DIVULGACION

La Física ha constituido una fuerza cultural de primer orden a lo
largo del siglo XX. Lo ha sido no propiamente como ciencia especializada, sino
como base de revoluciones tecnológicas que han incidido profundamente en la
vida cotidiana de millones de personas, y como fuente de profundos cambios
conceptuales en la forma de comprender e imaginar el mundo. Recordemos, entre
las primeras, cinco revoluciones: microelectrónica, ordenadores, energía
nuclear, vuelos espaciales y telecomunicaciones y, entre los segundos, los
cambios de visión del mundo provocados por la teoría de la relatividad y la
física cuántica. La ruptura de la frontera entre un saber especializado y un
auténtico motor cultural hubiera sido imposible sin una amplia actividad
divulgativa, que extendiera entre el gran público las novedades de los
sucesivos descubrimientos y las inquietudes por ellos suscitadas.
Al intentar trazar una panorámica de la
divulgación de la física en el siglo XX conviene, para alcanzar una cierta
nitidez de visión que trascienda el agobio de la multitud de obras de
divulgación, centrarse en unas pocas grandes líneas conductoras. Propongo
adoptar para éstas cinco grandes ámbitos temáticos: 1) astronomía y cosmología,
2) partículas elementales, 3) las revoluciones conceptuales de la relatividad y
la física cuántica, 4) las consideraciones macroscópicas sobre la materia y 5)
la reflexión general sobre la física en un contexto cultural más amplio.
Excluyo, en cambio, no por falta de interés sino por carencia de suficiente
documentación, la divulgación de los conceptos físicos más directamente
relacionados con la tecnología: tengo la impresión de que la bibliografía no es
tan amplia en este campo como en los otros ámbitos a que me he referido anteriormente.
Sin embargo, la discusión del papel de la tecnología en la vida y la cultura es
incluida en no pocos textos dedicados a la reflexión general sobre la ciencia.
Debo advertir que me limitaré a libros de
divulgación y ensayo, y sólo mencionaré a los escritos periodísticos muy
ocasionalmente. También esta restricción es debida a mis limitaciones
documentales y temporales, y no a una falta de interés del tema, tan sugerente.
De hecho, los artículos periodísticos y los titulares de prensa han ejercido una
influencia mucho más amplia que la de los libros, y creo que sería muy
interesante profundizar en la relación entre periodismo científico y libros de
divulgación escritos por científicos: cómo la prensa ha estimulado a los
científicos a escribir, cómo ha dado a conocer sus obras divulgativas, o cómo
ha falseado, con simplificaciones demasiado drásticas, esperanzas exageradas o
errores manifiestos, las informaciones científicas.
He optado por dedicar un apartado
específico a la divulgación de la física realizada por científicos españoles,
en lugar de incluirla en la actividad divulgativa estudiada en los apartados
generales. Ello nos permitirá subrayar con mayor énfasis esta aportación, cuyo
estudio pormenorizado y profundo podría resultar de gran interés para una
historia del desarrollo científico del país.
Astronomía y Cosmología
Dedicamos el
primer apartado al tema que más poderosamente y de forma más persistente a lo
largo de los siglos ha atraído la atención del público: la contemplación del
cielo y la consideración de los enigmas cósmicos. La física del siglo XX ha
aportado tres grandes novedades a este campo: el incremento de posibilidades de
observación, con el desarrollo de astronomía de radioondas, de rayos X y de
rayos gamma, con el uso de satélites especializados y con el tratamiento
informatizado de datos, que han abierto nuevas ventanas a aspectos
sorprendentes del cosmos. En segundo lugar, la comprensión del papel decisivo
de las reacciones nucleares como base de los procesos físicos subyacentes a la
evolución y la estructura de las estrellas, que nos ha permitido comprender con
profundidad la formación, evolución y final de las estrellas. En tercer lugar,
la observación de la expansión del universo, que ha proporcionado la base de un
modelo cosmológico sorprendente por su dinamismo expansivo y por la
posibilidad, inédita anteriormente, de evaluar su edad a partir de datos
observacionales. A estas consideraciones, deberíamos añadir los conceptos
teóricos aportados por la relatividad general, que constituyen la base para la
comprensión de dicho modelo, y que han cautivado la curiosidad del gran
público.
Recordemos que la expansión del universo
fue descubierta por Hubble en 1929, y que la fusión nuclear no fue propuesta
como fuente esencial de energía de las estrellas, por Bethe, hasta 1939. Por
ello, hasta mitades de los años cuarenta, no encontramos propiamente libros que
recojan los aspectos más novedosos de las aportaciones de dicho siglo. Desde
este punto de vista, y sin querer en absoluto minimizar ni desdeñar la
actividad divulgativa de astrónomos relevantes anteriores (pensemos por ejemplo
en la obra de divulgación de Eddington, La naturaleza del mundo físico,
1928), propondría concentrar nuestra atención en la obra divulgativa de la
segunda mitad de siglo, que es la que por otro lado tenemos más presente.
El número de autores y de libros en este
campo es tan grande, que es especialmente necesario adoptar unas referencias
como patrón donde situarnos, antes de esbozar una panorámica. Así, mencionaré
en primer lugar la obra divulgadora de cinco científicos: G. Gamow (Un, dos,
tres, infinito), S. Weinberg (Los tres primeros minutos del universo,
1977), H. Reeves (Paciencia en el azul, 1986, La hora de embriagarse),
S. Hawking (Breve historia del tiempo, 1988, El universo en una
cáscara de nuez, 2001) y C. Sagan (Cosmos, 1982). Cada uno de estos
autores ha realizado aportaciones valiosas a la cosmología. Y cada uno tiene,
como divulgador, su propio estilo: Gamow es chispeante y ligero, Weinberg es
más secamente especializado, Hawking es conciso y autorreferencial, Reeves es
lírico, Sagan se adapta al lenguaje televisivo en su serie sobre el Cosmos que
tanta audiencia alcanzó.
El campo de la cosmología ha atraído a
tantos divulgadores que sólo podemos aspirar a mencionar algunas líneas.
Mencionemos, por ejemplo, que algunos divulgadores han defendido modelos
alternativos al del big bang, en especial, el modelo de la creación continua,
entre ellos F. Hoyle (El universo inteligente, 1983), J. Narlikar (La
estructura del universo, 1987), J. Singh (Teoría de la cosmología
moderna, 1979), H. Arp (Controversias sobre distancias cósmicas y los
cuásares), lo cual tiene el interés de subrayar los puntos débiles y las
posibles limitaciones de la teoría dominante. Los autores de influencia
francesa prestan mayor atención que los restantes a lo cultural y lo literario,
quizás como resultado de la influencia del discurso a la vez riguroso y poético
de Reeves, en autores como M. Cassé (Del vacío y de la creación, 1993),
T.X. Thuan (La melodía secreta, 1988). Otros autores tratan aspectos
diversos de las teorías recientes de la gravitación o de las partículas, como
J. Wheeler (Un viaje por la gravedad y el espacio-tiempo, 1994), S.
Hawking, G. Ellis y R. Penrose (Cuestiones cuánticas y cosmológicas,
1993), B. Greene (El universo elegante). Así como algunos, entre los
cuales están I. Novikov (Cómo explosionó el universo, 1988) y M. Rees (Antes
del principio. El cosmos y otros universos) se interesan en la posibilidad
(mediante la física cuántica) de imaginar qué había antes del big bang (algo
inadmisible en el contexto clásico de la relatividad general) otros indagan, en
cambio, el futuro del universo, como F. Close (Fin) y F. Dyson (Infinito
en todas direcciones). Otros aportan detalles de diversa índole, como J.
Trefil (La cara oculta del universo, 1993), R.V. Wagoner y D.W.
Goldsmith (Horizontes cósmicos, 1982). Algunos dedican atención al
desarrollo histórico de las teorías cosmológicas, como T. Ferris y H. Pagels,
Otros han estructurado sus obras divulgativas en torno a la idea del principio
antrópico, cuyo manifiesto inicial fue el libro de J. Barrow y F. J. Tipler (The
cosmological antrhopic principle, 1986), que destaca el papel crucial de
los valores numéricos de las diversas constantes físicas para que pueda haber
materia viva en el universo, y que ha sido tratado, desde perspectivas
diversas, por J. Gribbin (Coincidencias cósmicas), O. Spiridónov (Las
constantes físicas universales, 1984) y M. Rowan-Robinson (Los nueve
números del cosmos).
En astrofísica, la nueva visión de las
estrellas como hornos nucleares donde se han formado los átomos que nos
constituyen, y su espectacular desmesura: los aspectos llamativos de los
agujeros negros, y la violencia extraordinaria de las explosiones de las
supernovas resultan muy atractivos. También en el contexto astrofísico se
presta cada vez mayor atención a la formación de estrellas y sistemas
planetarios, para analizar las posibilidades de existencia de vida en otros
planetas. Entre otros autores, mencionaremos a M. Cassé (Genealogía de la
materia, 2000), L.A. Marschall (Historia de la supernova), y J.
Heidmann (La vida en el universo) y E. Schatzman (Los hijos de Urania,
1986). Asimismo, la información adquirida con las numerosas misiones espaciales
ha arrojado nueva luz sobre numerosos detalles del sistema solar, divulgados
por autores como R. Smoluchowski (El sistema solar, 1986).
El descubrimiento, entre 1950 y 1970, a
medida que se incrementaba la energía que se podía alcanzar en los
aceleradores, de una gran cantidad de nuevas partículas, y el esfuerzo de
clasificarlas consistentemente fue uno de los motores más importantes de la
física en este período. Dicha clasificación culminó hacia mitades de la década
de 1970, con el éxito de las predicciones de la teoría de los quarks. En la
actualidad, las partículas elementales se clasifican en dos grupos: los
leptones (partículas elementales no sensibles a la interacción fuerte, como por
ejemplo el electrón) y los quarks, sensibles a las interacciones nucleares
fuertes. Este campo se ha ido vinculando cada vez más a la cosmología, ya que
en el universo primitivo, en concreto en momentos anteriores a las primeras
décimas de segundo, muchas de estas partículas eran muy abundantes. La obra ya
mencionada de Weinberg (Los tres primeros minutos del universo, 1977)
fue una de las primeras en establecer este puente entre el conjunto del
universo y sus constituyentes elementales. Por ello, muchas de las obras que
hemos mencionado en la sección anterior, contienen mucha información sobre
partículas. Entre los autores que han dedicado mayor atención al tema de las
partículas sin situarlas de entrada en el contexto cosmológico podemos
mencionar a H. Fritzsch (Los quarks, materia prima del universo), R.
Feyman y S. Weinberg (Las partículas elementales y las leyes de la física,
1991), M. Gell-Mann (El quark y el jaguar), F. Close (La cebolla
cósmica), R.L. Forward y J. Davis (Explorando el mundo de la antimateria).
El segundo gran motor de la investigación
en grandes energías ha sido la búsqueda de una unificación de las interacciones
conocidas (gravitatoria, electromagnética, nuclear débil y nuclear fuerte). Las
interacciones electromagnética y nuclear débil fueron unificadas por la teoría
de Weinberg, Glashow y Salam, confirmada experimentalmente en numerosas
ocasiones, y existe también una teoría de gran unificación, que combina la
teoría unificada electrodébil con las interacciones nucleares fuertes. Sigue
constituyendo un problema abierto la unificación de estas interacciones con la
fuerza gravitatoria, que exige combinar gravitación con mecánica cuántica, lo
cual sigue siendo uno de los objetivos principales de la física actual.
Intentos en esta dirección se producen en
el campo de las teorías de supercuerdas, según las cuales el espacio-tiempo
tendría diez dimensiones, y las partículas no serían objetos puntuales, sino
excitaciones de unas cuerdas que se movieran en este espacio de dimensionalidad
superior. No se puede desglosar este campo de los desarrollos modernos en
cosmología (toda la obra de Hawking, por ejemplo, es un intento de combinar
relatividad general y física cuántica) ni de las teorías de partículas
elementales. Entre los autores que han dedicado una atención más explícita a
este tema podríamos citar a S. Glashow (Interacciones, 1990; El
encanto de la física, 1993), P.C.W. Davies (Superfuerza), P.C.W.
Davies y J. Brown (Supercuerdas: ¿una teoría de todo? ,1988).
Las revoluciones conceptuales de la relatividad
y la cuántica

La relatividad especial y la física
cuántica nos han obligado a cambiar profundamente algunos aspectos de nuestra
imagen del mundo. En la relatividad especial, el espacio y el tiempo dejan de
ser absolutos, para pasar a serlo la velocidad de la luz en el vacío. En la
física cuántica, hallamos incertidumbre, indeterminación, complementariedad
entre el sujeto y el objeto. Veamos con mayor detalle cómo se han divulgado
estas novedades.
La teoría de la relatividad especial, de
1905, ya llenó de asombro a los pensadores y al público. Éste, probablemente,
interpretó la teoría más como una formulación de relativismo a ultranza que en
su propio significado de absolutización de la velocidad de la luz y del
intervalo espacio-temporal entre dos acontecimientos, en detrimento del
carácter absoluto del espacio y el tiempo, viejos conocidos de la humanidad. La
figura poco convencional de Einstein y de sus posiciones pacifistas y
progresistas ampliaron el radio de atracción de estas
ideas en el público. El desarrollo de la relatividad general, en 1915, y la
comprobación observacional de algunas de sus predicciones más espectaculares,
ocuparon titulares de portada en la prensa de la época, y elevaron a Einstein
al nivel de Newton. Súmese a ello la participación indirecta de Einstein en el
inicio de los proyectos de investigación nuclear que condujo a las bombas de
1945, cuyo desarrollo no hubiera sido posible sin la comprensión teórica del
fenómeno nuclear a partir de la famosa ecuación E = mc2. No sorprende,
pues, que la relatividad y la figura de Einstein sean uno de los polos de la
divulgación científica a lo largo del siglo XX.
Evocaremos aquí, entre muchas otras, las
obras divulgativas o ensayísticas del propio Einstein (El significado de la
relatividad, 1921; La teoría de la relatividad especial y general,
1917; Mi visión del mundo, 1953; Notas autobiográficas, 1949), el
repaso de los conceptos físicos efectuado por A. Einstein y L. Infeld (La
evolución de la física, 1938), la introducción a la relatividad de B.
Russell (ABC de la relatividad), y obras de G. Cohen-Tanoudji y M. Spiro
(Materia, espacio, tiempo, 1986), B. Hoffman (La relatividad y sus
orígenes, 1985), A. Sazánov (El universo tetradimensional de Minkowski,
1988), C. Will, (¿Tenía razón Einstein?), D. Bodanis (E = mc2.
Biografía de una ecuación) y las numerosas biografías de Einstein, en
particular la tan detallada y precisa de A. Pais (El Señor es sutil. Vida y
obra de A. Einstein) y las más descriptivas de C. Seelig, P. Michelmore, H.
Cuny, C. Bidon Chanel, E. Quintanilla, J. Rodríguez Lázaro, B. Kouznetsov, L.
Navarro Veguillas y otros.
En una primera etapa, la del primer cuarto
del siglo XX, las sorpresas conceptuales de la mecánica cuántica se centraban
en la dualidad de partícula y onda, es decir, en el hecho de que la luz y la
materia se presentaran a veces como partículas y a veces como ondas, siendo
éstas dos incompatibles. Se tuvo que modificar la visión clásica, de manera que
ondas y partículas no constituían la realidad más profunda, sino
manifestaciones de esta realidad que resultaba inaccesible a la intuición. Pero
este distanciamiento entre fenómeno y noúmeno, para decirlo en términos
kantianos, no agotaba las sorpresas de la física. Se descubrió que la física
cuántica implicaba un indeterminismo de fondo de la naturaleza, plasmado en las
relaciones de incertidumbre de Heisenberg, lo que llamó poderosamente la
atención de los filósofos. Estas sorpresas impregnan las publicaciones
ensayísticas o divulgativas de los fundadores de la teoría cuántica, como
Planck (Conferencias y recuerdos, 1949), Bohr, Heisenberg (El todo y
la parte, Encuentros y conversaciones con Einstein y otros ensayos), Born (Ciencia
y conciencia en la era atómica), Schrödinger (Qué es la materia, y
otras obras de las que hablaremos posteriormente). De estos autores, la mayoría
escriben tan sólo artículos surgidos de conferencias, más que aspirar
propiamente a libros en conjunto, con la excepción de Schrödinger.
El éxito predictivo de la física cuántica
hizo que la mayoría de físicos optaran por un positivismo bastante elemental y
limitaran su atención a efectuar predicciones sobre resultados experimentales,
sin preguntarse más a fondo por la realidad. Feynman (Electrodinámica
cuántica. La extraña teoría de la luz y la materia, 1985). El trabajo de
físicos como D. Bohm y J. Bell sobre la existencia o no de una realidad
objetiva condujo, a finales de la década de 1960, a posibilidades de
confrontación experimental entre las predicciones que surgirían del carácter
completo o no completo de la descripción cuántica, con éxito considerable para
la descripción cuántica. Entre los autores que han divulgado estas novedades
conceptuales debemos mencionar a B. d’Espagnat (En busca de lo real,
1979), J.S. Bell (Lo decible y lo indecible en mecánica cuántica, 1987),
S. Ortoli y J.P. Pharabod (El cántico de la cuántica, 1984), J.M. Jauch
(Sobre la realidad de los cuantos, 1973), F. Selleri (Física sin
dogmas, El debate de la teoría cuántica, 1986), J. Gribbin (En busca del
gato de Schrödinger), P.C. Davies (ed.) (El fantasma en el átomo),
M. Talbot (Más allá de la teoría cuántica). Algunas de estas inquietudes
han sido relacionadas con las filosofías orientales por F. Kapra (El tao de
la física, 1979), en una línea esbozada inicialmente por Schrödinger, y ha
alcanzado un gran éxito de público.
Materia
Hemos hablado ya de las partículas
elementales como constituyentes básicos de la materia. Pero la materia no se
presenta a nuestra experiencia directamente en esta forma, sino formando
objetos macroscópicos que van desde las células biológicas hasta el planeta,
para no extendernos a escala superiores, ya tratadas al hablar de cosmología y
de astrofísica. El análisis de la materia supone diversas perspectivas. Una de
ellas es la termodinámica. Destaca, en este campo, la obra de I. Prigogine, que
ha realizado importantes aportaciones a la termodinámica del no equilibrio, y
ha contribuido a la reflexión sobre el tiempo y sobre la estructura en sistemas
alejados del equilibrio. Sus obras, la mayoría de las cuales escritas en
colaboración con I. Stengers, son La nueva alianza (1982), ¿Sólo una
ilusión? (1983) y Entre el tiempo y la eternidad (1979). También en
termodinámica, especialmente en la relación de esta teoría con el concepto de
flecha de tiempo, podemos mencionar asimismo las obras de P. Coveney y R.
Highfield (La flecha del tiempo, 1990), R. Morris (Las flechas del
tiempo) y P.W. Atkins (La segunda ley).
La teoría del caos determinista ha
recibido una gran atención popular, en buena parte por su nombre especialmente
llamativo (algo semejante ocurrió anteriormente con la obra del matemático R.
Thom sobre teoría de las catástrofes). Alcanzó un gran éxito la obra del
periodista J. Gleick (Caos. El nacimiento de una nueva ciencia, 1988).
Entre los creadores de la teoría, destacan las obras de B. Mandelbrot (Los
objetos fractales, 1975; La geometría fractal de la naturaleza,
1982), D. Ruelle (Azar y caos, 1993) y E. Lorenz (La esencia del caos,
1995), las de los matemáticos J. Briggs y E.D. Peat (Espejo y reflejo. Del
caos al orden, 1989), I. Stewart (¿Juega Dios a los dados?, 1991) y
también la de M. Gell-Mann (El quark y el jaguar) que, pese a provenir
de la física de las partículas elementales, se ha interesado abiertamente por
las nuevas teorías no lineales de la física.
La investigación en nuevos materiales
(superconductores, fibras ópticas, semiconductores, suspensiones, medios
granulares) y su posible incidencia en la tecnología ha sido objeto de textos
de P.G. de Gennes (Los objetos frágiles, 1991) y S. Ortoli y J. Klein (Historia
y leyendas de la superconductividad), entre otros. También ha recibido una
atención considerable (aunque pocos libros en esta dirección han sido
traducidos al castellano) la física del mundo cotidiano, que presenta
situaciones de gran atractivo en divulgación científica. En este contexto
debemos tener presentes varias obras de I. Asimov (Cien preguntas sobre la
ciencia) y de J. Trefil. Otro campo de interés divulgativo, pero poco
explorado, es la relación entre la física y la vida, en que podemos mencionar,
por ejemplo, los escritos de S. Vogel (Ancas y palancas. Mecánica natural y
mecánica humana, 1998).
Cultura
Muchos científicos se han preguntado por
el papel de la física en la cultura contemporánea, por sus resonancias en la
sociedad, por la responsabilidad del científico frente a las aplicaciones de la
ciencia. Empezaremos este breve repaso por la obra de A. Einstein y L. Infeld, La
evolución de la física (1938) que se mantiene dentro del campo de la
física, pero desde una perspectiva conceptual; E. Schrödinger, después de la
Segunda Guerra Mundial, pronunció en el Instituto de Estudios Avanzados de
Dublín, donde se refugió tras el ascenso del nazismo, diversas series de
conferencias que resultaron muy influyentes: especialmente, el ciclo “¿Qué es
la vida?”, atrajo a bastantes físicos jóvenes hacia el estudio molecular de la
biología, y se anticipó, con algunas intuiciones memorables, a los desarrollos
futuros de la biología molecular tras el descubrimiento de la estructura del
DNA; otros ciclos de conferencias de Schrödinger son: «¿Qué es una ley de la
naturaleza?» y «Mente y materia». También otros autores se han interesado
especialmente por la naturaleza de las leyes físicas y por el papel de las
matemáticas en la descripción del mundo; cabe mencionar, especialmente, a R.
Feynman (El carácter de la ley física) y J. Barrow (Impossibility,
1998; Pi in the Sky, 1992; A world within a world, 1990; The
cosmological anthropic principle, 1986, y otras obras, pocas de ellas
traducidas al castellano).
Algunos autores han esbozado visiones muy
generales de la física orientadas hacia la resolución de grandes cuestiones
culturales. Así, R. Penrose (La nueva mente del emperador, 1991; Sombras
de la mente, 1995) trazaba un cuadro en que física cuántica, relatividad
general y termodinámica eran utilizadas para argumentar el carácter no
algorítmico de la conciencia y, por lo tanto, de la imposibilidad de conseguir
ésta mediante algoritmos de inteligencia artificial. D. Bohm (La totalidad y
el orden implicado) combinaba una interpretación de la mecánica cuántica
mediante variables ocultas no locales con algunas analogías basadas en los
hologramas para perfilar una nueva visión, poco convencional, sobre el orden de
la naturaleza. J.M. Lévy-Léblond (Conceptos contrarios o el oficio de
científico, 1996) ha analizado con espíritu crítico diversos aspectos
sociológicos de la práctica de la ciencia.
Las biografías de científicos son otro
campo de divulgación, especialmente eficaz para establecer un puente de diálogo
con humanistas y para llegar a un público más o menos amplio. La figura más
emblemática de la física del siglo XX es indudablemente A. Einstein, al cual se
han dedicado numerosas biografías y ensayos, ya mencionados en el apartado
sobre relatividad; otras personalidades llamativas, dentro del tono
externamente anodino de la vida de la mayoría de científicos, han sido
Schrödinger (biografía escrita por W. Moore, 1991), Feynman (biografía escrita
por J. Gleick, 1992) o S. Hawking (biografías escritas por J. Boslough 1990, y
K. Ferguson, 1991) que han suscitado recientemente la atención, fuera por el
humor, el desenfado y la brillantez de Feynman como por las duras condiciones
de vida de la enfermedad que ha paralizado a Hawking desde su juventud.
Asimismo, es grande el interés de la
perspectiva histórica como ámbito de divulgación científica. Para el gran
público, destaca I. Asimov, divulgador tan influyente, autor, entre muchas
otras obras de una Biografía de la física. Entre los historiadores de la
ciencia, y aún de la cultura en general, ha sido muy influyente los estudios de
T.S. Kuhn (La estructura de las revoluciones científicas) en que
establecía un modelo general de cambio científico y de progreso y el de K.
Popper (La lógica de la investigación científica); ambos autores
utilizan muchos ejemplos extraídos de la historia de la investigación en
ciencias físicas. El mismo Kuhn ha estudiado con detalle el inicio de la teoría
cuántica (La teoría del cuerpo negro y la discontinuidad cuántica). Tema
que ha atraído a muchos otros autores, como P. Forman (Cultura, causalidad y
teoría cuántica en Weimar 1918-1927). Otros libros influyentes sobre la
historia de la física son los de A. Koyré (Estudios galileanos, 1966),
G. Holton (Ensayos sobre el pensamiento científico en la época de Einstein),
I.B. Cohen (La revolución newtoniana y la transformación de las ideas
científicas), W. Berkson (Las teorías de los campos de fuerza. Desde
Faraday a Einstein), L. Sklar (Filosofía de la física, 1994).
El interés de las nuevas visiones de la
realidad, sobre todo en cosmología, física cuántica, constitución de la materia
y teoría del caos, ha alcanzado la teología, otra exploradora de los
fundamentos de la realidad. Por ello, conviene mencionar algunas obras sobre
las relaciones entre la física y la teología. Desde el lado de la física,
podemos mencionar a P.C.W. Davies (Dios y la nueva física) y F. Tipler (La
física de la inmortalidad), desde el lado de la teología, a C. Tresmontant
(Teología y ciencias de la naturaleza, 1970) y dos teólogos con
formación de físicos, S. Jaki (La importancia de la física) y J.
Polkinghorne (Ciencia y creación, 1988; Ciencia y providencia,
1989; Ciencia y fe cristiana, 1994; Quarks, caos y cristianismo,
1994). En algunas ocasiones, conversaciones entre filósofos creyentes y
científicos agnósticos han alcanzado una gran difusión, como en el caso del
libro de J Guitton, I y G. Bogdanov (Dios y la ciencia, 1996).
Finalmente, algunos autores han relacionado la física con otras
espiritualidades, como el ya mencionado F. Kapra (El tao de la física,
1979) o M. Talbot (Misticismo y física moderna, 1980).
La divulgación de la física en España

Durante los primeros años del siglo XX,
destacan dos figuras notables que dedican un esfuerzo considerable a esta
labor: se trata de Josep Comas i Solà, astrónomo, director del Observatorio
Fabra de Barcelona y a quien se deben bastantes descubrimientos de interés, que
mediante su participación en la prensa barcelonesa de la época logra suscitar
una atención considerable en sus conciudadanos, y en Cataluña en general, donde
aparecerán sociedades astronómicas, entre las cuales destaca la de Sabadell. En
Madrid, el matemático, físico e ingeniero de caminos José Echegaray, que
también recibió el premio Nobel de Literatura en 1902, publicó numerosos
artículos sobre temas físicos.
Después, esta tradición divulgativa parece
truncarse, en tanto que se aumenta, en cambio, el interés por potenciar el
desarrollo de la investigación científica. El Institut d’Estudis Catalans en
Barcelona y la Junta de Ampliación de Estudios en Madrid convocan becas de
investigación en el extranjero e invitan a científicos de prestigio, entre los cuales
destaca Einstein, cuya visita a ambas ciudades en 1923 fue seguida con notable
interés por la prensa.
La tradición editorial de Barcelona se
refleja también en la divulgación. Hacia 1920 es fundada la revista Ibérica por
los jesuitas, fundadores y responsables de dos iniciativas científicas tan
influyentes como el Instituto Químico de Sarriá y el Observatorio del Ebro. Más
o menos en la misma época es fundada en Barcelona la editorial Labor, que
durante unos setenta años realizará una importantísima tarea de publicación de
libros científicos, técnicos y divulgativos.
La Guerra Civil truncará la mayoría de las
iniciativas culturales españolas, durante un período bastante largo. No
obstante, de forma ocasional, algunos autores, como M. Masriera, hablarán de
las novedades de la física desde sus colaboraciones en La Vanguardia.
Poco a poco irán surgiendo y multiplicándose las editoriales interesadas en
divulgación, aunque buena parte de esta tarea irá más bien enfocada hacia las
ciencias naturales. En Barcelona, además de la ya mencionada Labor, destacan
Tusquets (con la colección Metatemas), Ariel, Crítica (actualmente del grupo
Planeta), Plaza Janés, Gedisa, Omega, Kairós y Prensa científica, en
castellano; Rubes Editorial en castellano y catalán, y Edicions 62 y Pòrtic en
catalán. En Madrid, Alianza Editorial, Espasa Calpe y Debate. En lo que
respecta a la producción de colecciones para la distribución en quioscos, Orbis
y RBA. No debemos olvidar las editoriales vinculadas a las universidades,
alguna de las cuales (Complutense de Madrid, por ejemplo, publican colecciones
de divulgación). En lo que respecta a las revistas, en Barcelona, son
traducidas Scientific American (Investigación y ciencia) y La
Recherche (Mundo científico), mientras aparecen en catalán la
revista Ciència (cuya aparición ha quedado truncada en dos ocasiones) y
la Revista de Física, de la Societat Catalana de Física. En Madrid, son
publicadas Muy Interesante y otras revistas dedicadas a un público muy
amplio y, más especializada, la Revista Española de
Física, de la real Sociedad Española de Física. En Valencia, destaca la
publicación reciente, en catalán, de la revista Mètode y la editorial
Bromera, con una colección de divulgación, también en catalán.
La mayoría de obras de divulgación publicadas
en España corresponden a traducciones. No obstante, hacia principios de 1980,
alcanzada ya una cierta masa crítica en el número de investigadores, una serie
de investigadores o de personas con elevada formación científica empiezan a
colaborar en la prensa y a publicar libros. El suplemento de Ciencia y
Tecnología de La Vanguardia, por ejemplo, ejerció un importantísimo
papel movilizador en esta dirección, en lo que se refiere, al menos, a
Cataluña. Destacaremos a continuación algunos autores.
J. Wagensberg
(Ideas sobre la complejidad del mundo, 1985; Ideas para la
imaginación impura, 1999), D. Jou y M. Baig (La naturaleza y el paisaje,
1993), E. Battaner (La física de las noches estrelladas), C. Sánchez del
Río (Desarrollo de los conceptos y de las teorías físicas), F.J.
Ynduráin (Electrones, neutrinos y quarks), J.M. Sánchez Ron (El
origen y el desarrollo de la relatividad, 1983; Historia de la física
cuántica, 2000), L. Navarro Veguillas (Einstein, científico y rebelde),
C. Pajares, Fernández Rañada, R. Alemán (Grandes metáforas de la física,
1998; Tras los secretos del universo, 2001). También ha habido obras
dedicadas a la relación entre física y teología como Fernández Rañada (Físicos
y Dios), M. García Doncel, u obras de pensadores procedentes de otros
campos pero con un interés notable por algunos aspectos de la física, como el
filósofo J. Ferrater Mora (De la materia a la razón), o el historiador
de la medicina y académico P. Laín Entralgo (Cuerpo y alma, 1991). Desgraciadamente,
la bibliografía producida por nuestros científicos no ha ejercido casi nunca
una influencia internacional de alcance mundial, ya que casi ninguna obra ha
sido traducida a otras lenguas.
Conclusiones
Esta breve
síntesis sobre la divulgación de la física ha dejado en la penumbra las
aportaciones de los periodistas, limitación de la que ya he advertido en la
introducción de este ensayo. Creo que sería muy interesante profundizar en el
análisis de la interacción entre científicos y periodistas. En concreto, se
podría explorar hasta qué grado los científicos han participado directamente en
la prensa o, por el contrario, han dejado a los periodistas la labor de
divulgación. Se debería ponderar cuál ha sido el interés de los periodistas por
tener una relación directa con los científicos para transmitir al público
información de primera mano, dar a conocer su labor, y estimular las vocaciones
científicas en los jóvenes. Se podría estudiar qué resonancia tuvieron en la
prensa los descubrimientos que hemos ido mencionando. Sería ilustrativo
analizar cómo recibió la crítica la aparición de libros de divulgación y
rastrear su influencia en los escritos de los pensadores contemporáneos. De
hecho, en el último cuarto de siglo se ha vivido una explosión de la
divulgación realizada por científicos, superando así la desconfianza que
anteriormente muchos de ellos sentían hacia la divulgación. Han contribuido a
ello los grandes éxitos de ventas de algunos títulos, que han estimulado a las
editoriales a invertir y promocionar colecciones de divulgación.
Un segundo aspecto a considerar sería la
influencia de los medios audiovisuales en la divulgación. Estos medios
requieren para el científico una dedicación muy superior a la de un artículo o
un libro de divulgación, y puede contribuir a alejar a los científicos del
mundo de la divulgación, si bien, por el contrario, puede acercar al público.
Aún en el caso de que el científico se sienta atraído por participar en la
divulgación, el medio expresivo basado en la imagen supone una dinámica a la
cual el investigador no está acostumbrado.
En tercer lugar, cabe reflexionar sobre el
papel que las redes informáticas de comunicación están jugando en la
divulgación. Los periodistas pueden acudir directamente a ellas, sin necesidad
de trato personal con el científico, lo que puede tener ventajas e
inconvenientes. Entre las primeras, la mayor disponibilidad de información;
entre los segundos, la falta de una relación directa que permita una discusión
detallada de las dudas que surgen en la interpretación de las informaciones, o
en la ampliación de las mismas.
Sería interesante, finalmente, seguir el
rastro de las ideas científicas en la ciencia ficción y en la literatura, que
permiten evaluar hasta qué punto el imaginario de una época se ha ido
impregnando, desde la sorpresa a la naturalidad, del espíritu científico. En
definitiva, me interesa no ocultar las limitaciones de este breve ensayo; creo
que el deseo de superarlas suscita numerosas cuestiones que podrían dar pie a
investigaciones más profundas sobre la actividad de la divulgación científica.
Bibliografía
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Madrid, 1970.
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de la física, Salvat Editores, 1986.
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Alianza editorial, Madrid, 1983.
R. Feyman y S. Weinberg: Las partículas
elementales y las leyes de la física, 1991.
J.
Gleick: Caos. El
nacimiento de una nueva ciencia, Madrid, 1990.
S. Hawking: Breve historia del
tiempo, Crítica, Barcelona, 1988.
T.S. Khun: La estructura de las
revoluciones científicas, Fondo de cultura económica, México, 1971.
B. Mandelbrot: La geometría fractal de
la naturaleza, Metatemas, Busquets, 1999.
R. Penrose: La nueva mente del
emperador, Mondadori, Madrid, 1992.
I. Prigogine y I. Stengers: La nueva
alianza, Alianza editorial, Madrid, 1983.
E. Schrödinger: ¿Qué es la vida?,
Metatemas, Tusquets, Barcelona, 1980.
S. Weinberg: Los tres primeros minutos
del universo, Alianza editorial, Madrid, 1977.
© 2010
Javier de Lucas