Mas de improviso, sin pensar, se espantan,

porque la ninfa, viendo el caso feo,

y su virginidad así oprimida,

quedó, llorando, en agua convertida.

Esquilache, (Príncipe de)

(Madrid 1581 - id 1658). Virrey del Perú en sustitución del Marques de Monstesclaros. Fundó una ciudad a la que dio el nombre de San Francisco de Borja, su ascendiente. Creó también el colegio del Príncipe, para la educación de los hijos de los caciques y el colegio de San Francisco para los hijos de los conquistadores. Hizo de su palacio una verdadera academia literaria.

Como poeta, era discípulo de Bartolomé Leonardo de Argensola, en una línea personal ni conceptista ni culterana.  Obras conocidas suyas,son: NÁPOLES RECUPERADO, A ITÁLICA, A UNA CRECIDA DEL TAJO, etc...

AMÉ UNA PEÑA

Amé una peña; en una helada sierra

puso el amor mi pensaraiento loco;

hielo y rigor es cuanto miro y toco

perpetua confusión, celosa guerra.

 

  Decir no puedo que engañado yerra

quien ama mucho, quien espera poco;

pues yo, forzado de mi amor, provoco

al mismo engaño que mi pecho encierra.

 

  Llorando vivo los cansados días,

del breve sueño las prolijas horas,

de un loco amor los peligrosos años.

 

  No da remedio el tiempo a mis porfías,

que viven de mi seso vencedoras,

llorando enojos y pidiendo engaños.

 

CRISTALES DEL TAJO

 

Tan dormido pasa el Tajo

entre unos álamos verdes,

que ni los troncos le escuchan,

ni las arenas le sienten.

 

  En su silencio y descanso

los ruiseñores alegres

a voces le están diciendo

que, pues sale el sol, despierte.

 

  En los juncos de su orilla

daba la dulce corriente,

si no de que está despierta,

señales de que se mueve.

 

  Hasta llegar a Toledo,

no es posible que recuerde;

que sólo despiertan peñas

a quien sobre arenas duerme.

 

  Junto a un peñasco en que forma

el sol en su orilla siempre,

al nacer, sombra en las aguas,

y en los campos, al ponerse,

 

  estaba el pastor Lisardo

con las ovejas que tiene,

que por ver la cara al sol

ni juegan, pacen, ni beben,

 

  y templando el instrumento,

que no fue poco el tenerle,

dijo a las aguas del Tajo,

a quien cantó tantas veces:

 

  "Cristales del Tajo,

"que dormís al son

"del risueño viento,

"de su alegre voz,

"desertad, que os llaman

"las aves y el sol.

 

  "Aguas cristalinas

"que bajáis de Cuenca

"a regar los campos

"y a dejar las sierras,

 

  "si en vuestras riberas

"no os despierto yo,

"despertad que os llaman

"las aves y el sol."

 

Femández de Heredia (Juan)

 

(Munébraga (Zaragoza) hacia 1310 - Caspe 1396). Gran Maestre de la Orden de San Juan de Jerusalén, fue comendador de Alfambra, de Aliaga, de Villel y de Castellón de Amposta. Intervino en los sucesos de la época de Pedro IV el Ceremonioso de Aragón y en la corte de Aviñón como destacado político. Fue soldado y diplomático en la guerra de los Cien Años, resultando gravemente herido en la batalla de Crécy (1346).

 

Fue hecho prisionero por los turcos en París, permaneciendo cautivo durante tres años.  Los últimos años de su vida los dedicó a la erudición histórica, reuniendo una magnífica biblioteca que, a su muerte, pasó parcialmente al Marqués de Santillana. Por su iniciativa se redactó el CARTULARIO MAGNO DE LA ORDEN DE SAN JUAN DE JERUSALÉN.     

CANCIÓN

  Puso tanto sentimiento

en mí el veros partir,

que la pena del morir

de pequeña no la siento.

 

  Porque el cuerpo, de tollido,

de sentir penas doliente,

ya no sabe lo que siente,

porque no tiene sentido.

 

  El mal que da sentimiento

en el alma es de sentir,

que la pena del morir

de pequeña no la siento.

 

CANCIÓN

 

  Quien a dos amores ama,

a traición le saquen el alma.

 

  Sin ninguna compasión,

muera muy peor que digo

el traidor que fuere amigo

de ley tan fuera razón.

Y pues hace tal traición,

que en dos partes se derrama,

a traición le saquen el alma.

Fernández (Lucas)

(Salamanca 1474 - id. 1542). Estudió en la Universidad de su ciudad natal hasta ordenarse sacerdote.  Fue mozo de coro en la catedral y obtuvo una plaza en el coro, en oposición a Juan del Encina.  En 1522 fue nombrado profesor de música de la Universidad, cargo que desempeño hasta su muerte.

Su obra, AUTO DE LA PASION, es una de las mejores muestras del primitivo teatro español y abre ya el camino hacia el Auto sacramental. Su obra en conjunto subraya los modos de Juan del Encina hacia maneras predominantemente religiosas.

 

VILLANCICO

  En esta montaña

de gran hermosura

tomemos holgura.

 

  Haremos cabaña

de rosas y flores

en esta montaña

cercada de amores,

y nuestros dolores

y nuestra tristura

tornarse ha en holgura.

 

  Gran gozo y placer

aquí tomaremos,

y amor y querer

aquí nos ternemos;

y aquí viviremos

en grande frescura

en esta verdura.

Fernández de Andrada, Andrés

 

Escritor del s. VII.  Fue capitán del ejército y estuvo en Méjico.  Su obra, EPISTOLA MORAL A FABIO, responde a un contenido moral de carácter netamente senequiano, viene a compendiar los principales temas de la contrarreforma y está escrita en tercetos encadenados.

EPÍSTOLA MORAL A FABIO

Fabio, las esperanzas cortesanas

prisiones son do el ambicioso muere

y donde al más activo nacen canas.

El que no las límare o las rompiere,

ni el nombre de varón ha merecido,

ni subir al honor que pretendiere.

El ánimo plebeyo y abatido

procura en sus intentos temeroso,

antes estar suspenso que caído;

que el corazón entero y generoso

al caso adverso inclinará la frente

antes que la rodilla al poderoso.

Más coronas, más triunfos dio al prudente

que supo retirarse, la fortuna,

que al que esperó obstinada y locamente.

Esta invasión terrible e importuna

de contrarios sucesos nos espera

desde el primer sollozo de la cuna.

Dejémosla pasar como a la fiera

corriente del gran Betis, cuando airado

dilata hasta los montes la ribera.

Aquel entre los héroes es cantado

que el premio mereció, no quien le alcanza

por vanas consecuencias del estado.

Peculio proprio es ya de la privanza

cuanto de Astrea fue, cuanto regía

con su temida espada y su balanza.

El oro, la maldad, la tiranía

del inicuo, precede y pasa al bueno.

¿Qué espera la virtud o qué confía?

Vente, y reposa en el materno seno

de la antigua Romúlea, cuyo clima

te será más humano y más sereno;

adonde, por lo menos, cuando oprima

nuestro cuerpo la tierra, dirá alguno:

«Blanda le sea», al derramarla encima;

donde no dejarás la mesa ayuno

cuando en ella te falte el pece raro

o cuando su pavón nos niegue Juno.

Busca, pues, el sosiego dulce y caro,

como en la oscura noche del Egeo

busca el piloto el eminente faro;

que sí acortas y ciñes tu deseo

dirás: «Lo que desprecio he conseguido;

que la opinión vulgar es devaneo.»

Más quiere el ruiseñor su pobre nido

de pluma y leves pajas, más sus quejas

en el monte repuesto y escondido,

que agradar lisonjero las orejas

de algún príncipe insigne, aprisionado

en el metal de las doradas rejas.

¡Triste de aquel que vive destinado

a esa antigua colonia de los vicios,

augur de los semblantes del privado!

Cese el ansia y la sed de los oficios;

que acepta el don y burla del intento

el ídolo, a quien haces sacrificios.

Iguala con la vida el pensamiento,

y no le pasarás de hoy a mañana,

ni aun quizá de un momento a otro momento.

Apenas tienes ni una sombra vana

de nuestra antigua Itálica, y ¿esperas?

¡Oh error perpetuo de la vida humana!

Las enseñas grecianas, las banderas

del senado y romana monarquía

murieron, Y pasaron sus carreras.

¿Qué es nuestra vida más que un breve día,

do apenas sale el sol, cuando se pierde

en las tinieblas de la noche fría?

¿Qué más que el heno, a la mañana verde,

seco a la tarde? ¡Oh ciego desvarío!

¿Será que de este sueño se recuerde?

¿Será que pueda ser que me desvío

de la vida viviendo, y que esté unida

la cauta muerte al simple vivir mío?

Como los ríos, que en veloz corrida

se llevan a la mar, tal soy llevado

al último suspiro de mi vida.

De la pasada edad ¿qué me ha quedado?

O ¿qué tengo yo a dicha, en la que espero,

sino alguna noticia de mi hado?

¡Oh si acabase, viendo cómo muero,

de aprender a morir, antes que llegue

aquel forzoso término postrero;

antes que aquesta mies inútil siegue

de la severa muerte dura mano,

y a la común materia se la entregue!

Pasáronse las flores del verano,

el otoño pasó con sus racimos,

pasó el invierno con sus nieves cano;

las hojas que en las altas selvas vimos

cayeron, ¡y nosotros a porfía

en nuestro engaño inmóviles vivimos!

Temamos al Señor que nos envía

las espigas del año y la hartura,

y la temprana pluvia y la tardía.

No imitemos la tierra siempre dura

a las aguas del cielo y al arado,

ni la vid cuyo fruto no madura.

¿Piensas acaso tú que fue criado

el varón para el rayo de la guerra,

para surcar el piélago salado,

para medir el orbe de la tierra

o el cerco por do el sol siempre camina?

¡Oh, quien así lo piensa, cuánto yerra!

 

Esta nuestra porción, alta y divina,

a mayores acciones es llamada

y en más nobles objetos se termina.

 

Así aquella, que al hombre sólo es dada,

sacra razón y pura me despierta,

de esplendor y de rayos coronada,

 

y en la fría región, dura y desierta,

de aqueste pecho enciende nueva llama,

y la luz vuelve a arder que estaba muerta.

 

Quiero, Fabio, seguir a quien me llama,

y callado pasar entre la gente,

que no afecto los nombres ni la fama.

 

El soberbio tirano del Oriente,

que maciza las torres de cien codos

de cándido metal puro y luciente,

 

apenas puede ya comprar los modos

del pecar; la virtud es más barata

ella consigo misma ruega a todos.

 

Mísero aquel que corre y se dilata

por cuantos son los climas y los mares,

perseguidor del oro y de la plata!

 

Un ángulo me basta entre mis lares,

un libro y un amigo, un sueño breve,

que no perturben deudas ni pesares.

 

Esto tan solamente es cuanto debe

naturaleza al parco y al discreto,

y algún manjar común, honesto y leve.

 

No, porque así te escribo, hagas conceto

que pongo la virtud en ejercicio:

que aun esto fue difícil a Epicteto.

 

Basta, al que empieza, aborrecer el vicio,

y el ánimo enseñar a ser modesto;

después le será el cielo más propicio.

 

Despreciar el deleite no es supuesto

de sólida virtud; que aun el vicioso

en sí propio le nota de molesto.

 

Mas no podrás negarme cuán forzoso

este camino sea al alto asiento,

morada de la paz y del reposo.

 

No sazona la fruta en un momento

aquella inteligencia que mensura

la duración de todo a su talento:

 

flor la vimos ayer hermosa y pura,

luego materia acerba y desabrida,

y sabrosa después, dulce y madura.

 

Tal la humana prudencia es bien que mida

y compase y dispense las acciones

que han de ser compañeras de la vida.

 

No quiera Dios que siga los varones

que moran nuestras plazas macilentos,

de la virtud infames histriones;

 

estos inmundos trágicos, atentos

al aplauso común, cuyas entrañas

son oscuros e infaustos monumentos.

 

¡Cuán callada que pasa las montañas

el aura, respirando mansamente!

¡Qué gárrula y sonora por las cañas!

 

¡Qué muda la virtud por el prudente!

¡Qué redundante y llena de ruido

por el vano, ambicioso y aparente!

 

Quiero imitar al pueblo en el vestido,

en las costumbres sólo a los mejores,

sin presumir de roto y mal ceñido.

 

No resplandezca el oro y las colores

en nuestro traje, ni tampoco sea

igual al de los dóricos cantores.

 

Una mediana vida yo posea,

un estilo común y moderado,

que no le note nadie que le vea.

 

En el plebeyo barro mal tostado

hubo ya quien bebió tan ambicioso

como en el vaso Múrino preciado;

 

y alguno tan ilustre y generoso

que usó, como si fuera vil gaveta,

del cristal transparente y luminoso.

 

Sin la templanza ¿viste tú perfeta

alguna cosa? ¡Oh muerte! Ven callada,

como sueles venir en la saeta;

 

no en la tonante máquina preñada

de fuego y de rumor; que no es mi puerta

de doblados metales fabricada.

 

Así, Fabio, me enseña descubierta

su esencia la verdad, y mi albedrío

con ella se compone y se concierta.

 

No te burles de ver cuánto confío,

ni al arte de decir, vana y pomposa,

el ardor atribuyas de este brío.

 

¿Es por ventura menos poderosa

que el vicio la verdad? ¿O menos fuerte?

No la arguyas de flaca y temerosa.

 

La codicia en las manos de la suerte

se arroja al mar, la ira a las espadas,

y la ambición se ríe de la muerte.

 

Y ¿no serán siquiera tan osadas

las opuestas acciones, si las miro

de más nobles objetos ayudadas?

 

Ya, dulce amigo, huyo y me retiro

de cuanto simple amé: rompí los lazos:

ven y sabrás al grande fin que aspiro,

antes que el tiempo muera en nuestros brazos.

Garcilaso de la Vega

 

Nació en Toledo recién comenzado el siglo XVI. Como su familia era noble, pronto entró al servicio de Carlos V, participando en muchas acciones militares en Francia, Rodas, Italia y Túnez.

En 1525 contrajo matrimonio, concertado por el Emperador, con Dª Elena de Zúñiga y se instalaron en Toledo donde Garcilaso fue regidor. Conoció poco después a Isabel Freire, dama de la Reina, de la que se enamoró profundamente; ella iba a inspirar gran parte de su poesía amorosa. Isabel se casó 1529, para desesperación del poeta y murió pocos años después.

En Italia, acompañando al Emperador, conoció profundamente la poesía italiana y se empapó del arte y del humanismo renacentistas. Un incidente con el Emperador le hizo sufrir destierro en Ratisbona. En acción guerrera contra Francia, murió de las heridas que recibió en el cerco de la fortaleza de Muy en 1536. Su obra poética es reducidas dimensiones y está compuesta por dos ELEGÍAS, tres EGLOGAS, cinco CANCIONES, una EPÍSTOLA, cuarenta SONETOS y tres ODAS y un EPIGRAMA escritos en latín.

SONETO  A DAFNE

 

A Dafne ya los brazos le crecían,

y en luengos ramos vueltos se mostraba;

en verdes hojas vi que se tornaban

los cabellos que al oro oscurecían.

 

De áspera corteza se cubrían

los tiernos miembros, que aún bullendo estaban:

los blandos pies en tierra se hincaban,

y en torcidas raíces se volvían.

 

Aquel que fue la causa de tal daño,

a fuerza de llorar crecer hacía

este árbol que con lágrimas regaba.

 

¡Oh miserable estado! ¡oh mal tamaño!

¡Que con llorarla crezca cada día

la causa y la razón porque lloraba!

 

SONETO  A LA ENTRADA DE UN VALLE

 

A la entrada de un valle, en un desierto,

do nadie atravesaba, ni se veía,

vi que con extrañeza un can hacía

extremos de dolor con desconcierto;

 

agora suelta el llanto al cielo abierto,

ora va rastreando por la vía;

camina, vuelve, para, y todavía

quedaba desmayado como muerto.

 

Y fue que se apartó de su presencia

su amo, y no le hallaba; y esto siente;

mirad hasta do llega el mal de ausencia.

 

Movióme a compasión ver su accidente;

díjeles lastimado: 'Ten paciencia,

que yo alcanzo razón, y estoy ausente'.

 

COPLA III  A UNA PARTIDA

 

Acaso supo, a mi ver,

y por acierto quereros,

quien tal hierro fue a hacer,

como partirse de veros

donde os dejase de ver.

 

Imposible es que este tal,

pensando que os conocía,

supiese lo que hacía,

cuando su bien y su mal

junto os entregó en un día

 

Acertó acaso a hacer</