LA LARGA
AGONIA

La política española atraviesa uno de
sus momentos más delicados desde la moción de censura de 2018, y quizás de toda
la historia democrática y constitucional. No porque exista una crisis
constitucional formal, ni porque el Gobierno haya perdido jurídicamente la
confianza del Congreso, sino porque se está produciendo algo mucho más
corrosivo: una crisis simultánea de legitimidad política, autoridad moral,
estabilidad parlamentaria y credibilidad institucional. El presidente del
Gobierno conserva los instrumentos constitucionales para resistir, pero la
pregunta ya no es si puede hacerlo, sino si esa resistencia sigue siendo
funcional o se convierte en una mera prolongación de la agonía que podría
llevar, al menos, a un serio deterioro de la democracia española.
La
paradoja es evidente. España no se encuentra en una situación económica
catastrófica. Al contrario, la economía mantiene un comportamiento
comparativamente bueno dentro de la Unión Europea. España creció un 2,8% en
2025, y la Comisión Europea prevé un crecimiento del 2,4% en 2026, un
crecimiento superior al de las grandes economías del euro. Cierto que esas
buenas cifras macroeconómicas no se traducen en una mejora de la renta per
capita, pero los datos del CIS muestran que una mayoría de españoles perciben
su situación económica como buena o muy buena. Por el contrario, perciben la
situación política como mala o muy mala. Ese contraste entre una economía que
resiste y una política que se descompone, es uno de los rasgos más llamativos
del momento actual y así lo destaca la prensa internacional desde Le Monde al Financial Times. No estamos, por tanto, ante una crisis económica
que arrastra al Gobierno, sino ante una grave crisis puramente política que
amenaza con neutralizar y revertir los buenos datos económicos.
Para entender la situación actual hay que partir de
una ironía histórica. Pedro Sánchez llegó al poder en 2018 mediante una moción
de censura contra Mariano Rajoy fundada en la corrupción del Partido Popular.
Aquella moción no fue sólo una operación parlamentaria: fue una operación de
legitimación moral. El PSOE se presentó entonces como fuerza regeneradora
frente a un PP erosionado por la sentencia del caso Gürtel. La corrupción no
fue un elemento accesorio de aquella operación, sino su núcleo simbólico, y
Sánchez construyó su acceso al poder sobre el principio de que el deterioro
ético de un Gobierno lo hacía políticamente inviable.
Ocho años después, la hemeroteca se
vuelve contra él, y nada más demoledor que, quien justifico en el Congreso la
moción de censura cargando contra la corrupción, esté hoy rodeado de serios
indicios de corrupción en su entorno más inmediato. Pero no es un caso aislado
y la acumulación de investigaciones que afectan al ámbito del PSOE, a antiguos
colaboradores, a figuras relevantes del partido, e incluso al círculo familiar
del presidente, crea una situación políticamente devastadora aunque ninguna de
esas causas permita todavía formular una conclusión penal definitiva. Cierto:
la presunción de inocencia debe mantenerse escrupulosamente. Pero la política
no espera a la sentencia firme pues vive también de climas, percepciones,
símbolos y acumulaciones. Una causa aislada puede resistirse con relativa
facilidad; una cadena de causas crea una atmósfera y hace inevitable el juicio
político, si no el juicio penal.
El primer factor del deterioro es,
pues, la misma acumulación. No se
trata ya de un caso concreto, sino de una constelación de asuntos: el caso
Koldo, la situación de Ábalos, las investigaciones sobre Santos Cerdán, el caso
Leire Díez con la entrada de la UCO en Ferraz, el caso Plus Ultra, los
procedimientos que afectan a Begoña Gómez, a David Sánchez y al propio
expresidente Rodríguez Zapatero. Cada expediente tiene su lógica jurídica, su
instructor, sus ritmos, sus pruebas y sus defensas. Especialmente grave es el
auto del caso Leire, que pone de manifiesto una supuesta conspiración dirigida
por el secretario general del PSOE y financiada por el mismo partido con el
objetivo de desestabilizar de forma
sistemática y continuada cualquier procedimiento judicial o actuación policial
que pudiera impactar directa o indirectamente en los intereses del PSOE o del
Gobierno.
Pero políticamente todos los casos tienden a
fundirse en una sola narrativa: la de un PSOE rodeado por sospechas y la de un
presidente que ya no puede aislar los casos como accidentes periféricos. Es
más, es cada vez menos creíble que los principales colaboradores de Pedro Sanchez,
dos secretarios generales del partido y un expresidente elevado al nivel de
baremo “progresista”, todos estén imputados por robar, y el presidente no
supiera nada, solo pasara por allí. O sea, que cada día la acumulación deviene más personal.
El PP ocultaba sus casos de corrupción porque le avergonzaban, pero el PSOE los
trivializa y banaliza como si no fueran con él. Son, como ha dicho
recientemente Pedro Sanchez, “tropiezos”, pero son ya tantos que sorprende no
se haya producido una caída. Los sondeos siguen dando al PSOE un suelo
electoral firme superior a los 100 diputados pero, ¿hasta cuándo?
El segundo factor es la fragilidad parlamentaria nacida de las
elecciones de 2023. Sánchez no gobierna con una mayoría homogénea, sino con una
coalición de apoyos heterogéneos, tensos, y en parte contradictorios. Necesita
a Sumar, a ERC, a Bildu, al PNV y a Junts, entre otros. Pero esos apoyos no
responden a un proyecto común de legislatura sino a una suma de intereses
defensivos: impedir un Gobierno del PP con Vox, obtener concesiones
territoriales, condicionar la agenda del Estado o mantener capacidad de presión
sobre Madrid. Una mayoría negativa, unida más por lo que rechaza que por lo que
propone. Esa mayoría negativa podía sostener una investidura, “que no gobiernen
ellos”. Era mucho más dudoso que pudiera sostener una legislatura larga, con
presupuestos y reformista, como se ha demostrado. Y es bien poco probable que
pueda resistir el deterioro actual y la huida del barco que se hunde empieza a
ser palpable. Incluso Sumar, el socio de gobierno, se distancia para evitar la
intoxicación de los casos de corrupción.
La amnistía
agravó esa dependencia. Para los socios independentistas, el apoyo a Sánchez no
era gratis; tenía que producir resultados. Una vez obtenida o encauzada la gran
concesión de la amnistía, la utilidad marginal de seguir sosteniendo al
Gobierno disminuye. Saben que es ya poco probable que obtengan el indulto para
Puigdemont o la financiación singular para Cataluña. Y Junts, en particular,
tiene incentivos para demostrar que no es una fuerza subordinada al PSOE, sino
una fuerza capaz de poner y quitar estabilidad. Y percibe ya el aliento de
Alianza Catalana, cada vez más fuerte. El PNV, por su parte, no quiere aparecer
como cómplice de un Gobierno en descomposición, sobre todo en competencia con
Bildu y gobernando en Euskadi con los socialistas. De ahí que tanto Junts como
el PNV puedan considerar agotada la legislatura sin estar necesariamente
dispuestos a investir a Feijóo. Van a presionar a Pedro Sanchez para que
convoque él elecciones amagando con retirar su apoyo.
El tercer factor es la polarización o, por decirlo de modo más
sencillo, el “muro”. España vive
desde hace años en una lógica política (que no necesariamente social) de bloques,
en la que cada bloque considera al otro, no sólo adversario, sino amenaza
existencial, hostes, enemigos
públicos, no inimici, no
competidores. Ese muro, construido tensando las contradicciones, ha permitido a
Sánchez cohesionar a la izquierda bajo la idea de frenar a la derecha y a Vox.
Pero también ha reducido los espacios de legitimidad compartida. Cuando todo se
interpreta en clave de guerra política, los casos judiciales se convierten
inmediatamente en munición partidista: para unos son corrupción; para otros, lawfare, fango, persecución o incluso
conspiración. Ya no estamos ante una judicialización de la política —inevitable
ante la corrupción de ministros o secretarios generales del partido socialista—
sino ante una politización de la justicia alentada desde el mismo Gobierno. El
resultado es una degradación del espacio común de confianza institucional, como
lo prueban los sondeos de opinión: la confianza en el parlamento, los partidos
políticos o los políticos, incluso la confianza en el mismo “sistema
gobierno-oposición”, está en mínimos históricos. A la larga, este descrédito de
la política alienta posiciones extremistas, de derechas, pero sobre todo de
izquierdas, que desbordan el marco constitucional. En la posición 1, la extrema
izquierda, se ubica ya un 18,5%; en la posición 10 de la extrema derecha,
bastante menos, un 8,1%. Pero el centro (posición 5) ha quedado reducido a un
20,6%.
El cuarto factor es el agotamiento del ciclo de resistencia.
Durante años, Sánchez convirtió la supervivencia en método político. Resistió
la crisis interna del PSOE, la repetición electoral, la pandemia, la coalición
con Podemos, los indultos, la amnistía, la dificultad de gobernar sin mayoría
propia y sin presupuestos, incluso las cuatro sucesivas derrotas autonómicas y
municipales. Pero la resistencia tiene una condición: debe producir algún
resultado. Si resistir permite mantener una agenda legislativa, gobernar con
cierta normalidad y conservar la iniciativa, entonces puede ser virtud. Si
resistir sólo significa aplazar el desenlace mientras se acumulan causas
judiciales, derrotas parlamentarias y desafección de los socios y de los
ciudadanos, entonces se convierte en obstinación. Hoy Pedro Sanchez y su
Gobierno es un lame duck, un pato
cojo que solo puede retrasar la agonía.
Alternativas que, casi todas, pasan por
la voluntad de Pedro Sanchez, de modo que, paradójicamente, el principal
problema pasa a ser la principal solución. Y la primera alternativa de Sánchez
es aguantar. Constitucionalmente
puede hacerlo aunque lleve cuatro años ya sin presupuestos, y no está obligado
a convocar elecciones porque el PNV o Junts le retiren su apoyo. Mientras no
prospere una moción de censura constructiva, mientras no pierda una cuestión de
confianza planteada por él mismo, mientras no dimita y no disuelva las Cámaras,
el Gobierno puede continuar. Puede seguir gobernando con presupuestos
prorrogados; puede recurrir —como ha hecho siempre— a decretos-leyes, gestionar
la Administración, hacer política europea y exterior, y negociar votación a
votación a cara de perro.
Pero aguantar tiene costes crecientes.
Sin presupuestos, sin mayoría estable y con los socios en fase de
distanciamiento, la legislatura deja de ser transformadora y se vuelve puramente
defensiva. La agenda política ya no la marca el Gobierno, sino los jueces, la
oposición, los medios y los socios parlamentarios. Puede seguir en La Moncloa,
pero cada semana corre el riesgo de parecer menos presidente de una mayoría y
más jefe y responsable de una resistencia sitiada.
La segunda alternativa es convocar elecciones anticipadas. Es la salida más limpia desde el
punto de vista democrático: devolver la palabra a los ciudadanos. Pero también
es la más arriesgada para Sánchez si las encuestas no le garantizan opciones.
Y, muy a pesar del CIS, no parece que lo hacen. Ningún presidente convoca
elecciones anticipadas si cree que va a perderlas de manera clara, salvo que la
alternativa sea todavía peor. Para Sánchez, adelantar sólo tendría sentido si
pudiera convertir la crisis en plebiscito: él frente a la derecha política,
mediática y judicial; él como víctima de una operación de acoso; él como
garantía frente al PP y Vox. Se ha especulado incluso que la Moncloa está
estudiando llevar a las elecciones la propuesta de sendos referéndums
consultivos sobre la plurinacionalidad o la monarquía. Transformar las
elecciones legislativas en una propuesta de reforma constitucional, de “segunda
transición”, que dé al traste tanto con la unidad de España como con la
Jefatura del Estado que la representa, para caminar hacia una república
plurinacional, más confederal que federal.
Pero esa estrategia sólo puede
funcionar si conserva legitimidad y capacidad de movilizar a la izquierda. Si
el electorado percibe simplemente corrupción, agotamiento y bloqueo, la
apelación plebiscitaria puede volverse contra él y acabar liquidando también al
mismo partido socialista. Por ello los concejales y alcaldes socialistas
aborrecen el escenario de un “superdomingo” electoral que funda las elecciones
municipales y autonómicas con las legislativas, pues saben que hoy la marca
“Sánchez” es tóxica.
La tercera alternativa es plantear una cuestión de confianza que se gana por
mayoría simple, lo que la hace más accesible que una investidura o una moción
de censura. Sería una fórmula audaz, pero peligrosa. Por una parte, le
permitiría obligar a sus socios a pronunciarse: o sostienen al Gobierno, o
asumen la responsabilidad de abrir la puerta a una crisis mayor. Sin embargo,
precisamente por eso parece poco probable pues bastaría con la abstención del
PNV o Junts para perderla. Y si se pierde, el presidente debe dimitir. Sánchez
sólo la plantearía si tuviera previamente atados los votos o las abstenciones
necesarias. Y no parece que el PNV o Junts estén hoy dispuestos a afianzar al
sanchismo.
La cuarta alternativa es una moción de censura de la oposición que,
como sabemos, debe ser constructiva: no basta con derribar al presidente, hay
que proponer otro. El PP podría presentarla, pero necesita apoyos de los que
hoy no dispone. PP y Vox no suman por sí solos. Necesitarían al PNV, a Junts o
a otros partidos que, por razones ideológicas y territoriales, difícilmente
aceptarían aparecer como socios de una operación que llevara a Feijóo a La
Moncloa con el respaldo de Vox. Por eso el PP tiene un dilema: si presenta la
moción y la pierde, puede reforzar a Sánchez; si no la presenta, puede parecer
incapaz de convertir la indignación en alternativa y fortalecer a la extrema
derecha de Vox, como está ya ocurriendo.
La quinta posibilidad es una moción de censura instrumental. Sería
una moción no pensada para gobernar, sino para investir a un candidato de
transición que convocara elecciones de inmediato. Es técnicamente posible, pero
políticamente complicada. Requiere un candidato aceptable para PP, Vox, PNV y
Junts, o al menos para una mayoría absoluta heterogénea, candidato que podría
no ser Feijoo. Requiere, además, que los nacionalistas acepten el coste de
votar una censura junto a Vox. Ese coste hoy parece elevado. Pero no es
imposible que aumente el coste inverso: seguir sosteniendo a Sánchez. Si la
crisis judicial se agravara mucho, PNV o Junts podrían llegar a considerar que la
moción instrumental es el modo menos malo de forzar elecciones sin regalar a
Feijóo una legislatura.
La
sexta alternativa, menos comentada pero constitucionalmente posible, sería un relevo interno en el PSOE. Sánchez
podría dimitir y permitir que el Rey abriera consultas para intentar una nueva
investidura, quizá de otro socialista. Esta hipótesis parece hoy remota, porque
el PSOE está fuertemente organizado en torno a Sánchez y porque ningún sucesor
tendría garantizada la mayoría. Pero si el deterioro afectara no sólo al
Gobierno sino a la supervivencia electoral del PSOE, algunos sectores del
partido podrían empezar a pensar en preservar la marca separándola del líder.
De momento, no parece que esa dinámica esté madura.
Sánchez intentará resistir. Es lo más
coherente con su biografía política y con su modo de ejercer el poder. Su
instinto no es retirarse, sino convertir cada ataque en una nueva batalla de
legitimidad. Intentará ganar tiempo hasta el verano, encapsular los casos en
personas concretas, insistir en la presunción de inocencia, separar la
responsabilidad penal individual de la responsabilidad política del Gobierno,
articular una narrativa entorno a la “conspiración” o el “contubernio”, exhibir
datos económicos favorables y obligar a sus socios a elegir entre él y una
alternativa PP-Vox.
En todo caso el primer interrogante
(imposible de precisar) es la posibilidad de que el propio Pedro Sánchez pueda
ser llamado como testigo en el caso de Leire Díez o, peor aún, su imputación, que
exigiría pedir el suplicatorio al Congreso, petición de aún más incierto
resultado jurídico o político. Estamos transitando por caminos jamás recorridos
por la democracia española.
Pero el punto decisivo no estará sólo
en los tribunales, sino en los socios. Si el PNV y Junts se limitan a criticar,
Sánchez puede aguantar. Si bloquean presupuestos y leyes, podrá seguir, pero ya
en modo de pura supervivencia. Si anuncian que no convalidarán decretos
relevantes, la gobernabilidad quedará muy dañada. Y si plantean de manera
creíble que apoyarán una moción instrumental para convocar elecciones, Sánchez
perderá la iniciativa y en ese caso tendría que escoger entre disolver él antes
de que se registre la moción, o exponerse a que otro presidente, aunque sea provisional,
convoque las elecciones.
El PNV tiene incentivos para marcar
distancia, pero no necesariamente para derribar a Sánchez junto a Vox. Su
posición más probable es exigir elecciones, denunciar el agotamiento de la
legislatura y evitar aparecer como soporte incondicional del PSOE, pero sin
cruzar todavía la línea de una moción de censura. Junts tiene incentivos para
endurecer el tono, porque compite con ERC y Alianza Catalana y necesita
demostrar que su apoyo no es gratuito; pero tampoco le conviene regalar a la
derecha española una victoria demasiado clara si eso lo deja sin capacidad de
influencia. Ambos partidos pueden preferir empujar a Sánchez a convocar antes
que asumir ellos el coste de derribarlo.
El PP, por su parte, debe decidir si
espera o actúa. Esperar tiene una ventaja: deja que la crisis erosione al
Gobierno sin asumir riesgos. Pero tiene un peligro: que Vox capitalice la
impaciencia de la derecha y acuse a Feijóo de falta de coraje. Presentar una
moción de censura, incluso destinada a perder, podría servir al PP para
escenificar una alternativa. Pero si fracasa, Sánchez la utilizaría como prueba
de que la oposición no tiene mayoría y de que todo el ruido carece de salida
parlamentaria.
En suma, tres escenarios. El primero, y
todavía más probable, es una resistencia de Sánchez durante varios meses, con
una legislatura políticamente muy deteriorada pero formalmente viva. El segundo
es una convocatoria electoral en otoño si la presión judicial aumenta, los
socios bloquean la acción de gobierno y las encuestas permiten al PSOE al menos
disputar el resultado. El tercero, menos probable pero no descartable, es una
crisis súbita provocada por una nueva actuación judicial de gran impacto o por
una amenaza coordinada del PNV y Junts de apoyar una moción instrumental.
La
clave será la velocidad de la erosión. Si el deterioro avanza lentamente,
Sánchez resistirá. El PNV y Junts han marcado reiteradamente su línea roja: una
financiación ilegal del Partido Socialista. Y el caso Leire se mueve ya en el
borde de esa línea roja: una organización financiada por el PSOE y dirigida por
su secretario general para anular procesos judiciales o investigaciones
peligrosas. Y una organización de la que se sospecha que podría haber sido
conocida por el presidente. Si se produce ese salto cualitativo —una imputación
especialmente grave, una ruptura parlamentaria formal, una condena relevante o
una retirada explícita de apoyo por parte del PNV o Junts—, la legislatura
puede entrar en fase terminal. En ese momento, Sánchez intentará conservar el
control del calendario convocando él.
Sánchez aún puede aguantar, pero ya no
domina plenamente el escenario. La Constitución le permite resistir pero la
política puede acabar obligándole a elegir entre convocar conservando la
iniciativa o ser arrastrado a una convocatoria desde la debilidad. El desenlace
no dependerá sólo de la gravedad jurídica de los casos, sino de algo más
intangible y quizá más decisivo: cuándo sus socios, su partido y una parte
suficiente de la opinión pública lleguen a la conclusión de que la continuidad
del Gobierno ya no estabiliza nada, sino que prolonga el deterioro.
Pero a estas alturas es evidente —y así
lo solicita más del 70% de los ciudadanos— que el único camino para salir de
esta situación de sospecha generalizada es la convocatoria de elecciones devolviendo la voz al electorado y
reseteando la legitimidad política. Ignoramos cuál pueda ser el futuro del
“sanchismo” y la consideración que merecerá en los libros de historia; si será
evaluado como una suerte de aventureros osados que, tras hacerse con el control
del partido socialista y, desde esa palanca —con el control del Gobierno de la
nación y del Parlamento— del mismo Estado, o como un gobierno más con un
trágico final salpicado de escándalos. De lo que caben pocas dudas es de que,
por fortuna, instituciones situadas en vanguardia de la defensa del Estado de
Derecho, como la judicatura y los órganos de la Guardia Civil encargados de
colaborar con ella están siguiendo al pie de la letra las funciones que tienen
constitucionalmente encomendadas.
En todo caso, el daño que ha hecho y
está haciendo a España, a la credibilidad institucional interna, a la
legitimidad de la política y los políticos, a la reputación internacional, y a
la misma democracia, es inmenso.