NO HAY UN GRAN DISEÑO

Orden y significado

A menudo hablo como si nuestras ecuaciones matemáticas estuviesen ahí afuera, en el mundo, controlando de manera implacable todos los procesos físicos, desde los quarks hasta el cosmos. Tal vez sea así. Tal vez algún día podamos establecer que la matemática está fundamentalmente cosida al tapiz de la realidad. Cuando se trabaja con las ecuaciones día tras día, desde luego parece que sea así. En cualquier caso, me siento más seguro cuando afirmo que la naturaleza obedece las leyes, que el universo está compuesto por ingredientes cuyo comportamiento evoluciona de acuerdo con leyes. Las ecuaciones del núcleo duro de la física moderna representan los enunciados más precisos que tenemos de esas leyes. Mediante laboriosos experimentos y observaciones hemos probado que esas ecuaciones explican el mundo con extraordinaria precisión. Pero nada nos garantiza que estén expresadas en el léxico intrínseco de la naturaleza. Aunque me parece improbable, pienso en la posibilidad de que en el futuro, cuando orgullosos enseñemos a unos extraterrestres nuestras ecuaciones (aunque piense que eso nunca ocurrirá), estos sonrían con cortesía y nos expliquen que también ellos empezaron con la matemática, pero luego descubrieron el «verdadero» lenguaje de la realidad.

Históricamente, la intuición física de nuestros antepasados se basaba en las pautas evidentes en los sucesos que observaban de manera habitual, desde la caída de rocas a la rotura de ramas o la corriente de los ríos. Un sentido innato de la mecánica de lo cotidiano posee un valor manifiesto para la supervivencia. Con el tiempo, fuimos utilizando nuestras capacidades cognitivas para ir más allá de las intuiciones que mejoran la supervivencia, iluminando y codificando patrones en ámbitos que van del micromundo de las partículas individuales al macromundo de los grupos de galaxias, aunque muchos de esos patrones tengan poco o ningún valor adaptativo. Al modelar nuestra intuición y desarrollar nuestras habilidades cognitivas, la evolución inició nuestra educación en física, pero nuestro conocimiento más general ha surgido de la fuerza de la curiosidad humana expresada a través del lenguaje de las matemáticas. Las ecuaciones resultantes, articuladas en este lenguaje, son de enorme utilidad para explorar la estructura profunda de la realidad, pero aun así podrían no ser más que constructos de la mente humana.

Me aferro también a cierta versión de esta perspectiva cuando dirigimos la atención a las cualidades que guían nuestra evaluación de la experiencia humana. Correcto e incorrecto, bueno y malo, destino y propósito, valor y significado son todos conceptos profundamente útiles, pero no me cuento entre quienes creen que los juicios morales y las atribuciones de significado trascienden la mente humana. Somos nosotros quienes inventamos esas cualidades, pero no de la nada. Nuestras mentes, producto de una selección darwiniana, están predispuestas a sentir atracción, repugnancia o miedo ante diversas ideas y comportamientos. En todo el mundo se valora enormemente el cuidado de niños y jóvenes mientras que se aborrece el incesto. También se aprecia la honradez en los intercambios cotidianos y la lealtad a la familia y los compatriotas.

A medida que nuestros antepasados se fueron reuniendo en grupos, la interacción de estas y otras predisposiciones con los encuentros y conflictos sobre el terreno crearon bucles de realimentación: el comportamiento de los individuos influía en la efectividad de la vida en grupo, y eso condujo a la paulatina articulación de códigos de conducta comunitarios; a su vez, esas normas aportaban cierto valor para la supervivencia a quienes las seguían. Del mismo modo que la selección natural modeló nuestra intuición hacia la física básica, también contribuyó a modelar nuestro sentido innato de la moralidad y el valor. Incluso entre quienes coinciden en creer que los códigos morales no están impuestos desde lo alto ni flotan en el dominio abstracto de la verdad se desarrolla un sano debate acerca del papel de la cognición humana a la hora de determinar cómo se desarrollaron aquellas antiguas sensibilidades.

Algunos sugieren que, de manera parecida al patrón de desarrollo para la física, la evolución imprimió un sentido moral rudimentario, pero luego nuestras capacidades cognitivas nos permitieron saltar por encima de ese cimiento innato y modelar actitudes y creencias independientes. Otros sugieren que poseemos la habilidad de usar nuestra destreza cognitiva para elaborar explicaciones de nuestros compromisos morales, pero que estas no son más que justificaciones ad hoc , racionalizaciones de juicios que están anclados en nuestro pasado cognitivo. Una cuestión que merece la pena volver a enfatizar es que ninguna de estas posiciones depende de un concepto tradicional del libre albedrío. A la hora de describir el comportamiento humano recurrimos a una amalgama de factores, desde el instinto y la memoria hasta la percepción y las expectativas sociales. Sin embargo, tal como hemos argumentado, este tipo de explicación de alto nivel (pues yace en el núcleo de cómo los humanos damos sentido al mundo) surge de una compleja cadena de procesos que en último término descansan en la dinámica de los constituyentes fundamentales de la naturaleza.

Todos somos colecciones de partículas, beneficiarios de innumerables batallas evolutivas que han liberado nuestros comportamientos y nos han brindado la capacidad de demorar la decadencia entrópica. Pero esos triunfos no nos conceden ningún libre albedrío sobre la progresión de lo físico, sobre un despliegue que no aguarda a nuestros deseos, juicios y valoraciones morales. O, por decirlo de manera más precisa, nuestros deseos, juicios y valoraciones morales son simplemente parte de la progresión física del mundo de acuerdo con los dictados de las imparciales leyes de la naturaleza. Nuestra descripción de esa progresión apela a impersonales reglas matemáticas que muestran con símbolos cómo se desarrollará el universo de un momento al siguiente. Y durante buena parte del pasado, antes de que aparecieran colecciones de partículas capaces de reflexionar sobre la realidad, esa era toda la historia. Ahora que ya estamos familiarizados con los detalles, podemos dar nuestra versión más refinada, aunque provisional, de esa historia a través de un relato rápido, breve y, por la facilidad del lenguaje, con algunos tintes antropomórficos.

Hace unos 13.800 millones de años, dentro de un espacio en pleno furor inflacionario, la energía contenida en una nube minúscula pero ordenada de campo de inflatón se desintegró, se apagó la gravedad repulsiva, y se llenó el espacio de un baño de partículas, sembrándose de este modo la síntesis de los núcleos atómicos más simples. Allí donde la incertidumbre cuántica ocasionaba una densidad ligeramente mayor en aquel baño de partículas, el tirón de la gravedad, un poco más fuerte, persuadía a las partículas para que se reunieran en agregados cada vez mayores, formando estrellas, planetas, satélites y otros cuerpos celestes. La fusión dentro de las estrellas, así como infrecuentes pero poderosas colisiones estelares, juntaron aquellos núcleos simples en especies atómicas más complejas, las cuales, al caer en (al menos) un planeta en formación, fueron coaccionadas por el darwinismo molecular a ensamblarse en estructuras ordenadas capaces de replicarse a sí mismas. Las variaciones aleatorias de estas estructuras que resultaron ser más fecundas se esparcieron ampliamente.

Entre estas se encontraban vías moleculares para extraer, almacenar y dispersar información y energía, que son los procesos rudimentarios de la vida, que a través del largo viaje de la evolución darwiniana se fueron perfeccionando. Con el tiempo, surgieron seres vivos complejos y autónomos. Partículas y campos. Leyes físicas y condiciones iniciales. Hasta las honduras de la realidad que hemos explorado hasta el momento, no hay indicios de que exista nada más. Partículas y campos son los ingredientes elementales. Las leyes físicas inducidas por las condiciones iniciales dictan la progresión. Como la realidad es mecánico-cuántica, los mandatos de las leyes son probabilísticos, pero las probabilidades siguen estando rígidamente determinadas por las matemáticas. Partículas y campos hacen lo que hacen sin importarles el significado, el valor, la relevancia. Incluso cuando su indiferente progresión matemática produce la vida, las leyes físicas retienen el control total. La vida carece de la capacidad de interceder o rechazar o influir en las leyes.

Lo que la vida sí puede hacer es facilitar que grupos de partículas actúen de manera concertada y manifiesten comportamientos colectivos que, en comparación con el mundo inanimado, son novedosos. Las partículas que constituyen las caléndulas y las canicas siguen al pie de la letra las leyes de la naturaleza, pero las caléndulas crecen buscando el sol y las canicas no. Por medio de la fuerza de la selección, la evolución contribuye a modelar el repertorio de comportamientos de la vida, favoreciendo las actividades que mejoran la supervivencia y la reproducción. Entre estas, finalmente, se encuentra la capacidad de pensar. La capacidad de formar recuerdos, de analizar situaciones, de extrapolar a partir de la experiencia proporciona una poderosa artillería en la carrera armamentística por la supervivencia.

Mientras promueve una larga serie de victorias durante decenas de miles de generaciones, el pensamiento poco a poco se perfecciona en especies pensantes que adquieren diversos grados de conciencia de sí mismas. Las voluntades de esos seres no son libres en el sentido tradicional de eludir el despliegue dictado por la ley física, pero su estructura altamente organizada permite un amplísimo abanico de respuestas, desde las emociones íntimas a los comportamientos externos, que, al menos hasta el momento, no poseen las colecciones de partículas que carecen de vida o mente. Añadimos el lenguaje, y una de esas especies conscientes de sí mismas se alza por encima de las necesidades del momento y se contempla como parte de un despliegue del pasado al futuro. Ahora ganar la batalla ya no es lo único que importa. Ya no nos satisface el solo hecho de sobrevivir. Queremos saber por qué importa la supervivencia. Buscamos contexto. Indagamos la relevancia. Atribuimos valor. Juzgamos comportamiento. Perseguimos significado. De este modo, desarrollamos explicaciones sobre cómo se originó el universo, sobre cómo podría acabar. Contamos una y otra vez historias de mentes que se abren camino por mundos reales o ficticios. Imaginamos otras esferas pobladas por antepasados muertos o seres poderosos o todopoderosos que reducen la muerte a un paso más de una existencia perdurable. Pintamos y tallamos y grabamos y cantamos y bailamos para tocar esas otras esferas, o para rendirles homenaje, o simplemente para imprimir en el futuro algún testimonio de nuestra breve estancia bajo el sol.

Quizá estas pasiones arraigan y pasan a formar parte de lo que significa ser humano porque mejoran la supervivencia. Las historias preparan la mente para responder ante lo inesperado; el arte desarrolla la imaginación y la innovación; la música afina la sensibilidad a los patrones; la religión une a los adeptos en fuertes coaliciones. O quizá la explicación sea más mundana: algunas o todas las actividades podrían haber surgido y persistido porque aprovechan o van de la mano de otros comportamientos y respuestas que han desempeñado un papel más directo en la mejora de la supervivencia. Pero aunque su origen evolutivo siga siendo objeto de debate, estos aspectos del comportamiento humano ponen de manifiesto una generalizada necesidad de no quedarse en una mera supervivencia transitoria. Revelan un anhelo común por ser parte de algo más grande, algo más duradero. Valor y significado, decididamente ausentes de los cimientos de la realidad, se tornan intrínsecos de una inquietud que nos eleva sobre una naturaleza indiferente.

Mortalidad y significado

Gottfried Leibniz se preguntaba por qué hay algo en lugar de no haber nada, pero el dilema personal profundo es que los entes conscientes de sí mismos, como nosotros, acabamos disolviéndonos en la nada. Adquirir una perspectiva temporal implica percatarse de que la vivaz actividad que anima nuestra propia mente un día cesará. Contra el telón de fondo de esa consciencia, los artículos previos han explorado el despliegue completo de los tiempos, desde nuestro mejor conocimiento de sus orígenes hasta lo más cerca que nuestras teorías matemáticas pueden acercarnos a su final. ¿Seguiremos desarrollando nuestro conocimiento? Desde luego. ¿Mejoraremos o reemplazaremos detalles, algunos menores, otros más significativos? Sin duda. Pero persistirá el ritmo de nacimientos y muertes, emergencia y desintegración, creación y destrucción que hemos visto desplegarse a lo largo de los tiempos. El paso a dos de la entropía y las fuerzas evolutivas de la selección enriquecerán el camino del orden al desorden con prodigiosas estructuras, pero estas, no importa si son estrellas o agujeros negros, planetas o personas, moléculas o átomos, acabarán desapareciendo. Su longevidad varía enormemente, pero el hecho de que todos moriremos, el hecho de que la especie humana perecerá, el hecho de que la vida y la mente, al menos en este universo, casi con toda certeza se extinguirán, son resultados a largo plazo que, bajo la ley física, son comunes y esperados. La única novedad es que nos damos cuenta de ello.

Una esperanza frecuente pero escabrosa, contemplada con levedad por muchos y perseguida con intensidad por pocos, es que estaríamos mucho mejor si la muerte se apartase cortésmente de los asuntos humanos. Desde los antiguos mitos hasta la moderna ficción, los pensadores han cavilado sobre esta posibilidad. Quizá sea revelador que en estas indagaciones las cosas no suelan salir del todo bien. Los inmortales de la tierra de Luggnagg de Jonathan Swift siguen envejeciendo y son declarados muertos a los ochenta años, tras caer en la irrelevancia. Después de vivir más de trescientos años, la heroína Elina Makropulos de Karel Capek prefiere que la fórmula del elixir de la vida arda en llamas antes que seguir viviendo en un estado de profundo hastío. Habitante de un mundo infinito donde no existe la muerte, el protagonista de «El inmortal», de Jorge Luis Borges, escribe:

Nadie es alguien, un solo hombre inmortal es todos los hombres ... soy dios, soy héroe, soy filósofo, soy demonio y soy mundo, lo cual es una fatigosa manera de decir que no soy

También los filósofos han surcado estas aguas y nos han ofrecido valoraciones sistemáticas de la vida en un mundo sin muerte. Algunos, como Bernard Williams, inspirado por la adaptación a la ópera que hizo Leos Janácek de la obra de Capek, llegan a conclusiones igualmente sombrías. Williams argumenta que en un tiempo eterno cada uno de nosotros saciaría todas las metas que nos empujan a seguir, y quedaríamos apáticos ante una monótona y tediosa eternidad. Otros, como Aaron Smuts, inspirados en parte por el cuento de Borges, contienden que la inmortalidad despojaría las decisiones que dan forma a una vida humana (en qué pasar el tiempo y con quién) de las consecuencias esenciales que les confieren significado. ¿Tomamos la decisión incorrecta? No hay problema. Tenemos toda la eternidad para corregirla. La satisfacción de los logros también caería víctima de la inmortalidad. Los dotados de habilidades limitadas alcanzarían su potencial para luego experimentar una eterna frustración, y aquellos con habilidades capaces de profundizar sin límite sabrían que mejorarían continuamente, lo cual restaría valor a la sensación de logro que acompaña a la superación de las expectativas.

Pese a estas preocupaciones, sospecho que somos lo bastante ingeniosos (y dotados de tiempo sin fin lo seríamos aún más) como para llegar a realizarnos como inmortales. Nuestras necesidades y capacidades posiblemente se transformarían hasta hacerse irreconocibles, con lo cual toda valoración de lo que nos mantiene animados y motivados en el aquí y ahora tendría poca o nula relevancia. Si una joie de vivre eterna requiere de otras alegrías, las encontraríamos, las inventaríamos o las desarrollaríamos. Es solo una intuición, por supuesto, pero decidir que acabaríamos aburriéndonos me parece una visión indebidamente provinciana de la mente inmortal. Aunque la ciencia seguirá alargando nuestras vidas, nuestro viaje por el futuro lejano sugiere que la inmortalidad siempre quedará fuera de nuestro alcance. Pese a ello, pensar en la vida que nunca acaba clarifica la relevancia de la que sí lo hace. El destino imaginado del valor y significado de un mundo inmortal deja claro que, en uno mortal, comprender muchas de nuestras decisiones, elecciones, experiencias y reacciones nos obliga a verlas en el contexto de oportunidades limitadas y duraciones finitas. No es que hayamos de ponernos en pie cada día al grito de ¡Carpe diem! , pero el conocimiento profundo de que hay un número limitado de mañanas en que nos levantaremos infunde en nosotros un cálculo de valor intuitivo que sería muy distinto en un mundo con oportunidades ilimitadas. Las explicaciones que damos de los sujetos que estudiamos, los oficios que aprendemos, las obras que perseguimos, los riesgos que tomamos, las parejas a las que nos unimos, las familias que fundamos, las metas que nos marcamos, todo ello refleja el reconocimiento de que nuestras oportunidades son escasas porque nuestro tiempo es limitado.

Todos respondemos a ese reconocimiento a nuestra manera, pero hay cualidades comunes que impregnan el sentido humano del valor. Entre ellas está el anhelo asombrosamente fuerte y a menudo callado de un futuro poblado por descendientes que vivan cuando nosotros ya no estemos (aunque personalmente no lo comparto).

Descendencia

En una charla que di hace tiempo, me mostraba así de categórico: «La Tierra no es más que un planeta corriente en órbita alrededor de una estrella corriente en los arrabales de una galaxia corriente. Si un asteroide nos aniquila, el universo ni siquiera parpadeará. En el gran esquema de las cosas, sencillamente no importamos.» La crudeza fue bien acogida por algunos, imagino que por quienes se consideraban escépticos sensatos con el coraje suficiente para afrontar las realidades de la existencia. A otros, lamentablemente, mis comentarios les parecieron petulantes. O por lo menos a una persona de la audiencia, una mujer mayor que me reprendió por pisotear lo que ella describió como una necesidad esencial que todos tenemos de que la especie perviva. «¿Qué noticia le afectaría más? —me espetó—. ¿Saber que le queda un año de vida o que en un año la Tierra será destruida?»

En aquel momento respondí alguna cosa superficial al estilo de que eso dependería de si alguna de las dos posibilidades implicaba dolor físico, pero más tarde, meditando sobre la cuestión, me pareció inesperadamente esclarecedora. Un pronóstico terminal afecta a la gente de distintas maneras: ayuda a centrarse, proporciona perspectiva, alimenta el arrepentimiento, incita al pánico, brinda aplomo o inspira una súbita comprensión. Me pareció que mi propia reacción estaría entre esas. En cambio, la perspectiva de que la Tierra y toda la humanidad fuesen aniquiladas suscitaba en mí una reacción de otro tipo. La noticia haría que todo me pareciera inútil. Mientras que mi propia muerte acrecentaría la intensidad, dotando de significado momentos que de otro modo se habrían replegado en el devenir cotidiano, contemplar el fin de toda la especie me parecía que produciría lo contrario, una sensación de inanidad. ¿Todavía me levantaría cada mañana con ganas de seguir mis investigaciones de física?

Quizá por hacer algo familiar me resultaría reconfortante, pero sin nadie que siga construyendo a partir de los descubrimientos presentes, el deseo de incrementar el conocimiento se debilitaría. ¿Acabaría el libro que estaba escribiendo? Quizá por la satisfacción de no dejar cabos sueltos, pero sin nadie que pueda leer la obra acabada, perdería la motivación. El contraste en mi manera de reaccionar ante la noticia de mi propia muerte me sorprendió. Mientras que una de las alternativas parecía intensificar la conciencia del valor de la vida, la otra parecía apagarla. Desde entonces no pienso sobre el futuro de la misma manera. En aquel momento ya habían pasado muchos años desde mi epifanía de juventud acerca de la capacidad de la matemática y la física para trascender el tiempo, ya estaba convencido de la significación existencial del futuro. Pero mi imagen del futuro era abstracta. Era un territorio de ecuaciones, teoremas y leyes, no un lugar poblado de rocas, árboles y personas. No soy ningún platónico; no obstante, de manera implícita me parecía que la matemática y la física no trascendían solamente el tiempo, sino también las usuales manifestaciones externas de la realidad material. El escenario apocalíptico refinó mis razonamientos al hacer dolorosamente evidente que nuestras ecuaciones, teoremas y leyes, por mucho que beban de las verdades fundamentales, no poseen ningún valor intrínseco. No son, al final, más que una colección de líneas y garabatos trazados en pizarras o impresos en revistas y libros de texto. Su valor proviene de quienes las entienden y valoran; su mérito, de las mentes en las que habitan.

Este refinamiento en mi modo de pensar fue mucho más allá del papel de las ecuaciones. Al llevarme a imaginar un mundo sin nada o nadie que pueda recibir todo aquello que valoramos, sin nadie que pueda añadir su propia icónica huella y transmitirlo a generaciones futuras, el escenario apocalíptico revelaba hasta qué punto percibiríamos ese futuro como inane. Mientras que la inmortalidad del individuo desgasta el significado, la de la especie se antoja necesaria para preservarlo. No puedo saber cuán general sería esta reacción ante la noticia de un fin inminente, pero sospecho que sería común. El filósofo Samuel Scheffler se embarcó recientemente en una indagación académica sobre esta cuestión, explorando una variante de la pregunta planteada hace décadas. ¿Cómo responderíamos —nos pregunta Scheffler—, si nos dijesen que treinta días después de nuestra propia muerte se extinguirían el resto de los mortales? Es una versión más reveladora del escenario porque separa nuestra propia muerte prematura y, de este modo, sitúa un foco más estrecho sobre el papel de los descendientes como sostén del valor. La conclusión de Scheffler, cuidadosamente razonada, se hace eco de mis propias reflexiones:

Nuestras preocupaciones y compromisos, nuestros valores y juicios de valor, nuestro sentido de qué importa y qué merece hacerse, todo eso se forma y sustenta contra un telón de fondo en el que damos por hecho que la vida humana pervive y prospera ... Necesitamos que la humanidad tenga futuro para que la propia idea de que las cosas «importan» mantenga un lugar seguro en nuestro propio repertorio conceptual.

Otros filósofos han intervenido con opiniones que definen un abanico más amplio de perspectivas. Susan Wolf sugiere que reconocer nuestro destino compartido puede elevar la estimación hacia los otros hasta nuevas alturas, pero concuerda en que nuestra visión de un futuro poblado por humanos es esencial para el valor que asignamos a las empresas que acometemos. Harry Frankfurt ofrece una visión diferente: sugiere que muchas de las cosas que apreciamos no se verían afectadas por el escenario apocalíptico, en particular el arte y la investigación científica. A su entender, la gratificación intrínseca de estas actividades bastaría para que muchos siguieran dedicándose a ellas. Ya he ofrecido mi desacuerdo en cuanto a la investigación científica, lo cual me lleva a enfatizar una cuestión relacionada, no por obvia menos reveladora: la gente respondería a la noticia de formas muy diversas. Lo más que podemos hacer es intentar imaginar las tendencias predominantes. Para mí, y para muchos otros, entregarse a proyectos artísticos o académicos es formar parte de un prolongado, fértil y continuado diálogo humano. Aunque un artículo científico que pueda escribir no vaya a revolucionar el mundo, hará que me sienta partícipe de una conversación. Si descubro que soy el último en hablar, si sé que no habrá nadie más en el futuro que piense sobre lo que yo digo, me quedo con la duda de por qué habría de molestarme en decirlo.

En el escenario de Scheffler, al igual que en la pregunta que me plantearon hace años, los apocalipsis eran hipotéticos, pero las escalas de tiempo para la destrucción del mundo eran fáciles de asimilar. Los finales del mundo que exploramos son genuinos, pero sus escalas de tiempo los convierten en extraordinariamente remotos. ¿Afecta este colosal cambio de escala las conclusiones? Si la extinción inmediata de la humanidad haría que la vida careciera de sentido, lo mismo debería ser cierto aunque ese fin sea muy lejano. De hecho, como bien observa, a escalas de tiempo cósmicas una demora de unos pocos miles de millones de años no es nada. Estoy de acuerdo. Enfáticamente.

Como hemos visto una y otra vez, la idea de que una duración sea larga o corta carece de significado. Largo o corto es cuestión de perspectiva. El tiempo representado por la terraza de observación del Empire State Building, en la planta 86, es enorme bajo los estándares de la experiencia cotidiana, pero si la comparamos con el tiempo representado por la planta 100, es como comparar un parpadeo con diez mil siglos. La perspectiva humana nos lleva a emitir juicios que, aunque relevantes, son de miras estrechas. Por esa razón, veo la posibilidad de una aniquilación inmediata solamente como una herramienta que aprovecha una urgencia artificial para catalizar una respuesta auténtica. Nuestra intuición sigue siendo válida para el fin que aguarda a nuestros descendientes del futuro lejano; al fin y al cabo, ese futuro, visto desde un contexto mayor, «es» de aquí a un momento.

Aunque sin duda es difícil internalizar escalas de tiempo que rebasan ampliamente todo lo que experimentamos, el viaje que hemos emprendido ha salpicado la cronología cósmica con hitos que ayudan a hacer concreto lo abstracto. No puedo decir que posea un sentido innato de las escalas de tiempo que marca nuestra metáfora del Empire State Building del mismo modo que tengo un sentido de las escalas de tiempo de la vida cotidiana, de mi generación, o incluso de unas pocas generaciones, pero la secuencia de sucesos transformadores que hemos explorado proporciona asideros por los que agarrar ese futuro. No hacen falta cantos, y la posición del loto es opcional; basta con buscar un lugar tranquilo y dejar que la mente flote lenta y libremente por el tiempo cósmico, que se desplace por toda nuestra época y más allá, hacia la era de las lejanas galaxias en recesión, pasada la era de los majestuosos sistemas solares, pasada la era de las gráciles galaxias espirales, más allá de la era de las estrellas agotadas y los planetas vagabundos, más allá incluso de la era de los agujeros negros que relumbran y se desintegran. Y aún más hacia la extensión fría, oscura, casi vacía y potencialmente ilimitada donde los indicios de que alguna vez existimos se reducen a alguna partícula aislada que se encuentra aquí y no allá, u otra partícula aislada que se mueve en este sentido y no en aquel otro. Y para quien sea un poco como yo mismo y permita que esa realidad se asiente por completo, el hecho de que hayamos viajado hasta un futuro increíblemente remoto no disminuye apenas el temblor, ni tampoco la fascinación, que crece en nuestro interior.

En un sentido fundamental, la enorme vastedad de la escala de tiempo tan solo añade peso a la insoportable levedad del ser; en comparación con los tiempos remotos que hemos alcanzado, la época de la vida y la mente es infinitesimal. A las escalas que ahora consideramos, el tiempo transcurrido desde los primeros microbios al último pensamiento sería menor incluso que el que requiere la luz para atravesar el núcleo de un átomo. La duración entera de la actividad humana, tanto si nos aniquilamos nosotros mismos en el próximo siglo como si nos aniquila un desastre natural en los próximos milenios, o si de algún modo hallamos la manera de persistir hasta la muerte del Sol, el fin de la Vía Láctea o incluso el fin de la materia compleja, sería más fugaz todavía.

Somos efímeros. Somos evanescentes. Pero nuestro momento es insólito y extraordinario, y reconocerlo nos permite hacer de la impermanencia de la vida y de la escasez de la conciencia autorreflexiva el cimiento de la significación y el fundamento de la gratitud. Aunque anhelemos un legado perdurable, la claridad que conseguimos al explorar la línea del tiempo cósmica nos desvela que eso queda fuera de nuestro alcance. Pero esa misma clarividencia subraya el absoluto portento de que una pequeña colección de las partículas del universo pueda alzarse, examinarse a sí misma y a la realidad que habita, determinar su naturaleza transitoria y, en un fugaz estallido de actividad, crear belleza, desvelar conexiones e iluminar el misterio.

Significado

La mayoría de nosotros nos ocupamos calladamente de la necesidad de elevarnos por encima de lo cotidiano. La mayoría de nosotros permitimos que la civilización nos proteja de darnos cuenta de que formamos parte de un mundo que, cuando hayamos desaparecido, seguirá su curso sin apenas inmutarse. Enfocamos nuestra energía en aquello que podemos controlar. Hacemos comunidad. Participamos. Nos preocupamos. Reímos. Estimamos. Nos afligimos. Amamos. Celebramos. Consagramos. Nos lamentamos. Nos emocionamos con los logros, a veces los nuestros, otras veces los de quienes respetamos o idolatramos. Con todo ello, nos vamos acostumbrando a buscar en el mundo algo que nos emocione o nos sosiegue, que capte nuestra atención o nos transporte a otro lugar. Pero el viaje científico que hemos realizado sugiere con fuerza que el universo no existe para crear el entorno en el que florezcan la vida y la mente. Vida y mente no son más que un par de cosas que resulta que ocurren. Hasta que dejan de hacerlo. Solía imaginar que estudiando el universo, pelándolo capa a capa figurativa y literalmente, daríamos respuesta a un número de cómos suficientes para atisbar las respuestas a los porqués. Sin embargo, cuanto más sabemos, más parece que esa no es la actitud adecuada. Esperar que el universo nos abrace a nosotros, unos transitorios okupas conscientes, es comprensible, pero no es lo que el universo hace.

Aun así, ver nuestro momento dentro de contexto es comprender que nuestra existencia es asombrosa. Si ejecutáramos de nuevo el Big Bang pero cambiásemos ligeramente la posición de esta partícula o el valor de aquel campo, o casi cualquier otro cambio, el nuevo despliegue del cosmos no nos incluiría a ninguno de nosotros, ni a la especie humana, ni al planeta Tierra, ni a nada de lo que tanto apreciamos. Si una superinteligencia mirase el universo como un todo, igual que nosotros miramos una tirada de monedas como un todo o el aire que ahora respiramos como un todo, llegaría a la conclusión de que el nuevo universo se parece mucho al original. Para nosotros, sin embargo, sería radicalmente distinto. No habría un «nosotros» para percatarse de ello. Al desviar nuestra atención de los detalles finos, la entropía proporciona un principio organizativo universal para comprender las tendencias a gran escala en la transformación de las cosas. Pero así como no solemos preocuparnos de si una moneda particular sale cara o cruz, o de si una molécula de oxígeno concreta resulta estar aquí o allí, hay ciertos detalles finos que nos conciernen mucho. Profundamente.

Existimos porque nuestra particular ordenación de partículas le ganó la batalla a un fenomenal surtido de otras ordenaciones, todas compitiendo por realizarse. Por la gracia de un azar canalizado a través de las leyes de la naturaleza, somos nosotros quienes estamos aquí. Esto, una vez comprendido, encuentra eco en cada estadio del desarrollo humano y cósmico. Pensemos en lo que Richard Dawkins describió como la colección casi infinita de personas potenciales, de posibles portadores de la casi infinita colección de secuencias de pares de bases del ADN, que nunca llegarán a nacer. O pensemos en los momentos que conforman la historia del cosmos, desde el Big Bang hasta nuestro propio nacimiento y hasta el día de hoy, llenos de procesos cuánticos cuya implacable progresión probabilística en una serie casi ilimitada de encrucijadas podrían haber conducido a tal o cual resultado en lugar de este, dando lugar así a un universo igual de sensato, pero que no nos incluiría a ninguno de nosotros. Y, sin embargo, pese a este número astronómico de posibilidades y contra toda probabilidad, la que hoy existe es nuestra secuencia de pares de bases, nuestra peculiar combinación molecular. ¡Qué espectacularmente improbable! ¡Qué apasionadamente prodigioso!

Y el regalo es aún mayor: nuestras particulares combinaciones moleculares, nuestras ordenaciones químicas y biológicas y neurológicas específicas, nos brindan los envidiables poderes que han ocupado nuestra atención. Mientras toda la vida, en sí misma igualmente milagrosa, está atada a lo inmediato, nosotros podemos escapar al tiempo. Podemos pensar en el pasado, imaginar el futuro. Podemos asimilar el universo, procesarlo, explorarlo con cuerpo y mente, con razón y emoción. Desde nuestro solitario rincón del cosmos hemos usado la creatividad y la imaginación para dar forma a palabras, imágenes, estructuras y sonidos que expresen nuestros anhelos y frustraciones, nuestras confusiones y revelaciones, nuestros fracasos y triunfos. Hemos usado el ingenio y la perseverancia para alcanzar los límites mismos del espacio interior y exterior, para determinar leyes fundamentales que gobiernan cómo brillan las estrellas y cómo viaja la luz, cómo pasa el tiempo y se expande el espacio; unas leyes que nos permiten atisbar el universo un brevísimo momento después de su origen, para luego dirigir la mirada hacia el futuro y contemplar su final.

Todo este fabuloso conocimiento viene acompañado de preguntas profundas y persistentes. ¿Por qué hay algo en lugar de nada? ¿Qué desencadenó el origen de la vida? ¿Cómo surgió la conciencia? Hemos explorado un amplio abanico de conjeturas, pero las respuestas definitivas todavía nos eluden. Quizá nuestros cerebros, bien adaptados para sobrevivir en el planeta Tierra, sencillamente carezcan de la estructura necesaria para resolver esos misterios. O quizá, a medida que nuestra inteligencia siga evolucionando, nuestra relación con la realidad adquiera un carácter distinto por completo, con el resultado de que las preguntas que hoy nos parecen más imponentes se tornen irrelevantes. Puede ser. Pero el hecho de que el mundo tal como lo entendemos en la actualidad, con los misterios que quedan por resolver, persista con tan rigurosa coherencia matemática y lógica, y el hecho de que hayamos logrado descifrar tanto de esa coherencia, me sugiere que ninguna de esas dos posibilidades es correcta.

No nos falta capacidad mental. No estamos mirando la pared de Platón, inconscientes de una forma de verdad radicalmente distinta, apenas fuera de nuestro alcance, con el poder de proporcionarnos de repente una sorprendente nueva claridad. Nos precipitamos hacia un cosmos frío y yermo, pero debemos aceptar que no hay ningún gran diseño. Las partículas no están dotadas de propósito. No hay ninguna respuesta final que aguarde en las profundidades del espacio a que la descubramos. Solo hay que ciertas colecciones especiales de partículas pueden pensar, sentir y reflexionar y pueden, dentro de esos mundos subjetivos, impartir sentido. Y así, en nuestro empeño por explorar el fondo de la condición humana, la única dirección a la que cabe dirigir la mirada es hacia el interior. Ese es el sentido noble al que mirar.

Una dirección que renuncia a respuestas hechas a medida para volcarse en el personalísimo viaje de construir su propio significado. Una dirección que nos lleva al corazón de la propia expresión creativa y a la fuente misma de nuestros relatos de mayor resonancia. La ciencia es una herramienta poderosa y exquisita para aprehender la realidad externa. Pero dentro de ese marco, dentro de ese conocimiento, todo lo demás es la especie humana contemplándose a sí misma, aprendiendo lo que necesita para seguir adelante y contando una historia que resuena en la oscuridad, una historia esculpida en sonido y tallada en silencio. 

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