cuantica de bucles

ABUSO
DEL INFINITO
El concepto
de infinito es un arma peligrosa en algunos razonamientos matemáticos, por lo
que no es de extrañar que en ocasiones se haga un mal uso de ella. Se puede decir que el descubridor del poder del infinito
fue Zenón, que cuando era discípulo de Parménides de Elea intentó dar
sólidos fundamentos a la teoría ontológica de su maestro. (Además de esta
teoría, Parménides explicó las fases de la Luna y también otros fenómenos astronómicos, por lo que está
considerado como uno de los primeros cosmólogos importantes). Para Zenón
resultó problemático el hecho de que la teoría de Parménides era muy audaz:
según dicha teoría no debía existir movimiento alguno, y todas las percepciones
de movimiento tenían que ser meras ilusiones. En defensa de estas ideas, Zenón
aportó varios argumentos que, según la formulación actual, se basan todos ellos
en el concepto de infinitud. Así ideó, por ejemplo, una carrera en la que
competían Aquiles y una tortuga: como deportista honrado que es, Aquiles le da
una ventaja a la débil tortuga. Tras la salida Aquiles llega rápidamente al
punto de partida de la tortuga, pero esta entretanto ya ha avanzado un trecho.
Aquiles necesita un tiempo determinado para llegar también hasta ese punto,
pero para entonces la tortuga ha avanzado de nuevo. Esto se repite innumerables
veces, y Aquiles nunca alcanza a la tortuga. Pero si, al contrario de lo que
sería de esperar, el veloz Aquiles no puede alcanzar a la lenta tortuga,
entonces el movimiento es pura ilusión.
Zenón intenta así tendernos una trampa.
Aquiles alcanzará a la tortuga en un tiempo determinado; por supuesto, Zenón lo
sabe, porque seguramente ha presenciado competiciones, o ha competido él mismo.
(Quizá tenía tan poca deportividad que deseaba vengarse simbólicamente por
alguna derrota que hubiera sufrido). Lo que hace es dividir el tiempo que
transcurre entre la salida y el momento del alcance en un número infinito de
pequeños intervalos y modifica de manera arbitraria, pero solo mentalmente, el
flujo del tiempo. En vez de dejar que el tiempo transcurra como es habitual,
salta de cada intervalo al siguiente. Como los intervalos son cada vez más
cortos, en su razonamiento el tiempo transcurre de una manera inusual; en
comparación con nuestro tiempo, el suyo transcurrirá cada vez más lento. De
este modo transfiere un espacio de tiempo finito (el que tarda Aquiles en
alcanzar a la tortuga) a otro infinito. Hablando en términos matemáticos, lo
que hace es una transformación de coordenadas en las que el tiempo finito del
alcance se convierte en un valor infinito del tiempo nuevo. Entonces su
razonamiento tiene lugar en ese tiempo nuevo en el que el valor infinito nunca
se alcanza realmente. Zenón pasa por alto, o quiere inducirnos a que ignoremos,
que en nuestra percepción real de la carrera el tiempo inicial es el factor
decisivo para que el alcance se produzca en un tiempo finito.
El concepto
de infinito es peligroso, pero demasiado atractivo para que no estemos tentados
de utilizarlo una y otra vez. Especialmente en momentos de desesperación zenónica (situaciones en las que
aparentemente se intenta en vano, y en contra de las propias convicciones,
aportar una prueba) se hace un mal uso reiterado del infinito, sobre todo en la
física. Se han aportado razonamientos parecidos, por ejemplo, en relación con
nuestro principal problema: el de las singularidades en la teoría de la relatividad
general. Muchos de los argumentos presentados pueden reducirse a una
transformación del tiempo en la que el intervalo de tiempo finito que
transcurre entre la singularidad del big bang y el momento actual se reproduce
como un intervalo infinito. Considerándolo en este intervalo, el big bang tuvo
lugar hace una cantidad infinita de tiempo, y con ello en ningún instante que
se pueda expresar mediante un valor finito del tiempo, es decir, nunca.
Naturalmente, aquí se pasa por alto el hecho de que no es decisivo el nuevo
tiempo, que solo tiene un papel matemático en todo esto, sino el tiempo físico
que nosotros percibimos (llamado también tiempo propio). Un astronauta que se
precipite al interior de un agujero negro no sentirá mayor consuelo al pensar que
el escaso tiempo de vida finito que le queda se puede convertir en un intervalo
infinito.
SOBRE
HIPÓTESIS Y TEORÍAS
A pesar de
todos los intentos por evitarlo, las matemáticas son imprescindibles en la
física. Según la categoría de los enunciados matemáticos, hay que distinguir
aquí entre hipótesis y teorías. Las hipótesis son de carácter especulativo y se
plantean sobre todo al inicio de la investigación de alguna cuestión nueva y
cuando se va a construir una teoría. En cambio, las teorías, a diferencia del
sentido que se le da a la palabra en el lenguaje coloquial, tienen un grado de
madurez mucho mayor y se apoyan en numerosas pruebas independientes que
demuestran su coherencia, así como en una
gran cantidad de observaciones, en el mejor de los casos. Las teorías son el
fundamento de la física, y con ellas se ordena sistemáticamente la gran
variedad de observaciones realizadas, se explican los fenómenos mediante
imágenes físicas, como, por ejemplo, el universo en expansión, o incluso se
realizan nuevas predicciones. Los
enunciados más importantes de las teorías ya establecidas reciben a menudo
un título de nobleza al ser declaradas «leyes de la naturaleza». Esto no significa que dichas leyes, y las teorías que
contienen, vayan a ser válidas para toda la eternidad, ya que siempre
surgirán en algún momento nuevas observaciones que no puedan ser explicadas
mediante las teorías ya existentes. Pero las teorías eficaces explican una gran
parte de las observaciones ya realizadas y, por lo tanto, son imprescindibles
para normalizar los fenómenos físicos conocidos.
También aquí
son las matemáticas las que dentro de la física elevan el concepto de teoría a
un nivel mucho más alto que el que les asigna el lenguaje coloquial. Las
teorías se basan en principios sencillos que los físicos experimentados
reconocen inmediatamente y de los que es posible deducir, a menudo mediante
largos cálculos, unos enunciados que resultan mucho menos triviales. Estos
enunciados, al contrario que los principios básicos, pueden ser sometidos
posteriormente a pruebas experimentales. Si
estas se superan con éxito, la teoría queda demostrada; si no es así, pronto
cae en el olvido. En este sentido, la teoría de la relatividad especial y la
teoría de la relatividad general son realmente auténticas teorías.
En cambio,
con respecto a las hipótesis se tiene mucha menos certeza, y a menudo estas
todavía han de ser elaboradas sistemáticamente hasta construir una teoría,
salvo que en algún momento del proceso tengan que ser descartadas. Un ejemplo
histórico de esto es el que su propio autor, Einstein, denominó hipótesis de
las partículas de luz. En aquellos tiempos, hacia 1905, la estructura atómica
de la materia no estaba explicada en absoluto, y el hecho de suponer la
existencia de un fotón como partícula de la luz pudo parecer a muchos
descabellado. Pero de dicha hipótesis
pudo Einstein deducir la fórmula de Planck para la radiación térmica, lo cual
fue un éxito notable; sin embargo, fue necesario asegurar la propia hipótesis
mediante otros fundamentos. En un momento histórico posterior surgió a partir
de esta hipótesis una teoría que desembocó en la electrodinámica cuántica
moderna como teoría de los fotones y su interacción con la materia dotada de
carga eléctrica.
Lo que hoy
día se discute bajo la denominación de gravitación cuántica no es aún una
teoría en sentido estricto, a pesar de que en repetidas ocasiones se hayan
podido llevar a cabo muchas pruebas matemáticas independientes. En todos los
casos falta la definitiva comprobación de la coherencia total, y todavía no se
dispone de una sola observación que corrobore esta teoría. (Tampoco existen
observaciones que la contradigan claramente). Sin embargo, estas construcciones
mentales son algo más que meras hipótesis, y por eso, y con el fin de simplificar
el lenguaje, se opta a menudo por denominarlas teorías, y a veces, de una
manera menos contundente, se habla de teoría marco: el contorno tiene trazos
definidos, pero en el interior queda mucho por rellenar. Todo lo que se ha
hecho hasta ahora en el campo de la gravitación cuántica se sitúa, en cuanto a
formulación científica, en algún lugar entre la hipótesis y la teoría completa,
por lo que ha de ser considerado como meramente especulativo. Solo futuras
observaciones podrán cambiar esta situación.
GRAVITACIÓN CUÁNTICA DE BUCLES
La gravitación cuántica de bucles aplica la teoría cuántica directamente
al espacio y al tiempo, y a su complicada interacción mutua. Sin embargo,
también esta teoría requiere unas matemáticas muy avanzadas para su formulación,
aunque tiene la ventaja de que no solo puede investigar las perturbaciones en
un espacio-tiempo dado, sino la propia evolución temporal del espacio-tiempo.
Esta diferencia entre las teorías aparece ilustrada en la figura 1. Además, en
ella el espacio posee exactamente las tres dimensiones (largo, ancho y alto)
que conocemos a través de nuestra propia percepción. (Para ello se renuncia,
por ahora, a la unificación de todas las fuerzas, ya que la gravitación se
considera, y con razón, la más importante).
Por lo tanto, se combinan así de manera directa los conceptos
fundamentales de la teoría de la relatividad general y de la teoría cuántica:
el espacio-tiempo y la función de onda. Una descripción teórico-cuántica de la
interacción entre el espacio y el tiempo requiere una especie de «función de
onda de las distancias». No solo son difusas la posición espacial y la
velocidad de partículas materiales, por ejemplo un electrón, como sucede en la
mecánica cuántica, sino que fluctúan incluso las dimensiones geométricas del
escenario en el que un electrón se mueve. En cosmología, este escenario es todo
el universo, cuyo volumen está sometido a la misma falta de precisión o nitidez
que es propia de la teoría cuántica y que, como se sabe, afecta a la materia.
Sin embargo, el universo se expande de manera homogénea en el tiempo; si se
pudiera observar con detenimiento, se constataría la existencia de pequeñas
oscilaciones. Además pueden aparecer saltos cuánticos, como en las energías de
los átomos y las moléculas: el universo no cambia de tamaño de forma continua, sino con saltos mínimos, como si
creciera piedra a piedra. El crecimiento se produce aparentemente de
manera continua solo porque estos sillares son muy pequeños, con unas
dimensiones del calibre de la longitud de Planck.

FIGURA 1: Muchas teorías de la gravitación cuántica describen
características del espacio-tiempo mediante objetos unidimensionales, como las
cuerdas de la teoría de cuerdas o los bucles de la gravitación cuántica de
bucles. Pero son muy diferentes en cuanto a sus conceptos y al significado de
los objetos unidimensionales. En la teoría de cuerdas, estas producen
estimulaciones de la materia o de ondas gravitatorias en un espacio-tiempo
dado, tal como se simboliza mediante la piedra blanca de la derecha, en torno a
la cual hay un hilo atado. En cambio, la gravitación cuántica de bucles intenta
construir todo, incluido el propio espacio-tiempo, mediante sus bucles
unidimensionales (izquierda), lo cual la convierte en una empresa mucho
más compleja.
La teoría tuvo su punto de partida en una hábil reformulación de la teoría
de la relatividad general que presentó
Abhay Ashtekar en 1986. Este físico no cambió nada en las soluciones de la
teoría y siguió describiendo siempre los mismos casos del espacio-tiempo tal
como aparecen en la teoría de la relatividad general. Sin embargo, consiguió
simplificar la forma matemática de las ecuaciones de Einstein hasta tal punto
que dichas ecuaciones pudieron tratarse de una manera más directa aplicando una
descripción teórico-cuántica. Las ecuaciones de Einstein normalmente están
formuladas para lo que se llama la métrica del espacio-tiempo, que especifica
en principio longitudes geométricas de curvas en el espacio-tiempo, o sea,
distancias. Pero esta métrica determina también la curvatura del espacio-tiempo
y, con ello, la fuerza de la gravedad.
En cambio, la formulación de Ashtekar se basa
en objetos que son menos evidentes, pero resultan más fáciles de manejar
matemáticamente. Por una parte, no utiliza distancias en el espacio-tiempo,
sino áreas en el espacio. También de este modo se describe la geometría, pero
solo la del espacio y no la del tiempo. En consecuencia, se ha de introducir
otro objeto que sea independiente de las áreas. Ya hemos visto que en un
espacio-tiempo curvo, al realizar un movimiento a lo largo de una curva dada,
la dirección debe ir cambiando, cosa que sabemos porque sucede lo mismo sobre
la superficie de una esfera en el espacio tridimensional. El segundo objeto,
llamado conexión de Ashtekar, está vinculado con esas variaciones angulares,
tal como las produce la curvatura del espacio-tiempo. Como señaló Ashtekar,
basándose en trabajos de Amitabha Sen, estos dos tipos de objetos describen
completamente la geometría de un espacio-tiempo curvo.
Esta reformulación presenta la forma de una
unificación, aunque no de la forma en que se realiza en la teoría de cuerdas.
En cierto modo, es una unificación matemática y no física: no es que fuerzas
distintas se remitan a un único principio, sino que se ajusta recíprocamente la
descripción matemática de las fuerzas. Las demás fuerzas, la electromagnética y
las nucleares débil y fuerte, se basan asimismo en objetos que describen variaciones angulares. Desde luego no se trata
de ángulos en el espacio físico como aparecen en la formulación que hizo
Ashtekar para la teoría de la relatividad general, sino de ángulos definidos en
espacios matemáticos abstractos. Sin embargo, esto no tiene mayor relevancia
desde un punto de vista matemático, y pueden aplicarse también a la gravitación
gran número de métodos y teorías, como los obtenidos, por ejemplo, en la
electrodinámica cuántica (la teoría cuántica del campo electromagnético). No
obstante, quedan aún importantes particularidades de la teoría de la relatividad
que requieren un amplio desarrollo de las matemáticas antes de que se pueda
conseguir una versión completa de la teoría cuántica de la gravitación.
El primer paso para llevar la formulación
realizada por Ashtekar en la teoría de la relatividad general a una teoría
cuántica de la gravitación lo dieron Carlo Rovelli y Lee Smolin poco tiempo
después, concretamente en 1990. De hecho, lo que hicieron fue utilizar la
similitud de los objetos de Ashtekar con importantes magnitudes del
electromagnetismo para formular una primera versión de la gravitación cuántica
de bucles. (Una formulación parecida, no de la gravitación, sino del
electromagnetismo, había sido realizada ya con anterioridad por Rodolfo Gambini
y Antoni Trias, pero Rovelli y Smolin en un principio no la conocían). Esto
explica también el nombre de la teoría: la conexión de Ashtekar señalaba
ciertamente variaciones angulares a lo largo de las curvas, y Rovelli y Smolin
basaron su teoría cuántica en la variación angular total que se obtiene a lo largo
de una curva cerrada, es decir, de un bucle. Matemáticamente, esta variación
angular recibe el nombre de holonomía y, junto con las áreas, presenta el mismo
carácter difuso de tipo teórico-cuántico que se atribuye en la mecánica
cuántica a la posición y la velocidad.
Estos bucles llevan directamente a una imagen
discreta de la geometría del espacio, como ya se había sugerido, y aparecía a
menudo, en las teorías de la gravitación cuántica: cuando se construye como espacio
a partir de los bucles una especie de enrejado, surgen distancias espaciales,
áreas planas y volúmenes. Si se añade uno de los bucles elementales a un
espacio discreto ya existente, las áreas formadas en los planos por
intersección con los bucles varían en una proporción mínima, como se ve en la
figura 2. El volumen del espacio experimenta una variación de un salto cuántico
cuando nuevos bucles añadidos forman intersecciones con los ya existentes. Los
bucles son como átomos de espacio que dotan al mismo de elementos geométricos
tales como longitudes, áreas planas y volúmenes. Esta idea es totalmente
distinta de la que nos hacemos en la teoría de la relatividad general: el paño
del espacio-tiempo no es de goma, sino que está tejido con hilos. (Antes de la
llegada de la gravitación cuántica de bucles, esta imagen tan finamente
estructurada, extrapolada al espacio-tiempo, fue bautizada por John Wheeler con
el nombre de «espuma del espacio-tiempo»).

FIGURA 2: Un bucle produce un área plana cuando
intersecciona con un plano. Cuando hay varios bucles superpuestos, el área
plana aumenta proporcionalmente.
De todos modos, esto es
una visualización de objetos matemáticos, y no una imagen que pueda percibirse
directamente: allí donde no hay bucle alguno, no hay nada. Son los bucles los
que forman el espacio en el que podría propagarse la luz para darnos noticia de
la existencia de átomos de espacio. Ni con el microscopio más potente
conseguiríamos ver un solo bucle, ya que ninguna señal podría viajar por el
vacío que lo rodea. No obstante, cabe la posibilidad de indicios indirectos
basados en fenómenos que se producen a mayores escalas, como veremos en el
capítulo siguiente.
Se
puede pensar en la totalidad del espacio como algo que se ha constituido al
introducirle bucles de uno en uno. Por supuesto, aquí es preciso partir de un
estado inicial, o se llegará a él irremediablemente al rebobinar el juego hacia
atrás retirando los bucles de uno en uno. Al final únicamente puede quedar un
objeto, cuando ya no hay ni un solo bucle. ¿Qué estado es este? No se puede
hablar de espacio vacío tal como este se conoce en otros campos de la física, o
como existe en el cosmos, por ejemplo, en una muy buena aproximación, ya que un
espacio vacío no contiene materia, pero sigue teniendo espacio, es decir,
extensión y volumen. Entre las galaxias del universo no hay mucha materia, pero
sin embargo hay algo: un espacio inmenso. En la gravitación cuántica de bucles,
todo volumen, grande o pequeño, se constituye mediante bucles; si se suprimen
todos, no queda volumen. En un estado en el que faltan los bucles de la
gravitación cuántica no existen ni el espacio, ni el volumen. El vacío de la
gravitación cuántica de bucles es un vacío inimaginable: nada de ruido, ni de
luz, ni de materia, ni de espacio; y solo el tiempo como último rayo de
esperanza para huir de tal desierto.
Aquí
se vislumbra por primera vez cómo la gravitación cuántica de bucles podría dar
alguna información sobre el big bang, ya que en la teoría de la relatividad
general esta singularidad del big bang es también un estado de ausencia de
volumen (pero con una densidad de energía de la materia infinitamente elevada).
Para comprender esto, no basta con retirar los bucles a mano uno por uno, sino
que es preciso investigar cómo la dinámica del espacio-tiempo cuantizado
produce esto por sí misma: del mismo modo que la teoría de la relatividad
general describe la expansión del universo en el espacio-tiempo como solución
de las ecuaciones de Einstein, así hay
en la gravitación cuántica de bucles unas ecuaciones de naturaleza discreta que
describen la aparición y desaparición dinámicas de los bucles. Partiendo de una
configuración inicial y de la función de onda teórico-cuántica correspondiente
a dicha configuración, se establece la posterior evolución a lo largo del
tiempo mediante sucesivas aportaciones o retiradas de bucles. Estas ecuaciones
ya fueron formuladas por Rovelli y Smolin, pero las primeras que se formularon
de modo que fueran aplicables son las de Thomas Thiemann, aparecidas en
1996.Thiemann aprovechó la existencia de unas técnicas matemáticas más potentes
que habían desarrollado Ashtekar, el propio Thiemann y otros, sobre todo Jurek
Lewandowski, Don Marolf y José Mourão, tras los primeros éxitos de Rovelli y
Smolin. Durante la década posterior a 1996 se ha continuado con el desarrollo
de estos fundamentos matemáticos, una tarea a la que se ha dado una importancia
considerable.
En
diversos trabajos de Ashtekar, Chris Isham y Lewandowski se presentaron a
principios de la década de 1990, en el marco de la gravitación cuántica de
bucles, unas acertadas reglas de cuantización que dependen de los planos y
ángulos de Ashtekar. En concreto, estas reglas mantienen el carácter difuso
propio de la mecánica cuántica. En aquel momento no se sabía si podría haber
otras formas de reglas de este tipo que hubieran podido conducir a otras
teorías cuánticas totalmente diferentes. Dicho de otro modo, la cuestión de la
univocidad matemática de la teoría no estaba todavía clara, en contraposición
con la teoría de cuerdas. Otras reglas de cuantización darían otras
predicciones. En principio sería posible seleccionar las correctas por
comparación con las observaciones, pero estas todavía no existen en el caso de
la gravitación cuántica. Ante la amenaza que plantea la posible existencia de
cuantizaciones muy diferentes, podrían ponerse seriamente en duda la utilidad y
la predecibilidad de la gravitación cuántica de bucles.
Sin
embargo, años después, en torno a 2000, Hanno Sahlmann, que entonces era
todavía discípulo de Thiemann en el Instituto Max Planck de Física Gravitatoria
de Potsdam, afirmó que también para las reglas de cuantización de la
gravitación cuántica de bucles se puede demostrar matemáticamente con rigor la
univocidad, de una manera parecida a como se hace en la teoría de cuerdas. La
realización precisa de la prueba tardó un poco más, pero fue publicada
finalmente en 2005 por Sahlmann, junto con Lewandowski, Andrzej Okotow y
Thiemann, y de manera independiente también por Christian Fleischhack.
(Ashtekar llamó en broma a esta conclusión el resultado LOST: este nombre viene
dado por las iniciales de los autores en orden alfabético, y su significado en
inglés se refiere a la posible pérdida que suponen los años transcurridos hasta
la publicación).
Aunque
esta univocidad aún no se conocía en 1996, la introducción de las ecuaciones de
Thiemann representó un paso importante en la investigación de la teoría. En
principio tendría que ser posible la utilización de las ecuaciones para, a
partir de un conjunto dado de bucles, calcular retrospectivamente sus
condiciones iniciales. Si esto se consiguiera, se podría comprender el universo
en un estado en el que no habría bucles, como en la singularidad del big bang.
O quizá las ecuaciones de la gravitación cuántica de bucles presenten
diferencias con respecto a las de la teoría de la relatividad general con las
densidades de energía extremadamente elevadas del universo primigenio, lo cual
podría evitar totalmente el estado de desaparición de cualquier volumen, y con
ello la singularidad.
El
planteamiento de ecuaciones adecuadas, configuradas para ser matemáticamente
manejables, supuso un avance importante. Esto fue aún más sorprendente ya que
no solo en la gravitación cuántica de bucles, sino también mucho antes, en la
década de 1960, con formas más sencillas de la gravitación cuántica, se habían
realizado numerosos intentos fallidos de plantear ecuaciones para la evolución
de un universo cuántico a lo largo del tiempo. Inicialmente lo habían intentado
John Wheeler y Bryce DeWitt, y posteriormente otros investigadores, como
Stephen Hawking. Al principio el ambiente fue extremadamente optimista, casi
eufórico, después de que Thiemann hubiera presentado por primera vez sus
ecuaciones. Poco después se celebró un congreso organizado por Lewandowski en
el Instituto Banach de Varsovia, y allí la opinión predominante fue que se
podría dar respuesta a todas las preguntas fundamentales relativas al cosmos,
ya que se conocían las ecuaciones que lo gobernaban. Desgraciadamente, la complejidad de las ecuaciones no tardó en
apagar la euforia inicial, y por ahora no se conoce ninguna solución exacta o
al menos numérica que pueda describir el universo.
Además,
las ecuaciones no están establecidas de manera unívoca, y sigue sin aclararse
cuál será su forma definitiva. Sin embargo, se conocen varias propiedades que
se basan en las reglas unívocas de cuantización y, frente a este tipo de
ecuaciones, apuntan hacia otras en el marco de la física de la gravedad, aunque
algunos términos se encuentran afectados por parámetros que todavía están por
determinar. A diferencia de lo que sucede en la teoría de cuerdas, con lo que
se sabe hasta ahora aquí no se dispone en absoluto de una dinámica unívoca, a
pesar de que sí son unívocas las reglas de cuantización en que se basa todo.
Por ejemplo, aunque están ya prefijados los valores discretos que determinan
los peldaños de la escala de volumen, el universo en expansión puede ascender
de maneras diferentes y con distintas velocidades. No obstante, la gravitación
cuántica de bucles ofrece una gran ventaja: en el marco de esta teoría se
pueden determinar algunas de las características del universo en el big bang,
aunque haya que hacerlo con aproximaciones y modelos, en vez de disponer de
soluciones exactas. Aunque la construcción inicial de Thiemann ha cambiado
varias veces desde entonces, y seguirá haciéndolo en un proceso que deja clara
la dificultad con que se desarrolla la gravitación cuántica, dicha construcción
desempeña un papel decisivo en la aplicación de la teoría a cuestiones
cosmológicas y, en especial, al problema de la singularidad.

FIGURA 3: Vista de un ovillo que determina a modo de ejemplo el espacio-tiempo mediante sus conexiones y sus estímulos geométrico-cuánticos. Cuanto más denso sea el ovillo, más continuo parece el espacio. Las distintas gradaciones de tonos grises indican el estado de excitación de cada bucle.
La
cosmología cuántica de bucles
Un gran espacio como el universo
actual contiene innumerables bucles, ya que cada uno de ellos aporta un valor
diminuto al volumen total. Además, los bucles pueden formar intersecciones de
unos con otros o superponerse. Incluso aquellos que no hacen nada de esto
suelen estar enredados formando un ovillo, como puede verse en la figura 3.
Cuando se observa de lejos, la textura de este ovillo puede parecer tan fina
como la de un espacio continuo, que era lo que se había supuesto en la teoría
de la relatividad general. Pero, hablando en sentido estricto, la imagen de un
universo versátil cuya estructura a pequeña escala se representa mejor mediante
un tejido discreto que como un espacio-tiempo liso sustituye a la imagen de una
membrana de goma, que es la que se propone en la teoría de la relatividad
general. La variación mínima de volumen se da mediante la longitud de Planck,
por lo que es pequeñísima. Un único salto cuántico es imperceptible en el
comportamiento de un gran universo. Especial importancia tiene la estructura de
tejido tanto en las distancias pequeñas como en el universo primigenio. En este
caso, el universo es tan pequeño que una variación continua del volumen resulta
muy diferente de un salto cuántico. La expansión del universo se producía
entonces de una manera totalmente diferente a lo que se había esperado en la
teoría de la relatividad general: las correcciones cuánticas en las ecuaciones
de Einstein son necesarias.
El
problema de la singularidad había surgido como consecuencia de la idea de
continuidad, y ahora la gravitación cuántica pone de manifiesto en este aspecto
unas grandes diferencias con respecto a la teoría clásica. ¿Significa esto que
estamos ante una solución del problema de la singularidad? ¿Podrá quizá la
gravitación cuántica de bucles evitarle una singularidad al universo, del mismo
modo que la mecánica cuántica estabiliza el átomo de hidrógeno? En principio
parece problemática una aplicación directa de la gravitación cuántica de bucles
al problema de la singularidad tal como se presenta, por ejemplo, con las
soluciones cosmológicas de la teoría de la relatividad general. Al fin y al
cabo la dinámica de los bucles es tan compleja que hasta la fecha no se ha
hallado ninguna solución exacta y no se puede contar con ella seriamente para
un futuro inmediato. Asimismo, un análisis matemático de las ecuaciones sin
conocer una solución explícita encontraría múltiples dificultades. Pero este
problema no surge solo en la gravitación cuántica, porque tampoco las
ecuaciones de Einstein de la teoría de la relatividad general son fáciles de
resolver; y, sin embargo, conocemos algunas de sus propiedades generales. El
ejemplo más importante es precisamente el problema de las singularidades, según
el cual todas las soluciones, y no solo las conocidas explícitamente, bajo ciertas
condiciones (por ejemplo, las relativas a la forma de la materia) deben
desembocar en una singularidad o partir de ella.
Únicamente
en situaciones especiales, que suelen ser muy simétricas, se pueden obtener
soluciones exactas para una teoría tan compleja como la de la relatividad
general. A este respecto, en la cosmología se presupone en la mayoría de los
casos la existencia de homogeneidad e isotropía. Cuando se prescinde de
particularidades tales como planetas, estrellas o galaxias completas, a escalas
muy grandes el universo no presenta características que dependan de la
posición. Esto ha quedado claramente demostrado con la cartografía completa de
las galaxias, como la SDSS, que describiré con detalle más adelante. Asimismo,
el universo a gran escala presenta el mismo aspecto con independencia de la
dirección en que se mire. Por consiguiente, se puede describir la expansión en
su conjunto mediante una solución simplificada, en la que solo se considera la
variación de volumen a lo largo del tiempo. El hecho de renunciar a muchos
detalles nos lleva entonces a una enorme simplificación de las ecuaciones, ya
que solo hay que encontrar una función temporal en vez de manejar muchas
funciones, cuyos comportamientos tendrían una fuerte dependencia mutua. En
tales casos, se conocen numerosas soluciones que se utilizan también
ampliamente para la valoración de observaciones cosmológicas. El hecho de que
la limitación a soluciones simétricas tampoco sea muy estricta para problemas
conceptuales pone de manifiesto la cuestión que nos interesa fundamentalmente:
incluso con esta simplificación, sigue surgiendo el problema de las
singularidades. El volumen de una solución homogénea e isotrópica es nulo para
un valor del tiempo en el que la teoría falla.
La
gravitación cuántica de bucles es aún más compleja que la teoría de la
relatividad general; teniendo en cuenta esto, no es de esperar que se pueda
renunciar a unas simplificaciones similares. Si se pudieran detallar las
soluciones altamente simétricas de la gravitación cuántica, sería posible
también examinar el problema de las singularidades, ya que incluso estas
sencillas soluciones clásicas llevan a la teoría de la relatividad general a
fallar en un momento dado. Pero ¿cómo pueden llevarse a cabo estas simplificaciones?
Un procedimiento de este tipo parece evidente cuando se exige la simetría para
una membrana lisa de goma, como en el espacio-tiempo de la teoría de la
relatividad general. Ahora bien, ¿qué queda entonces de los bucles de la
gravitación cuántica de bucles? En principio el tejido debería tener un aspecto
más claro, como en la figura 4 comparada con la 3. Pero tampoco un enrejado tan
regular resulta homogéneo, ya que las líneas de la trama se diferencian de la
nada que hay entre ellas. El ovillo espacial determinado por las líneas de la
trama quedaría totalmente difuminado con unas exigencias de simetría tan
rigurosas como las impuestas por la homogeneidad. Sería de temer que no se
mantuviera ninguna de las características de la gravitación cuántica basadas en
la estructura de enrejado.

FIGURA 4: Un enrejado regular del
espacio-tiempo.
Afortunadamente, se pone
de manifiesto que, a pesar de todo, las características más importantes se mantienen
incluso cuando se impone la homogeneidad y la isotropía del espacio. Desde
luego, esta simetría no lleva a la existencia de bucles individuales en el
espacio, pero la variación temporal del estado, y en especial del volumen,
tiene lugar mediante saltos mínimos. Además existe un estado carente de bucles
en el que el volumen desaparece como en la singularidad del big bang. Los
métodos matemáticos desarrollados durante la década de 1990 me permitieron en
el año 2000 no solo formular esas geometrías isotrópicas en la recién bautizada
cosmología cuántica de bucles, sino también analizar la evolución temporal
definida según el modelo de Thiemann.
Con
ello se vio como posible por primera vez realizar una investigación completa
del problema de las singularidades en el marco de la teoría cuántica. Sin
embargo, la aplicación concreta no se ha producido de forma directa, ya que
incluso las ecuaciones que poseen el grado de simetría más elevado que se puede
conseguir siguen pareciendo demasiado complejas. La ocasión llegó de una forma
más bien casual, y de esto puedo dar fe por experiencia propia. Esto es un
ejemplo de cómo pueden actuar las influencias externas en los desarrollos
científicos, que en esas circunstancias se producen de una manera que es de
todo menos rigurosamente lógica, aunque a veces desde fuera pueda parecer lo
contrario.
Después
de que las ecuaciones se simplificaran considerablemente mediante ciertas
hipótesis de simetría, dichas ecuaciones siguieron siendo demasiado
inaccesibles para la realización de un análisis de la evolución
cosmológico-cuántica. Se propuso otra posibilidad de simplificación, pero
resultó ser matemáticamente inviable, y por buenas razones, según pensé
entonces. Se trataba de una cuestión decisiva, pues sin aplicaciones era escaso
el valor de estas ecuaciones. Se planteaba quizá una interesante pregunta
matemática: cómo se podía conseguir la homogeneidad y la isotropía a pesar de
la forma de los bucles, que era todo menos simétrica, pero esto no mostraba aún
el camino hacia nuevos fenómenos físicos. Además se planteaba otra dificultad:
desde la década de 1960 existía ya una teoría de la cosmología cuántica, que
había sido fundada por John Wheeler y Bryce DeWitt, y luego desarrollada por
otros físicos, como Charles Misner y algo más tarde Alexander Vilenkin, James
Hartle y, sobre todo, Stephen Hawking. También Claus Kiefer ha contribuido
mediante una serie de minuciosos trabajos a la comprensión del comportamiento
semiclásico, lo cual es importante para explicar a fondo cómo surgieron las
estructuras en el universo primigenio.
Todo
esto tuvo lugar antes de que surgieran la formulación de Ashtekar y la
gravitación cuántica de bucles, razón por la cual esta forma de la cosmología
cuántica no se basa en un espacio discreto. No estaba en absoluto claro el
aspecto exacto que presentaba el espacio a pequeña escala en esta teoría, ya
que solo era posible exponerla de manera fiable para los espacios homogéneos de
la cosmología, pero no en general. La creencia más extendida a finales del
siglo XX, según los conocimientos de la vieja cosmología cuántica y de la
gravitación cuántica de bucles, era que se trataba de dos páginas de toda una
teoría: para las soluciones carentes de cualquier simetría se tendría la
gravitación cuántica de bucles con su compleja construcción del espacio
mediante sillares discretos; sin embargo, si se difuminara el espacio mediante
la imposición de simetrías, observándolo a escalas mucho mayores que la
extensión de los átomos de espacio, se obtendría la vieja cosmología cuántica.
Un análisis posterior de las ecuaciones simetrizadas de la gravitación cuántica
de bucles habría resultado superfluo, ya que no habría aportado nada nuevo. En
este sentido, los grandes investigadores que entonces llevaban la voz cantante
en la gravitación cuántica de bucles me desaconsejaron varias veces que me
dedicara a continuar la simetrización.
Reproducir
directamente la antigua cosmología cuántica como un caso simétrico especial de
la gravitación cuántica de bucles sería en efecto catastrófico por lo que
respecta al problema de las singularidades. Desde luego, este problema no está
resuelto en la antigua cosmología cuántica: como posible teoría cuántica del
universo, aunque introduce una función de onda y con ello algunas faltas de nitidez
de la teoría cuántica, sus paquetes de ondas se precipitan simplemente en una
singularidad que es comparable con la clásica. Además hay un valor del tiempo
para el cual, sin contar con la inevitable falta de nitidez, el valor del
volumen del universo es cero y la temperatura se dispara al infinito. Como en
el caso de las ecuaciones de Einstein, tampoco las ecuaciones de la antigua
cosmología cuántica pueden controlar esta situación: pierden en ese momento su
validez matemática y nos ocultan de nuevo lo que sucedió en el big bang.
Retrospectivamente,
la explicación de este fracaso es sencilla: aunque la antigua cosmología
cuántica introduce algunos efectos cuánticos, se detiene antes de llegar al
punto decisivo. Pasa por alto la naturaleza discreta del espacio y el tiempo,
como demostrará más tarde la gravitación cuántica de bucles. Con esto, el
comportamiento en las proximidades de una singularidad cambia ligeramente en
comparación con la teoría de la relatividad general, pero no de una manera
decisiva. La cosmología cuántica de bucles es la única teoría que ha podido
poner de manifiesto esta circunstancia y proporcionar un mecanismo físico
concreto para evitar las singularidades.
LA UTILIDAD DE LAS MATEMÁTICAS: UNA ILUSTRACIÓN
La cosmología cuántica de
bucles determina las circunstancias o estados de espacios tridimensionales de
distintos tamaños, es decir, funciones de onda que describen la geometría
habitual de planos y volúmenes de manera cuántica y fluctuante. En general, se
pone de manifiesto que no todos los tamaños del espacio son posibles, sino solo
una cantidad discreta, como sucede con las energías en los espectros atómicos.
Si se amplía el tejido del espacio mediante un nuevo nudo, cambia todo el
volumen en un paso fijo que no puede ser arbitrario. En general, son difíciles
de calcular los valores volumétricos permitidos que puede adoptar una espuma
espacial que fluctúa a escalas tan pequeñas. Incluso las estructuras espaciales
que en las grandes escalas del universo pueden parecer uniformes están, en
última instancia, formadas por átomos, del mismo modo que un cuerpo material
está constituido por los conocidos átomos. Construir un objeto macroscópico, ya
sea un cuerpo sólido o solo una porción de espacio vacío, a partir de átomos
individuales y según una descripción matemática, y garantizar un control exacto
sobre algunas propiedades suyas, como la energía o el volumen, es una empresa
extraordinariamente compleja.
Por
suerte, no siempre es necesario un control total: si lo único que interesa es
el comportamiento a gran escala para conseguir un ejemplo de la expansión
cósmica, surgen unas simplificaciones decisivas. Una vez que estas se han
llevado a cabo, el espectro de todos los volúmenes posibles llega a ser
concreto y calculable con todo detalle. Además, para cada valor del volumen hay
pocos estados, en realidad dos (con independencia del volumen que desaparece en
la singularidad, al que se le atribuye un estado unívoco), estas estructuras,
que son importantes para la cosmología cuántica, se planteó como algo
misterioso, en principio, la razón por la que aparece esta duplicación. Sin
embargo, hay una explicación clara y de amplio alcance: no solo el volumen
define un estado, sino también la orientación; un espacio, y el fiel retrato
del mismo vuelto al revés, son distintos el uno del otro. En un espacio
bidimensional esto puede representarse como un globo que puede ser inflado de
dos maneras hasta un tamaño determinado: con la inversión que lleva su interior
al exterior, o sin ella. Esto concuerda con el hecho de que el volumen que se
minimiza tendiendo a desaparecer puede describirse mediante un estado unívoco,
porque a un espacio que carece totalmente de extensión tampoco puede dársele la
vuelta. En las matemáticas el grado de inversión se denomina orientación del
espacio.
Aún
más complicado que el valor volumétrico permitido es su comportamiento en el
tiempo, es decir, su dinámica: con los valores volumétricos conocemos los
peldaños de la escala según la cual puede crecer el universo, pero ¿cómo escala
realmente? ¿A qué velocidad debe expandirse, y acaso lo hace de forma
acelerada? O, cuando invertimos el curso del tiempo para acercarnos a la
singularidad, ¿cómo escala el universo descendiendo a valores pequeños y
posiblemente hacia su destino fatal? Una vez que alcanzamos el estado unívoco
del volumen mínimo que tiende a desaparecer, chocamos con el suelo de la
singularidad, como cuando utilizamos una escala de cuerda demasiado corta y en
cuanto se deja el peldaño inferior se cae uno en el abismo , de tal modo que el
cero de la singularidad viene a encontrarse en su centro y no en el borde. En
la realidad la orientación se describe mediante un signo que determina si un estado
ha de ser valorado como positivo o como negativo. Por lo tanto, no tenemos dos
escalas diferentes, sino una sola que se estira y pasa por la singularidad.
Se
ve inmediatamente que la evolución temporal del universo se produce en realidad
recorriendo esa larga escala. Asumiendo las condiciones de simetría del
universo a gran escala, se consiguió por fin simplificar también la ecuación
dinámica (la planteada por Thiemann para todos los estados en general) lo
suficiente como para poder resolverla. Esta ecuación posee una forma compacta
(una ecuación de recurrencia), que se ha utilizado, y se utiliza, en muchos
trabajos científicos. En esta fórmula ¥
simboliza el estado del universo (la función de onda) para distintos valores de
n, que indica el número de peldaños, es decir, los valores volumétricos, y
mediante el signo se expresa la orientación. Además aparecen los coeficientes C+,
C0 y C–, cuya forma determina la correcta
cuantización de la fórmula de Einstein, y expresa el contenido de materia del
universo. La fórmula relaciona entre sí los estados que se dan para distintos
tamaños, lo cual describe el crecimiento mecánico-cuántico del universo: la
ecuación puede resolverse de manera sucesiva para , que es el valor
correspondiente al peldaño número n+1, y luego retroceder a los dos peldaños
anteriores n y n–1. Siendo n cualquier número entero, se obtiene el estado para
todo valor de n, simplemente con que se den previamente los valores iniciales
para dos peldaños determinados. Como muestran las soluciones generales de la
ecuación, el crecimiento no se detiene cuando n toma el valor cero
correspondiente a la singularidad. Las que llegan a su fin en la singularidad
son únicamente las ecuaciones clásicas de la gravitación; la cosmología
cuántica sigue viva. El espacio, que permanece incólume, puede replegarse sobre
sí mismo y seguir su camino ágil y versátil.

FIGURA 5: Dos lados del espacio que
en muchos aspectos se comportan como imágenes especulares o inversiones del uno
en el otro. (Universo positivo, 2002-2006, fotografía, 180×120 cm; Universo
negativo, 2002-2004, poliestireno, lentes negras, 180×100×80 cm
más
El universo es como un corredor de fondo, en
realidad el más resistente que haya existido jamás. Como sabe cualquier
corredor, a veces se llega a una situación en la que el cuerpo está próximo al
desfallecimiento. Los músculos se debilitan, los movimientos se vuelven
incontrolables. Mientras la carrera, en plenitud de fuerzas, parece un único
proceso continuado y suave, se debe controlar con precisión cada paso, para
poder luego superar las fases de debilidad sin perder demasiado. Un paso
demasiado largo gasta más las fuerzas, y uno más titubeante hace que toda la
tensión de los músculos se debilite. Actualmente el universo rebosa de fuerza;
lleno de arrogancia, incluso parece
haber
iniciado un sprint hace algún tiempo, es decir, una aceleración de su
expansión, de la que volveré a
hablar en el capítulo siguiente. (Parece que el público le anima en su carrera,
ya que la aceleración empezó poco tiempo antes de que la humanidad comenzara
sus observaciones cosmológicas, y decimos «poco tiempo» en comparación con las
escalas de tiempo cosmológicas).
Sin embargo, el big bang
equivale a una fase de debilidad. Entonces el universo corría con mucho calor y
se encontraba próximo al desfallecimiento. Esto se ve en las descripciones teóricas de esta fase que existen hasta el
momento: la teoría de la relatividad general parte de una carrera continua,
pero llega rápidamente al desfallecimiento en una singularidad. Las teorías
cuánticas de la gravitación son más prudentes en esta cuestión y conceden más
valor a la forma exacta de la zancada. ¿Es esto suficiente para conseguir
atravesar el big bang en buenas condiciones? La cosmología cuántica de bucles
traía consigo precisamente esta consecuencia. En principio introduce un tiempo
discreto, con lo que se sale del ámbito de la antigua cosmología cuántica. El
tiempo no puede cambiar arbitrariamente, sino que ha de hacerlo en múltiplos de
un intervalo de tiempo mínimo. En cierto modo la cosmología cuántica de bucles
concede al universo menos tiempo, ya que se eliminan todos los valores del
tiempo que se encuentran entre las retículas del intervalo mínimo. Esto tiene
lugar a una escala microscópica, y nos resulta en gran medida imperceptible a
causa de la pequeñez del intervalo, que de nuevo es una magnitud de Planck.
Junto con esta reducción de la cantidad de valores del tiempo, se produce, de
forma mucho más impactante, un aumento del tiempo en su expansión dentro de la dimensión
macroscópica de la totalidad del universo: el tiempo no termina en el big bang.
En
vez de esto existe una prehistoria del universo antes del big bang, con espacio
y tiempo, algo que no puede darse en la teoría de la relatividad general. Al
igual que la combinación de Dirac, en la que se asociaban la teoría de la
relatividad especial y la teoría cuántica, llevaba a un nuevo mundo de
antimateria, así también la combinación de la teoría de la relatividad general
y la teoría cuántica produce un nuevo universo de espacio y tiempo, al menos en
los casos investigados hasta ahora. Este universo anterior al big bang está,
por así decirlo, oculto tras una cortina que no pueden atravesar las ecuaciones
de la teoría de la relatividad general, sino solo las de la cosmología cuántica
de bucles. Las fronteras de la teoría clásica se ven superadas por una teoría
más completa que también cumple propiedades teórico-cuánticas. La singularidad
del big bang constituye una frontera del antiguo lenguaje en el que fue formulada
por primera vez. Sin embargo, no es una frontera del universo.
¿Cómo
es posible esto? ¿Cómo evita la teoría cuántica el colapso del universo en un
punto y el aumento ilimitado de la temperatura que dicho colapso lleva
asociado? Como en el problema de la estabilidad de los átomos, que se resuelve
en la mecánica cuántica, la singularidad del big bang se evita en la
gravitación cuántica de bucles mediante unas nuevas fuerzas antagonistas, que
actúan contra el colapso basándose simplemente en la atracción gravitatoria
clásica. En un universo en fase de contracción, cuando este es lo
suficientemente pequeño como para utilizar las mediciones de la teoría
cuántica, vemos que al principio el colapso se frena, después de algún tiempo
se detiene por completo, y luego se invierte el proceso, iniciándose una
expansión. Más o menos podemos imaginarnos así una parte de la historia de
nuestro universo: antes del big bang se contraía, es decir, seguía un proceso
contrario a la expansión actual. Al irse colapsando, se hacía cada vez más
pequeño y se calentaba cada vez más, entrando así en la fase del big
bang. En esta fase predominaban los efectos cuánticos, y tuvieron lugar un
frenado y una inversión del proceso, para pasar luego al universo en expansión
que contemplamos hoy día.
Mucho más difícil es conseguir informaciones
detalladas sobre esta historia, como, por ejemplo, las características precisas
del universo antes del big bang. ¿Tenía el mismo aspecto que la zona en
expansión que conocemos nosotros, dejando a un lado la inversión de la
expansión? ¿Tuvo dicha inversión de la expansión otras consecuencias, como
quizá una inversión de la percepción del tiempo, de tal modo que se recuerda el
futuro y se predice el pasado? ¿Era el universo, incluso con un gran volumen,
mucho antes del big bang, tan clásico en su estructura del espacio y el tiempo
que podríamos compararlo con la forma actual del espacio-tiempo? ¿O
predominaban quizá los efectos cuánticos para el espacio y el tiempo, de tal
modo que su volumen, aunque se contraía en el tiempo, estaba sometido a
fluctuaciones más fuertes? ¿Había condiciones que posibilitaban la vida? ¿Y de
dónde venía aquel universo que se colapsaba, o hacia dónde evoluciona nuestra
zona en expansión? ¿La expansión actual llegará en algún momento a invertirse
hacia el colapso, de tal modo que nosotros, como nuestro universo anterior, nos
estaríamos dirigiendo hacia otro big bang del que nacería el próximo universo?
¿Acaso el universo anterior al big bang procedía quizá del anterior colapso de
un universo que había surgido de un big bang anterior a nuestro big bang?
¿Existe una sucesión infinita de big bangs y de fases intermedias de universo
en expansión y universo que se colapsa?
Para
dar respuesta a estas preguntas hay que profundizar mucho más en la teoría. A
la mayoría de ellas no se puede responder aún de una manera fiable, y muchas de
estas preguntas nunca serán tratadas convenientemente en el marco teórico de la
física, situándose más bien en la frontera con la filosofía.
Una
singularidad evitada
Primero es necesario
explicar de qué modo la gravitación cuántica genera fuerzas antagonistas que se
oponen a la atracción clásica. Esta es una consecuencia directa del tiempo discreto:
si tomamos juntos todos los valores del tiempo, no se obtiene una línea
continua, sino una especie de retícula. Esta rejilla del tiempo posee solo una capacidad limitada para absorber energía: como una
esponja porosa que únicamente puede absorber una cantidad limitada de agua y,
cuando está empapada, expulsa el exceso de agua, así actúa la rejilla del
tiempo, repeliendo la energía en el momento en que haya riesgo de almacenar
demasiada. En cambio, un eje temporal continuo podría absorber tanta energía
como se quisiera.
A causa de lo pequeños que son los
pasos temporales, una rejilla del tiempo puede absorber mucha energía, pero no
tanta como se quiera. Esto es importante en el big bang, que es el fenómeno más
energético del universo. Según la teoría de la relatividad general, la densidad
de energía debe aumentar sin límites, lo cual no es compatible con una
capacidad de absorción limitada por una rejilla. Una teoría coherente con una
rejilla temporal, tal como sucede en la cosmología cuántica de bucles, debe
producir una repulsión del exceso de energía. Pero fuera del universo no hay
ningún lugar al que se pueda enviar la energía repelida. El exceso de energía
solo puede evitarse deteniendo el propio colapso del universo, es decir, la
causa del aumento de energía, e invirtiendo el proceso para dar paso a la
expansión. De este modo, una pequeña parte de los puntos temporales locales de
la rejilla produce una fuerza antagonista opuesta al colapso, y con ello más
tiempo antes del big bang.
En
el caso de un universo de gran tamaño con escasa energía el carácter discreto
del proceso no tiene importancia, pero es decisivo cuando el tamaño es pequeño
y la energía elevada. El papel que desempeña el volumen para que el carácter
discreto sea perceptible puede ilustrarse con el ejemplo de un reloj de arena.
En el borde superior de la arena, lejos del cuello por el que esta se desliza,
se hunde el contenido de una manera aparentemente continua. El carácter
discreto de la arena, que está compuesta por granos individuales, no desempeña
aquí papel alguno. Pero, si se observa el cuello, se ve el carácter granuloso
de la arena: este reloj no mide el tiempo de una manera continua, sino
discreta, con un grano para cada paso del tiempo. La diferencia con respecto a
la cosmología cuántica es que el reloj de arena mide el tiempo solo de un modo
discreto, mientras que, según la cosmología cuántica, lo fundamental es que el
tiempo transcurre de modo discreto. Si se eligieran unos granos de arena más
finos, el reloj haría una medición más continua del tiempo. La finura del grano
tiene un límite natural dado por la estructura atómica de la materia, pero con
otros procedimientos, como los relojes atómicos, es posible medir el tiempo con
una precisión mucho mayor que con la caída de un grano a través de una
abertura. Por lo tanto, los pasos del tiempo siempre pueden subdividirse aún
más. Sin embargo, en la teoría cuántica del espacio-tiempo se fija un límite
definitivo para todos los intentos de dividir más la unidad temporal: literalmente,
no hay nada entre dos instantes atómicos consecutivos en la rejilla discreta de
la gravitación cuántica.
Con
la estructura discreta del tiempo, la evitación de la singularidad del big bang
va unida a otro fenómeno: el tiempo anterior al big bang implica una inversión
de la orientación espacial. Desde la perspectiva de nuestro tiempo, es como si
la historia previa al big bang sucediera en un espejo. Si una persona diestra
hubiera sobrevivido a un viaje a través del big bang, se habría
convertido después en una persona zurda. El espacio se replegaría sobre sí
mismo como una superficie esférica que se vuelve del revés, con lo cual su
interior se convierte en el exterior. Esto
propicia otra comparación: el universo que se colapsa es como la superficie de un
globo que pierde aire. Pasado un tiempo, al no haber aire dentro, la corteza se
hunde, y el proceso llega a su fin, igual que el colapso del universo termina
en una singularidad según la teoría clásica. Pero si nos imaginamos que las
partes componentes de la corteza pueden salir hacia fuera sin impedimentos, el
globo volvería a inflarse después del colapso. Además, si la corteza sigue el
movimiento de tracción, el lado interno se mostrará hacia fuera, de tal modo
que la orientación cambia. Asimismo en el big bang los átomos del
espacio-tiempo, en cierto modo, se abren paso y hacen que el espacio se dé la
vuelta del revés.
Además
del tiempo discreto, hay otro mecanismo que pone en marcha una fuerza
antagonista; sería como un doble seguro activado por la teoría cuántica antes
de que se produzca el colapso total dando lugar a una singularidad. No solo la
rejilla del espacio-tiempo muestra para pequeñas expansiones unas claras
diferencias con el ya conocido comportamiento macroscópico del universo, sino
que también la energía de la materia se comporta en estos ámbitos de una manera
distinta a la que sería de esperar según la teoría clásica. Esto es comparable
a la divergencia de la densidad de energía de la radiación térmica en un cuerpo
hueco que Planck explicó, y ya se ha descrito con anterioridad: según las
expectativas de la teoría clásica, esta densidad de energía debería crecer
ilimitadamente a cortas distancias, lo cual constituye un ejemplo de
singularidad. Tal como Planck calculó, y como se ha confirmado mediante
mediciones directas, este aumento no se produce. El carácter discreto de la
energía en la descripción teórico-cuántica de la radiación térmica implica que
la energía presente en la radiación disminuye cuando las longitudes de onda son
pequeñas; con longitudes de onda mínimas no queda ya nada de energía. Por lo
tanto, aquí la energía total de la radiación del cuerpo hueco es finita, y no
aparece divergencia alguna.
Un
efecto parecido se produce cuando se observa la materia en un universo que se
desmorona dentro de sí mismo. Aquí se alcanzan escalas muy pequeñas, ya que un
universo que se colapsa implica expansiones cada vez menores de la materia
ondulatoria. Al igual que la teoría cuántica de la radiación térmica, la
cosmología cuántica de bucles muestra que el aumento de la densidad de energía
de la materia en el caso de una expansión suficientemente pequeña del universo
se invierte convirtiéndose en reducción. Para las ondas mecánico-cuánticas en
un pequeño espacio de estructura atómica no hay todo el sitio que se pueda
desear; la repulsión energética que esto conlleva reduce el valor de la
densidad máxima posible. Al igual que en la fórmula de Planck para la radiación
térmica en un espacio hueco, el esperado ascenso hacia el infinito se verá interrumpido
gracias a la teoría cuántica, y se invertirá dando lugar a un descenso hacia el
valor nulo. Con esto el problema resulta menos amenazante; pero, si el universo
continuara su proceso hacia el colapso, las ecuaciones podrían venirse abajo
aunque la materia- energía fuera finita. También aquí intervienen las fuerzas
antagonistas que actúan contra el colapso. Como en la teoría de la relatividad
general, la energía de la materia determina finalmente la forma del
espacio-tiempo, y esta es a su vez de nuevo la responsable de generar la fuerza
gravitatoria. Mientras la forma clásica de la energía induce siempre una fuerza
gravitatoria atractiva, la inversión del ascenso convirtiéndolo en descenso,
como sucede cuando el universo tiene un volumen pequeño, significa también un
cese de actuación de la fuerza. Este es otro mecanismo independiente para una
fuerza antagonista, tal como nos lo ofrece la cosmología cuántica de bucles.
Por lo tanto, este tipo de fuerzas
antagonistas no parece ser un resultado casual, sino un fenómeno general de
este tipo de gravitación cuántica. Dichas fuerzas no solo intervienen en
algunos casos especiales, como, por ejemplo, las soluciones detalladas que
Abhay Ashtekar, Tomasz Pawlowski y Parampreet Singh investigaron en 2006 en un trabajo
asistido por ordenador, sino que pueden ser detectadas en general. Sin embargo,
los fenómenos no se han investigado todavía de una manera completa y, aunque
aparecen también en el colapso de los agujeros negros, todavía no se ha
demostrado que en este caso se trate de una característica general de la
gravitación cuántica de bucles que pudiera hacer frente a todo tipo de
singularidad.
¿QUÉ HABÍA ANTES DEL BIG
BANG?
No existe ninguna
posibilidad de observar directamente el universo anterior al big bang. La razón
principal es que el estado extremadamente compacto del universo primigenio
resulta demasiado opaco como para que la luz u otras formas de radiación
electromagnética puedan llegar hasta nosotros. El primer instante que podemos
ver de esta manera es posterior a 380 000 años de expansión. En aquellos
tiempos el universo se había expandido lo suficiente para que la materia se
enfriara y se aligerara tanto que el espacio resultara translúcido. El universo
estaba todavía muy caliente, a unos 4 000 °C, y la materia brillaba como un
cuerpo que por calentamiento llega a estar incandescente, o como la superficie
de una estrella. A partir de ese momento la materia del universo se volvió más
compacta y caliente, y brilló de la misma manera. Sin embargo, la radiación fue
absorbida de nuevo directamente por el plasma denso y caliente que constituía
aquel universo primigenio. Cuando la materia aún caliente se hubo aligerado y
enfriado lo suficiente, una parte de la radiación pudo por fin escapar y viajar
hacia nosotros a través de un universo que continuaba en expansión. Como cuando
en una densa niebla se condensan gotas de lluvia y van dejando lentamente que
la visión sea cada vez más clara, también en el universo primigenio, con una
temperatura de unos 4 000 °C, se formaron átomos neutros que dispersaron la luz
mucho más suavemente que los electrones y protones sueltos. Del mismo modo que
al observar el Sol podemos ver su superficie, pero no su interior, tampoco
podemos contemplar retrospectivamente el big bang con la profundidad que
desearíamos. En cambio, sí podemos observar algunos vestigios de la radiación
emitida después de un cierto enfriamiento, porque mediante unas antenas
sensibles los recibimos en forma de radiación cósmica de fondo. Estos vestigios
constituyen una de las más importantes fuentes que nos proporcionan información
sobre el universo primigenio, como se verá con más detalle en el capítulo
siguiente, especialmente en el apartado dedicado a la radiación de fondo de
microondas.
Todo
esto sucede mucho después del big bang y nos puede ofrecer, en el mejor de los
casos, algunas claves indirectas sobre la forma del universo antes de aquel
estallido inicial. Existen otras fuentes de naturaleza no electromagnética que
también nos podrían transmitir vestigios del big bang. Si se eligieran unos
portadores de información adecuados que interaccionaran con la materia menos
activamente que la radiación electromagnética, se podría lanzar una mirada
retrospectiva a tiempos anteriores. Por otra parte, estos portadores deberían
ser de larga duración, para que no se destruyeran durante el viaje. Según todo
esto hay dos posibilidades: los neutrinos o las ondas gravitatorias.
Los
neutrinos son partículas elementales que, al contrario que los electrones, son
eléctricamente neutros y casi no tienen masa. Surgen con mucha facilidad en las
desintegraciones radiactivas y también tuvieron que desempeñar un papel en el
universo primigenio. A diferencia de los fotones, que son los portadores de la
radiación electromagnética, los neutrinos apenas son absorbidos por la materia.
Una prueba impactante de esto es el hecho de que los neutrinos que se producen
por fusión nuclear en el interior del Sol llegan hasta la Tierra, mientras que
la luz solo llega procedente de la superficie, donde la temperatura es
demasiado baja para que se produzca dicha fusión. La mayor parte de los
neutrinos incluso atraviesan limpiamente la Tierra, por lo que estas partículas
pueden observarse tanto desde el lado que mira al Sol, como desde el lado
opuesto, al contrario que la luz, que no puede llegar a la zona nocturna del
planeta. No obstante, a causa de la interacción extraordinariamente débil con
la materia, solo se detecta una pequeñísima fracción de todos los neutrinos. A
partir del conocimiento de algunos índices de producción de neutrinos, se
estima que un espacio de un metro cúbico en cualquier lugar del universo, y
también en la Tierra, contendría más o menos treinta millones de estas
partículas, aunque nosotros no las notemos. A causa de su poca masa, todos los
neutrinos que fueron producidos en el universo primigenio solo constituyen algo
así como un 1 por ciento de la densidad total del cosmos, a pesar de su gran
número. Debido a su baja velocidad de reacción, los neutrinos pueden llegarnos
desde tiempos mucho más remotos que la luz. Mientras que la luz tendría que
esperar a que transcurrieran miles de años después del big bang para poder
empezar a atravesar el universo sin impedimentos, para los neutrinos esto ya
sería posible más o menos un segundo después. Por lo tanto, con un telescopio
de neutrinos se podría mirar retrospectivamente a épocas muy tempranas del
universo, pero la interacción débil de los neutrinos con la materia es un arma
de doble filo: precisamente por esto los neutrinos son muy difíciles de
detectar en la Tierra. A causa de esto, un telescopio de neutrinos, con el que
se podría ver una parte significativa de todas estas partículas e investigar
asimismo su origen, es todavía utópico con la tecnología existente.
La
segunda alternativa a la luz es la de las ondas gravitatorias, es decir,
pequeñas alteraciones del espacio-tiempo que se propagan a la velocidad de la
luz. Se producen, por ejemplo, en colisiones entre masas pesadas, como las
estrellas de neutrones o los agujeros negros, ya que las masas influyen en la
forma del espacio- tiempo y su curvatura. Una parte de esta curvatura puede
evadirse de la zona de la colisión y avanzar por el cosmos como la luz de una
estrella. El paso de una onda gravitatoria se notaría por pequeñas variaciones
periódicas en las distancias entre objetos, porque las ondas gravitatorias son
alteraciones del espacio-tiempo que se propagan. Si podemos medir las
distancias con mucha precisión, esto supone la posibilidad de demostrar la
existencia de ondas gravitatorias, cuestión en la que se está trabajando en la
actualidad de manera muy activa en muchos lugares: con los observatorios LIGO
en Estados Unidos, con VIRGO en Italia, con GEO600 cerca de Hannover, y con
TAMA en Japón.
La dificultad reside en el hecho de que se
necesitan masas muy grandes para producir una cantidad suficiente de ondas
gravitatorias. Se calcula que para una detección directa en la Tierra se
necesita una precisión de una milésima del radio de un protón. Por muy increíble
que esto suene, existen ya unas construcciones refinadas que son capaces de
alcanzar esta meta, y, además, no dejan de perfeccionarse. Se cuenta con que en
los próximos años se logrará la detección directa. Aunque esto está todavía
pendiente, hay pocas dudas con respecto a la existencia de ondas gravitatorias.
Como se ha dicho en el capítulo dedicado a la teoría de la relatividad general,
se puede explicar la pérdida de energía de púlsares en órbita con una exactitud
extraordinaria, utilizando la pérdida de energía de las ondas gravitatorias tal
como la predicen las ecuaciones de Einstein. Se trata de una de las más
precisas coincidencias entre la teoría y la observación que se han dado en toda
la física. Sin embargo, aún se está muy lejos de llegar a conseguir un
telescopio de ondas gravitatorias. Existen planes para establecer en el cosmos
el LISA, un sistema de satélites que podría cumplir este objetivo, y también
para un telescopio subterráneo llamado ET (Einstein-Telescope). Sin embargo,
las realizaciones se harán esperar todavía algunas décadas, y para mirar en las
profundidades del big bang estos sistemas serán demasiado débiles. No obstante,
la perspectiva de un nuevo tipo de astronomía, totalmente independiente de la
que se basa en radiaciones electromagnéticas como la luz, resulta en sí misma
impresionante.
En
la cosmología del universo primigenio las altas energías del big bang ponen
límites a la propagación de neutrinos y ondas gravitatorias. Con unas
densidades de energía tan elevadas como las que imperaban en aquellos tiempos,
el propio universo se vuelve demasiado opaco para estos portadores de
información cuya interacción es tan débil. Por consiguiente, seguiremos
teniendo vedada la visión directa del universo anterior al big bang, pero al
menos no se excluye la posibilidad de realizar una investigación indirecta. Así
pues, una fase anterior de colapso, unida a las fuerzas repulsivas de la
gravitación cuántica que imperaban en la fase de cambio brusco, produciría unos
leves efectos sobre la expansión posterior. En la fase avanzada del big bang se
han conservado algunos pequeños vestigios que pueden ser calculados y
posiblemente también detectados utilizando unos mensajeros que se exponen
abiertamente a nuestra mirada.
Estos
efectos sensibles e indirectos exigen una detallada comprensión de la teoría y
unas soluciones exactas de sus ecuaciones. Ni siquiera los programas
informáticos están hoy día suficientemente desarrollados para proporcionar
valores exactos en relación con los efectos esperados. Sin embargo, si se
produce un avance de la teoría, junto con mediciones que sean cada vez más
precisas, estas observaciones indirectas entran en el ámbito de lo posible. Más
adelante se tendrá que llegar cada vez más cerca del objetivo en el contexto de
la cosmología observacional, como en una visión cosmogónica del mundo.
© 2026 Javier
de Lucas