SOBREVIVIR AL SIGLO XXI

 

El análisis de las visiones más recientes de la Física y la Cosmología, la Geología y la Biología Evolutiva, la Antropología Cultural, la Sociología y La Psicología Histórica, la Sinergética y las Matemáticas nos lleva a una conclusión impactante: exactamente en este siglo se completa un ciclo de cuatro mil millones de años en la evolución de nuestro planeta y la humanidad se enfrenta a una singularidad histórica sin precedentes. La magnitud del salto evolutivo en que estamos involucrados podría compararse nada menos que con el surgimiento de la vida en la tierra. Pero la resolución favorable de semejante encrucijada depende de que los humanos seamos suficientemente inteligentes como para no autodestruirnos con las propias armas: atómicas, químicas, biológicas, nanotecnológicas… o informacionales. ¿¿Sobrevivirá la civilización humana al siglo XXI?, ¿esta hoy la consciencia en condiciones de encontrar nuevos significados, sentidos y valores que permitan al ser humano superar toda forma de violencia y discriminación, para proyectarse a un nuevo estadio evolutivo… tal vez de alcance cósmico?

Con la «futurología» contemporánea puede saberse todo sobre el futuro. O casi todo. Qué población habrá en el planeta, cuántos profesarán cada religión, cuánto petróleo nos queda, cuánta agua potable y hasta cuánto oxígeno en la atmósfera; cuál será el potencial económico de Rusia, USA, China y España; los índices están ya calculados para cien años y aún más. Conozco una monografía en la cual el curso de los acontecimientos mundiales está detallado hasta el año 3000.

En estos casos cae por su peso que, dentro de un siglo, el mundo continuará dividido en países y naciones, razas y confesiones; y las necesidades de las personas, físicas y otras, serán idénticas a las actuales. También las tareas parecen ser invariables: limitar la natalidad, minimizar el consumo de recursos naturales, evitar la guerra nuclear… El futuro es visto como un mundo bien conocido, corregido para mejor o (más frecuentemente) para peor. Los modelos de pronóstico, publicados por serios globalistas, no pueden ser denominados lineales en el sentido literal de la palabra por cuanto se proponen variantes y escenarios alternativos: el viejo determinismo ya no está de moda. Sin embargo, al revelar el componente no-lineal en cualquier proceso real, es también importante distinguir los gradientes de no-linealidad. Esta diferenciación es la particularidad decisiva de los modelos destinados a establecer los crecimientos hiperbólicos, las fases de bi y polifurcación. El modelo en el cual el gradiente de no-linealidad del proceso descrito está subestimado puede ser considerado como lineal situacional, y precisamente esta insuficiencia caracteriza hoy a la mayoría de los pronósticos globales…

La guerra nuclear, el agotamiento global de los recursos y la «explosión demográfica» fueron los desafíos del siglo XX; los cuales, en términos generales, pudieron ser superados por la civilización planetaria. Y gracias a ello, se pudo transitar suavemente hacia el nuevo siglo. Pero el siglo XXI trajo consigo nuevas amenazas, las cuales frecuentemente no son advertidas por los globalistas, al concentrar por inercia su atención en los problemas anteriores. Considerar a las nuevas amenazas como una simple continuación de las anteriores es posible solo por cuanto la historia es un proceso continuo. Caracterizarlas como «aún más» graves y palpitantes sería una retórica vacía. Es difícil imaginar una situación más grave que aquella crisis de los misiles en Cuba, aunque en la actualidad un desatado Donald Trump pone una duda razonable a esta afirmación. Otros problemas de actualidad más palpitante son la contaminación atómica de la atmósfera, el suelo y el océano como resultado de los ensayos nucleares; o la destrucción de la biosfera por una producción agrícola e industrial ecológicamente irracional, en la forma como se organizó en vísperas de los años 60 del siglo pasado.

La existencia en la «anamnesis» (la anamnesis es el proceso fundamental en medicina donde un profesional sanitario recopila información detallada sobre la historia clínica de un paciente), de la humanidad de experiencias exitosas de superación de las crisis es esperanzadora, pero no asegura la tranquilidad para el futuro. Una serie de cálculos independientes ha mostrado que la evolución global entra en un régimen de crisis inédito por su magnitud, el cual debería alcanzar su límite matemático («punto de singularidad») a mediados del siglo XXI. Asoma en el horizonte una transición de fase de dimensiones y significado nunca vistos en la historia del ser humano ni de la biosfera.

¿Y qué vendrá luego? ¿El recambio de cuatro mil millones de años de evolución por un período de degradación, más o menos intensa, de la sociedad humana y la naturaleza? ¿La puesta en marcha de un mecanismo que garantice el sostenimiento del sistema en el pico de complejidad alcanzado? ¿El salto hacia una realidad cualitativamente nueva y aún difícil de imaginar? Para analizar los atractores del desarrollo venidero de los acontecimientos y las condiciones de las cuales puede depender el tránsito de la civilización planetaria hacia uno u otro atractor, utilizamos tres herramientas mutuamente complementarias.

En primer lugar, el modelo de la Historia del Universo (Megahistoria), que abarca la máxima distancia retrospectiva alcanzable hoy: desde la formación de los núcleos atómicos, las galaxias y las estrellas, hasta la civilización postindustrial. En segundo lugar, el método sinergético (la teoría de la complejidad), que posibilita una visión interdisciplinaria del objeto de estudio y ayuda a revelar el complejo mecanismo de agudización y resolución de las crisis en los diferentes estadios de la evolución universal. En tercer lugar, la Psicología Evolutiva, que demuestra cuán sostenidamente fue creciendo el rol de la realidad subjetiva (los «factores mentales») en las relaciones causales del mundo material.

Habiendo reemplazado, de tal manera, el prisma biocentrista por la evolución progresiva, vemos en la Tierra no solamente una biosfera mutilada, sino también una antroposfera en desarrollo (entre costos y crisis de crecimiento). Un sistema cualitativamente más complejo en el cual la Biota representa una de las estructuras portadoras. Veremos que los problemas ecológicos (incluidas las crisis y catástrofes) no solo reflejan las contradicciones entre sociedad y naturaleza, sino que siempre se han convertido en una proyección de las disonancias internas en la cultura espiritual.

 En las últimas décadas del siglo XX ,la potencia explosiva total de las  cabezas nucleares acumuladas en el mundo era equivalente a 1,2 millones de bombas de Hiroshima y el 1% del potencial militar existente era suficiente para la irrupción de un «invierno nuclear» en el planeta. Esta conclusión, inicialmente expresada por Carl Sagan, fue confirmada por cálculos posteriores . Es preciso repetir que los más de 20 millones de víctimas de los conflictos armados locales, a través de los cuales se lograron canalizar las contradicciones entre las superpotencias, se convirtieron en una suerte de defensa ante la amenaza de colapso nuclear. Por más monstruosas que hayan sido las pérdidas humanas, el balance positivo de la así llamada Guerra Fría no debe ser menospreciado. En los últimos decenios se produjo una adecuación cultural y psicológica al armamento más destructivo de la historia, luego de lo cual también este, como antes sucedió con todos los demás tipos de armamento, se convirtió en un factor protector de la vida, en un freno para las ansias agresivas.

La victoria de uno de los bandos, inesperada para muchos, provocó un nuevo pico de ambiciones geopolíticas, una búsqueda irracional de «pequeñas guerras victoriosas» y demás síntomas del síndrome pre-crisis. Hacia finales de los años 1990, la euforia de onmipotencia redujo sensiblemente el nivel intelectual de las decisiones en materia de política exterior: los núcleos de poder en EEUU, que antes temían la infiltración comunista y estaban orientados (como también en la URSS) al sostenimiento del status quo, ahora se lanzaron a agitar la situación al azar, cuándo y dónde les resultaba posible. La «democracia», en la visión norteamericana, se convirtió en un fetiche ideológico por medio del cual se racionalizan decisiones claramente impulsivas. Los grandes maestros del ajedrez mundial que entre los años 1960-1980 planeaban combinaciones de muchos movimientos anticipados —complejas intrigas sutilmente calculadas— dejaron el lugar a jugadores de cuarta categoría, incapaces de prever las posiciones en el tablero más allá del movimiento inmediato.

Esto se hizo muy evidente en 1999 con la agresión a Yugoslavia y la consecuente serie de aventuras políticas internacionales. Los sponsors de los guerreros albaneses no calcularon que convertirían a Kosovo en un mercado de órganos humanos. Más adelante, el derrocamiento del régimen de Saddam Hussein convirtió al estado laico de Irak en un nido de fanáticos religiosos; el cual, de la mano de presidentes norteamericanos que han perdido todo sentido de realidad, se sigue ampliando año a año (Libia, Siria, etc.). En enero de 2011 cualquier estudiante de doctorado en asuntos orientales comprendía que la caída de Hosni Mubarak llevaría al poder en Egipto a extremistas que romperían los acuerdos con Israel, implantarían las leyes de la Sharia, etc.; sin embargo, los periodistas estadounidenses alentaban a las hordas agresivas en la Plaza Tahrir, mientras aclamaban la «victoria de la democracia».

A finales de 2013, al fomentar los disturbios en la Plaza Maidán de Kiev, los políticos occidentales seguramente no pretendían provocar una guerra en el centro de Europa o el desmembramiento de Ucrania (con la perspectiva de una reacción en cadena de límites políticos inmanejables); ellos, como otras veces, intervinieron compulsivamente en los acontecimientos, sin estudiar el país ni la situación planteada. Y huelga pensar que alguien haya planificado ver Europa inundada por refugiados provenientes de las guerras y «revoluciones» provocadas en Cercano Oriente y África del Norte. La invasión de Ucrania y la actual guerra perpretada por Putin en la actualidad dinamita todo lo relatado en el 2013.

A pesar de la intención, en politólogos y periodistas occidentales, de adjudicar a los poderes norteamericanos planes a largo plazo, en la práctica observamos acciones impulsivas, como resultado de las cuales la superpotencia cada vez empuja a las distintas regiones, una tras otra, hacia el abismo del caos (Trump, ejemplo paradigmático). La esperanza en un mundo multipolar, que surgiera a finales de los años 1980, no se llega a concretar. La geopolítica sigue siendo bipolar por su matriz mental («ellos» - «nosotros»); el nicho liberado por la caída de la URSS comenzó a ser ocupado por grupos terroristas que habían sido creados por las dos superpotencias enfrentadas y ahora quedaron fuera de control.

Es preciso constatar que el pico histórico de no-violencia, alcanzado en la primera década del siglo XXI, ha quedado atrás: desde 2011 los conflictos armados se han intensificado y el derecho internacional, así como la geopolítica estable al estilo de los años 1970-80, se han convertido en un recuerdo nostálgico. Si en los próximos años no se forma una fuerza colectiva predecible y en su sano juicio que pueda oponerse a los poderes estadounidenses envalentonados por la euforia, en lugar de fanáticos irresponsables, la patología de los polos amenaza con la quiebra del sistema geopolítico mundial. A esto se agrega una amenaza global más, tampoco reflexionada lo suficiente. Después de la adecuación cultural y psicológica a la amenaza nuclear, el desarrollo ulterior de las tecnologías difuminó los límites entre el instrumental productivo, el cotidiano y el militar, así como en la vida política se borraron las fronteras entre los estados de guerra y de paz; en este sentido la espiral dialéctica nos devolvió a la situación de la antigua Edad de Piedra. Por una parte, se elaboran armamentos cada vez más sofisticados y baratos: minibombas atómicas, nanotecnologías, robótica, ingeniería genética, ataques informáticos sobre los sistemas de soporte vital, etc. Por otra parte, el acceso a la información se facilita, atravesando las fronteras de los estados, las naciones, las culturas e incluso los niveles educativos.

Los misiles balísticos, las cabezas nucleares y toda la infraestructura relacionada solo estaban al alcance de estados muy ricos que destinaban a ello una buena parte de sus presupuestos nacionales; al mismo tiempo, la información necesaria para su producción se podía guardar en no más de siete páginas de texto de alto secreto. La situación comenzó a cambiar resueltamente con el desarrollo de las redes informacionales y con la caída del mundo bipolar anterior. Los nuevos medios de destrucción masiva, escapando del control de los estados y gobiernos responsables, pasa a manos de grupos terroristas informales, alguna vez nutridos por los servicios de espionaje de los bloques militares enfrentados y que luego comenzaron a crecer como hongos después de la lluvia. Por cuanto los límites entre las situaciones socio-políticas y los tipos de tecnologías están hoy borrosos, ya no se requiere para la autodestrucción de la civilización planetaria una guerra nuclear total, como la que fue posible evitar medio siglo atrás.

En una perspectiva no muy lejana, las tecnologías multifuncionales pueden volverse accesibles para «genios» informáticos poseedores de un enorme potencial, informativo y tecnológico, pero que no cuentan con la necesaria responsabilidad política ni la experiencia de pronosticar complejamente las consecuencias de sus acciones. Por lo demás, puede que para esto ni sean necesarios los «genios». Por ejemplo, Eliezer Yudkowsky, interpretando de modo original la «ley de Moore», advierte que «cada dieciocho meses el nivel mínimo de coeficiente intelectual suficiente para destruir el mundo disminuye en un punto».

Alguien dijo que el arte sin talento es ilógico, pero predecible; el arte talentoso es lógico y predecible; y el arte genial es lógico, pero impredecible. Estas pueden ser consideradas alegorías de los atractores simple, horizontal y vertical. Como sabemos, la evolución realiza las tres variantes y una obra de arte genial es precisamente el análogo del atractor extraño vertical: cuando un sistema muy complejo en fase de crisis endo-exógena «convierte lo impredecible en inevitable» (una de las definiciones de creatividad); es decir, al perfeccionar cualitativamente los mecanismos antientrópicos, restablece la estabilidad en un nivel más alto de no-equilibrio con el entorno.

A la gente de las generaciones mayores les viene ante todo a la cabeza la imagen de la guerra nuclear como era vista algunas décadas atrás. En aquel entonces tal argumento pudo realmente haberse materializado, pero ya hoy es poco probable. Recordando una vez más las diferencias entre los conceptos «amenaza» y «peligro» notamos que, aunque la amenaza de los misiles balísticos no haya sido eliminada, la adecuación cultural y psicológica de la sociedad mundial hacia este tipo de armamento ya se ha realizado, reduciendo este peligro al mínimo. Al mismo tiempo, la indefinición de los límites entre las situaciones de guerra y de paz mencionada más arriba, como así también entre tecnologías militares y no militares, crea nuevas amenazas, para cuya adecuación cultural y psicológica queda cada vez menos tiempo. Los sociólogos han registrado un efecto único de nuestra época, que ha sido denominado extrañamiento tacogénico (del griego tachos: velocidad): a la conciencia de un hombre adulto cada vez le resulta más difícil seguir los acelerados cambios de la realidad social.

Esto puede llevar a la autoexclusión involuntaria de una población cada vez más envejecida de los problemas candentes de la sociedad, cuya iniciativa de solución se traslada a una juventud tecnológicamente capacitada pero no lo suficientemente experimentada en los asuntos sociales. Los nuevos peligros mortales para la civilización están relacionados con la dificultad de control civil sobre el desarrollo y utilización de altas tecnologías, atractivas para los grupos terroristas. El refuerzo del componente informacional en los conflictos armados —hasta el punto de «convertir a la guerra en un reality-show»— permite una significativa limitación de las víctimas humanas. Esta tendencia favorable puede ser complementada con el perfeccionamiento de los medios nanotecnológicos de protección individual o con la producción de avatares que reemplacen a los soldados humanos en el campo de batalla.

Pero esa misma nanotecnología es aplicable en funciones exóticas y mucho más peligrosas. Por ejemplo, los nanorobots, capaces de realizar una verdadera revolución en materia de energía, genética y medicina, pueden convertirse en nanobacterias que maten selectivamente a la gente según sus particularidades genéticas (por ej. raciales, etc.). Como ya hemos dicho, peligros de ese tipo aumentan en varias magnitudes por la circunstancia de que la producción de novísimo armamento, que no requiere de grandes gastos financieros o energéticos, puede darse como fruto de «travesuras» de cabezas socialmente inmaduras provistas de potentes tecnologías informáticas. Y claro, aumentan también por el hecho que el «fin de la geografía» hace a nuestro planeta inéditamente pequeño y a su máximo exponente, la antroposfera, extraordinariamente vulnerable.

Huelga repetir que el bloqueo voluntario del acelerado progreso tecnológico, si es que fuera realizable, solo profundizaría las amenazas; por cuanto sin las novísimas tecnologías no es posible resolver los crecientes problemas globales. Lo limitado de los recursos, energéticos y otros, inevitablemente provocaría el agravamiento de los conflictos por los medios «tradicionales» (entre los cuales ya están los misiles atómicos) y la acumulación de la carga genética, un camino directo a la degradación de la población de los países desarrollados. La esperanza en que más tarde tribus primitivas sienten las bases para una civilización «más humana» es falsa, al menos porque su siglo tampoco será largo: las reservas acumuladas de armas nucleares, químicas y biológicas, el combustible para los reactores nucleares y otros productos peligrosos, ya fuera de vigilancia profesional, harán sentir su presencia también. Por ello, tampoco la «suspensión» temporaria del proceso evolutivo que pudo tener su lugar en etapas anteriores aparece ahora como real.

Ni es el caso ilusionarse con que la naturaleza engendre alguna vez a un nuevo ser humano «no agresivo». El problema no está solamente en que desde la naturaleza, colmada por una feroz competencia (sobre la cual se construyen también las relaciones de cooperación), no hay modo de engendrar un portador de intelecto instrumental que sea pacífico desde su origen. Más importante aún es otra circunstancia, sobre los «últimos segundos geológicos» de la biosfera, condenada a la extinción por la reducción de oxígeno en la atmósfera debido a la disminución de la actividad volcánica en los últimos 100 millones de años. Otro geofísico, reflexionando sobre la «función biosférica de la humanidad», expresó una hipótesis audaz: la naturaleza conformó con perspicacia una especie muy particular llamada a desarrollar la producción industrial y, con ella, llenar nuevamente la atmósfera de la Tierra de СО2, para así restablecer la actividad de la vegetación verde. La hipótesis, claro, es discutible (le adjudica a la biota la exagerada capacidad de modelación anticipada), pero su autor se basa en el resultado confiable de los cálculos realizados: la vida en la Tierra, libre de influencia antropogénica, se extingue en los próximos millones de años. De tal manera, debemos reconocer que, si hace medio siglo la humanidad estaba amenazada por una «explosión», hoy es más bien un «sollozo» el final más probable de la historia humana y de toda la evolución planetaria.

Alexander Panov se inclina a pensar que la curva que refleja la trayectoria de la evolución planetaria tomará una forma logística; es decir, a medida que se acerque a la singularidad calculada, la línea se convertirá suavemente en una horizontal. Esto debe implicar un significativo cambio en los vectores anteriores de la evolución progresiva. La ciencia como forma de la conciencia social se agota y se convierte en otras formas (o deja su liderazgo en calidad de factor de desarrollo); y las tecnologías se reorientan desde la intervención cada vez más profunda en los procesos físicos y biológicos hacia otros objetivos, por ejemplo, en la búsqueda de contactos con otras civilizaciones cósmicas. Se asumió tácitamente que, hacia mediados del siglo, el avance de la ciencia y las tecnologías basadas en ella permitirán resolver los problemas globales sin los costos que en la historia anterior invariablemente acompañaron la superación de las crisis. Como resultado, la civilización entrará en una fase de autorregulación sostenida a largo plazo.

Una de las posibles precisiones de tal cuadro nos la presenta la hipótesis del fisico Paul Davies, expuesta en una charla con su colega Michio Kaku [2014]: las civilizaciones cósmicas muy avanzadas seguramente han creado realidades virtuales mucho más fascinantes y por ello dejan en paz nuestra realidad «material». En este caso se trata ya de un atractor extraño horizontal: el estado se estabiliza en el punto superior de no-equilibrio exterior. En el gran salto histórico que se prevé, incluso en el escenario óptimo, a la humanidad le será necesario entregar ofrendas «cualitativas» muy importantes, lo cual difícilmente cause satisfacción a la mayoría de nosotros. Los antropólogos saben cuán difícil es hablarle a un cazador primitivo sobre la ganadería y la agricultura; y cómo estas dificultades de entendimiento mutuo más de una vez sirvieron como excusa para el exterminio masivo de los aborígenes por parte de los agricultores inmigrados de Europa. Así de difícil es hablar de la conciencia moral y la individualidad con una persona de la época pre-axial, describir las realidades de la sociedad industrial y de la información a un agricultor medieval o un terrateniente, etc. Los intentos serían aún menos fructíferos si los llevara adelante un contemporáneo desconocedor del futuro y que se basara exclusivamente en extrapolaciones imaginarias.

En esto precisamente consiste la dificultad radical de la pronosticación actual; con el agregado de que delante nuestro hay una «Gran Singularidad», a diferencia de las «pequeñas singularidades» que dividieron las anteriores épocas socio-históricas. Si los acontecimientos van a desarrollarse según el escenario óptimo (de sostenimiento), en los próximos decenios será necesario replantear categorías tan fundamentales de la cultura como ser humano; dios; animal y máquina; vida, muerte e inmortalidad; conciencia y mente; alma, espíritu y espiritualidad; artificial y natural, etc. En calidad de ilustración lejana recurriremos a las discusiones, ya de muchos años, alrededor del concepto de «inteligencia artificial». La imposibilidad de la inteligencia artificial se ha venido demostrando hace más de medio siglo por medio de la Filosofía, la Psicología e incluso las Matemáticas, considerando a lo «artificial» como sinónimo de «hecho por las manos del hombre», es decir, una combinación externa de elementos. Por su parte, los autores que admiten la perspectiva de la inteligencia «de las máquinas», usualmente esbozan en nuestra imaginación sujetos agresivos que exterminan a su constructor imperfecto o que empujan a los últimos sobrevivientes humanos hacia el zoológico. En algunos esto provoca un temblor de fatalidad; en otros, la predisposición hacia una confrontación agresiva. Pero lo más gracioso es leer los textos de los «futurólogos», quienes describen el desplazamiento de los seres humanos por parte de los «cyborgs» con un sabor de anticipación masoquista.

Es probable que en todas estas visiones se manifieste un miedo atavista ante el doble, que se conserva en nosotros desde el Paleolítico y se expresa tanto en forma directa como invertida. La forma invertida es aquella misma identificación defensiva con el agresor, similar a cómo los prisioneros de los campos de concentración se enamoraron de los SS y también los imitaron. Estos miedos humanos, estos ánimos agresivos y sus formas clínicamente transformadas pueden representar un peligro más grande para la civilización que la antropofobia mítica de una inteligencia «electrónica». En mi opinión, el paradigma confrontativo está debido precisamente a la dramatización de la dicotomía «artificial–natural». Estudiando las metamorfosis evolutivas nos convencemos que llamar «natural» a la inteligencia del ser humano actual es posible solo si se introducen aclaraciones muy significativas. Más precisamente, su base material está constituida por un sustrato de proteínas y carbohidratos (el cerebro) y está en parte orientada a la satisfacción de las necesidades fisiológicas (aunque culturalmente transformadas); con estas dos condiciones se agota la similitud esencial entre el intelecto de un ser humano adulto y el intelecto natural de un mono salvaje o un delfín.

La desnaturalización de la existencia y del cuerpo durante cientos de miles de años ha afectado ante todo al psiquismo humano. Según datos y observaciones experimentales, «no solo los procesos complejos, sino también aquellos que tradicionalmente se consideran elementales, tienen carácter intermediado»; es decir, por su contenido y mecanismos todos los actos psíquicos en el ser humano están enteramente semantizados, intermediados por vínculos sociales interiorizados, siendo productos y hechos de la cultura. Incluso los reflejos genéticamente heredados (incondicionados) son activados por la actualización de las imágenes correspondientes y pueden ser bloqueados o modificados por el recambio de la imagen dominante con ayuda de diferentes métodos, desde la hipnosis hasta los esfuerzos voluntarios conscientes. En correspondencia con ello se corrigen el contenido, la intensidad e incluso la valencia (agrado-desagrado) de las vivencias emocionales.

En pocas palabras, el pensamiento, la memoria, la percepción, la sensación del ser humano actual son ya hace largo tiempo fenómenos artificiales; y en los experimentos para educar antropoides en la lengua de señas vemos un impresionante intento de construir un intelecto artificial a partir del cerebro de un mono. En la medida de la evolución social, se ha ido activando en la estructura de los portadores materiales de memoria una creciente diversidad de «textos» artificiales —desde los primeros utensilios estandarizados (el hacha de mano) hasta los archivos computacionales— preparando las premisas evolutivas para la ulterior simbiosis «hombre-máquina». Sin embargo, la era cibernética comenzó con la formulación de Alan Turing del principio fundamental del Funcionalismo isomorfo y todavía en sus inicios, John von Neumann predijo teóricamente que el crecimiento cuantitativo de potencia y velocidad de las IBM llevaría hacia efectos cualitativos impredecibles e incontrolables. También Norbert Wiener previno acerca del peligro de semejante giro de los acontecimientos.

Según la ley de Moore (más exactamente, una regla empírica, que fue establecida por primera vez en 1965 y que «como un metrónomo fue dando el tempo de desarrollo de la civilización actual», la potencia de las computadoras se duplica cada año y medio aproximadamente. Si se fija en un gráfico construido a escala logarítmica la disminución de precios de los chips informáticos, como así también el aumento de su velocidad, potencia de procesamiento de datos y memoria, resulta que los datos para los últimos cincuenta años se ajustan admirablemente a una recta. Más aún, si agregamos a este gráfico las computadoras a válvulas e incluso las calculadoras mecánicas, resulta que la recta de Moore se puede extender más de 100 años hacia atrás.

¿Pero cuán lejos se la puede extender hacia el futuro? El mismo Gordon Moore sugirió en 2007 que la acción de la «ley» quedaría cancelada dentro de 10-15 años, por cuanto la miniaturización de los transistores no puede continuar indefinidamente. Pero todo esto en el caso que no sean halladas soluciones técnicas cardinalmente nuevas; y ellas, posiblemente ya estén en foco. Según Raymond Kurzweil, la Ley de Moore es en realidad solo una de muchas funciones logísticas, con cuyo agotamiento comenzará a actuar un nuevo paradigma exponencial (la cascada de curvas S) . En todo caso, por sus cálculos, publicados en 2005, hacia el año 2015 la complejidad de los sistemas de cálculo debería superar la complejidad del cerebro de una rata; hacia el 2027, la del cerebro humano y hacia el 2045, la complejidad integral de todos los vínculos neuronales de la población terrestre. Aunque las bases de los cálculos no son indiscutibles, sus resultados dan que pensar.

Paralelamente, se llevan adelante trabajos para la formación de un modelo reflexivo del mundo, de simulación de necesidades para establecer objetivos autónomos, de capacidades de autoaprendizaje para la evaluación de la eficacia de las acciones, de la relación entre tareas particulares y generales, y de los análogos a los resultados de satisfacción/insatisfacción emocional. La inclusión en la construcción electrónica de moléculas proteínicas (biochips), se espera que un computador así engendrado podrá guardar en su memoria una información que supera (en bits) a la cantidad de partículas en el Universo y procesarla millones veces más rápido que su predecesor electrónico. Por ahora, los trabajos prácticos en este campo dan resultados contradictorios. En las obras de Kurzweil, complejidad y potencia a menudo se presentan como índices directamente proporcionales, si no idénticos, lo cual es discutible.

La última reflexión es significativa a la luz de la así denominada concepción cuántica de la conciencia. Roger Penrose [2011], desarrollando el teorema de incompletitud de Gödel, demostró que un autómata de la más alta potencia imaginable es incapaz de realizar algunas funciones del cerebro. Según su hipótesis, el funcionamiento del cerebro y el psiquismo está vinculado con efectos cúantico-gravitacionales en las estructuras subcelulares de las neuronas; efectos esencialmente inaccesibles a la formalización exhaustiva, el cálculo y la representación logarítmica. En consecuencia, una inteligencia de pleno grado (Inteligencia Artificial Fuerte), no es posible sin un portador orgánico. El argumento decisivo de Penrose está construido sobre la oposición discreta entre lo artificial y lo natural, excluyendo la evolución de encuentro y la compenetración mutua.

Semejante construcción futurológica está basada en la convicción que la razón y la moral son sustancias externas relativas una de otra. Charles Darwin realmente consideraba que las tribus y razas más retrasadas estaban condenadas a la extinción. Y cómo no: los poderes de EEUU, contemporáneos al gran científico, le pagaban oficialmente a los ciudadanos blancos un premio por cada cuero cabelludo indígena; mientras tanto, en otros continentes, se ejecutaba el fusilamiento banal de los aborígenes molestos. No han pasado cien años desde el momento cuando los intelectuales ingleses coqueteaban con las teorías de la «eugenesia negativa». Así vemos cuánto han cambiado las visiones, valores y normas en no más de un siglo o siglo y medio.

La razón y la regulación cultural no están separadas una de la otra. Las limitaciones culturales de la agresión fueron derretidas por la razón en el horno de las más graves crisis y catástrofes antropogénicas, tomaron forma con el aumento del volumen informacional (en parte, del horizonte temporal de las relaciones reflejadas) y se montaron «post-voluntariamente» en la profundidad del subconsciente. El enigma de Sócrates sobre el crecimiento conjugado de conocimiento, sabiduría y moral se confirma por la enorme experiencia de la historia social; y no hay razones para pensar que la modificación del sustrato material haga olvidar a la mente su propia historia. La inteligencia «suprahumana», como también la inteligencia humana, necesitan reguladores humanitarios proporcionales al potencial instrumental: un agresor primitivo que controlara flujos inimaginablemente potentes de energía resultaría inviable.

De tal manera, la agresión mortal contra la humanidad por parte de robots desagradecidos es un argumento tan cinematográfico como inverosímil. El desarrollo enfrentado de las dos tendencias —la desnaturalización del cuerpo humano (y el intelecto) y la «animación» de sistemas informáticos secundarios— con la perspectiva de una simbiosis productiva, podría marcar la transición de la Megahistoria hacia un nuevo estadio «post-humano». Es cierto que semejante alternativa de degeneración del ser humano como especie biológica no es hoy capaz de inspirar a muchos, pero parece que de todos modos no sería la línea más chocante del futuro universal.

Introduciré solo un ejemplo, fantástico, aunque no del todo infundado. La correlación sucesivamente cambiante entre los factores material-energético y virtual constituye el vector principal de desarrollo y que este proceso se acelera intensivamente. La hipótesis mencionada más de una vez acerca de la multidimensionalidad del Universo temprano presupone también que, en la escala de 10-33 cm (la longitud de Planck), el espacio se vuelve multidimensional y carente del parámetro temporal. Una premisa similar contienen la mayoría de los modelos coherentes de la cosmología cuántica. El dominio instrumental de escalas ultra-pequeñas podría cambiar radicalmente el estado, tanto del Universo, como de la mente (¿suprahumana?). Por una parte, la penetración en otras dimensiones espaciales podría eliminar la limitación en la velocidad de trasmisión de la señal —esto infringe tan poco la teoría de la relatividad, como un avión la teoría de la gravitación—; y entonces la actividad mental se convertiría en un factor Metagaláctico. Dicho sea de paso, se vincula la superación de la velocidad de la luz con las «imposibilidades de 2.ª clase» (es decir, realizables con mayor probabilidad que, por ejemplo, la «predicción del futuro»). Se relaciona la perspectiva de la velocidad supralumínica con el dominio de los «agujeros de gusano», etc. Alcanzando la energía de Planck de 1028 electronvoltios (eV) el espacio-tiempo mismo pierde estabilidad, su tejido se desgarra, creando pequeños portales que «teóricamente pueden conducir a otros universos u otros puntos de nuestro espacio-tiempo» . Y personalmente, hace ya tiempo tengo una idea completamente delirante: causalidades instantáneas podrían anular las dimensiones espacio-temporales, transformando el Universo en un punto geométrico. Es terrible siquiera imaginar que el «fin de la geografía» pueda ser seguido por «el fin de la astronomía».

Por otra parte, la mente misma se mueve en una dimensión atemporal, convertida en una Psique incorpórea. ¿No es esto el sueño hecho realidad de la «inmortalidad»? La Mente Metagaláctica integrándose en el campo de la Mente-Demiurgo Multiversal; este supuesto, tan difícil de representar, resuena con las más recientes teorías científicas y comienza a parecerse a un cierto Libro del Génesis de la Cosmología…En el nebuloso vapor de las fantasías relacionadas con la creciente influencia de la mente se esbozan los contornos del «cosmos viviente» de Martin Rees, el «Universo despierta» de Raymond Kurzweil y la creación de nuevas metagalaxias en la versión de Lee Smolin. Y dos mil quinientos años antes, Empédocles de Agrigento, con impresionante ingenio y despiadada convicción, había explicado por qué el mundo ideal del amor total («Sphairos»), envuelto en el aburrimiento por la carencia de sucesos, inevitablemente estallaría por el odio recíproco…

Lla fundamental ambivalencia de la vida emocional excluye los criterios valorativos de progreso. Por cuanto el futuro no puede ser una copia mejorada del presente, la historia real no es confortable para la conciencia actual. La conciencia humana es enteramente histórica. Pero siendo heredera del psiquismo natural, conservó el cronocentrismo natural, obsesionado con el momento actual y de todas las formas posibles intenta ignorar su esencia histórica. En lo que hace a la perspectiva estratégica, al ser humano le resulta más fácil imaginarla según el esquema de «todo o nada»: el futuro, o será maravilloso, o será horrible. Intentaremos, sin embargo, alejarnos de las utopías, las antiutopías y las valoraciones emocionales para vislumbrar, una vez más, escenarios alternativos.

Las conocidas circunstancias de la evolución de la biosfera, como así también la curva hiperbólica que refleja la aceleración sucesiva del proceso evolutivo en la Tierra, sugieren que el camino tecnológico de desarrollo comenzó precisamente cuando debía hacerlo; aunque no necesariamente debían ser los homínidos quienes lo iniciaran. Y como hemos visto, aun cuando fuera posible una retirada indolora de la humanidad desde la escena histórica, para la repetición de la trayectoria evolutiva en dirección a la civilización, por parte de alguna otra especie animal, ya no queda tiempo en la biosfera. Probablemente el colapso de «nuestra» historia significará, como mínimo, el colapso de la Tierra del proceso evolutivo universal.

Tampoco es clara la perspectiva de la evolución del Universo. Para que en algunos puntos del cosmos se pudiera formar la materia viva fueron necesarias determinadas condiciones. En primer lugar, el Universo debió enfriarse lo suficiente. En segundo, la primera generación de estrellas debió concluir su ciclo de existencia y explotar, expulsando los elementos pesados formados en sus núcleos, base de las futuras moléculas orgánicas. ¿Cuán larga es la fase de la evolución Metagaláctica preñada con la formación de la vida? ¿Conservó la materia, luego de miles de millones de años, la capacidad de formar nuevos focos de vida en reemplazo de los extinguidos, o la era de la abiogenesis quedó en el pasado? No contamos con la información suficiente para una respuesta sustancial a estas preguntas; pero últimamente fue propuesta una nueva versión del origen cósmico de la vida, respaldada por argumentos indirectos y que encaja armónicamente en el modelo sinergético. Las primeras combinaciones de proteínas y carbohidratos que se formaron en un punto debieron rápidamente «contagiar» de vida el espacio cósmico (su expansión en los límites de la Galaxia pudo llevar 215 millones de años, o sea, un año galáctico).

Transportadas por cometas y meteoritos, se arraigaron en todos aquellos cuerpos cósmicos donde encontraron condiciones suficientemente adecuadas, volviendo no competitivos los procesos prebióticos autóctonos: los «forasteros» devoraron las moléculas orgánicas en otros planetas, incorporándolas en el propio circuito material-energético. Darwin explicó de modo similar la imposibilidad de un segundo surgimiento de la vida en la Tierra: los organismos existentes absorben a la orgánica, excluyendo la síntesis de estructuras más complejas. Y recientemente, los investigadores del Instituto de Paleontología de la Academia de Ciencias de Rusia desvelaron signos de vida en la Tierra de una época que precedió a la formación de los océanos; el Director del Instituto, Aleksei Rozánov [2009], considera a este hecho una demostración del origen extraterrestre de la vida. Al mismo tiempo, los biólogos han encontrado bacterias del tipo Deinococcus radiodurans, capaces de soportar grandiosas dosis de radiación radioactiva y de sobrevivir largo tiempo sin agua; organismos propicios para un viaje cósmico prolongado. El astrofísico Víctor Mázur [2010], excluyendo la probabilidad de formación independiente de otra macromolécula primigenia, insiste en que la vida debe tener un origen único y ser idéntica a nivel molecular en todos los rincones del Universo.

La concepción monocéntrica de la procedencia de la vida concordante con la convicción en que la época de la abiogenesis está concluida en el Universo. En esta misma creencia se basan los escenarios naturalistas; los cuales, sin embargo, contienen un rasgo suplementario: la formación de la vida, la sociedad, la mente y la cultura es solo un epifenómeno de cierto estadio del desarrollo de las estructuras materiales. Si esto fuera así, entonces la civilización y, tras ella, también la biosfera en la Tierra (y probablemente en otras regiones del cosmos) estarían condenadas a la extinción. En tal caso, no solo la alternativa planetaria sino también la universal, a los escenarios de progreso ulterior que tanto desagrado emocional nos provocan, se reducen en última instancia a la perspectiva de «muerte térmica». La Metagalaxia continúa expandiéndose y dispersando su energía, lo cual ya no se corresponde con el concepto de «evolución»; la era de la evolución universal es reemplazada por un estadio, extendido a lo largo de cuatrillones de años, de crecimiento lineal y no regulado de la entropía, acompañado por la extinción de toda actividad. Otra perspectiva no merece ser considerada si se descarta el carácter cosmológico fundamental de la conciencia.

Así entonces, el proceso evolutivo («el cambio desde la homogeneidad incoherente indefinida a una heterogeneidad coherente definida») puede seguirse retrospectivamente en el curso de 13.820 millones de años; pero no sabemos si continuará o está llegando ya a su apogeo. El modelo sinergético sugiere que, cuanto más complejo es un sistema, más importante es el rol que son capaces de jugar las pequeñas fluctuaciones en la fase de inestabilidad; y la generadora cada vez más fundamental de pequeñas fluctuaciones ha sido, en el curso de la historia, la misma «dama burlona»: la Psicología. Hoy, el abanico de sus potenciales transformaciones define tanto la presencia o ausencia de atractores extraños, como la capacidad de la civilización Terráquea de evolucionar en dirección a tales atractores, si es que ellos en principio existen.

Qué cosa pueda ser considerada como un «mal menor»: la perspectiva vertiginosa del progreso «post-humano» o el «sollozo» planetario con el correspondiente desplazamiento del vector universal en dirección al equilibrio natural es seguramente una cuestión de gustos. Pero reconociendo que la evolución espontánea de la Tierra y el Universo se ha agotado, y admitiendo hipotéticamente la posibilidad de una evolución dirigida es necesario investigar si la inteligencia que dirige cuenta con un recurso de autocontrol tal que garantice el sostenimiento de los balances internos ante el crecimiento ilimitado del potencial instrumental.

Así volvemos a la «siguiente pregunta clave», en su aspecto psicológico: ¿de qué cualidades puede depender la capacidad de la conciencia (y por lo tanto, de la cultura y la organización social) de restablecer y sostener el balance tecno-humanitario en un futuro previsible?

                                                                                                             

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