EL REACTOR DE FUSION

Desde la Antigüedad, los pueblos han adorado al Sol como portador
de vida, esperanza y prosperidad. Los griegos creían que Helios, el dios del
astro rey, cabalgaba orgulloso por el cielo en su resplandeciente carro,
iluminando el mundo y dando calor y consuelo a los mortales de abajo. Pero, más
recientemente, los científicos han intentado capturar el secreto del Sol y
traer su ilimitada energía a la Tierra. El principal candidato para ello es la
llamada «fusión», que hay quien dice que es como meter el Sol en una botella.
Sobre el papel, parece la solución ideal a todos nuestros problemas
energéticos. Generaría eternamente energía ilimitada, sin muchos de los
problemas asociados a los combustibles fósiles y las nucleares. Y, como es
neutra en carbono, podría salvarnos del calentamiento global. Parece un sueño
hecho realidad.
Por desgracia, los físicos exageraron al plantear esta tecnología.
Lo gracioso es que, cada veinte años, estos afirman que la energía de fusión es
solo cosa de otros veinte años en el futuro. Pero ahora las principales
naciones industriales aseguran que está por fin a nuestro alcance y que
cumplirá su promesa de proporcionar energía ilimitada casi sin coste alguno.
En la actualidad, los reactores de fusión siguen siendo tan caros
y complejos que es probable que la comercialización de esta tecnología aún
tarde unas cuantas décadas en establecerse. Sin embargo, con la llegada de los
ordenadores cuánticos, muchos científicos esperan que se resuelvan algunas de las
obstinadas dificultades que impiden la producción de energía de fusión, al
allanar el camino para convertir los reactores de fusión en una realidad
práctica y económica. Los ordenadores cuánticos pueden resultar ser una
tecnología clave que ayude a introducir la energía de fusión en nuestros
hogares y ciudades.
La esperanza es que la energía de fusión se comercialice antes de
que el calentamiento global aumente la temperatura del planeta
irreversiblemente.
§. ¿Por qué brilla el sol?
Siempre nos hemos preguntado qué es lo que impulsa al Sol. Su
energía parece ilimitada, incluso divina. Algunos especulaban con que el Sol
debía de ser un gigantesco horno en el cielo. Pero un simple cálculo muestra
que la combustión solo duraría unos pocos siglos o milenios y que, en el vacío
del espacio, el fuego se extinguiría instantáneamente. Entonces ¿por qué brilla
el Sol? La famosa ecuación de Einstein, E = mc2 desveló por fin el
secreto del astro rey. Los físicos se dieron cuenta de que el Sol, compuesto
principalmente de hidrógeno, obtenía su inmensa energía mediante la fusión de
núcleos de hidrógeno para formar helio. Cuando se comparó el peso del hidrógeno
original con el peso del helio, se observó que faltaba un poco de masa. Una
pequeña fracción se perdía en el proceso de fusión. Este déficit de masa, en la
fórmula de Einstein, se convierte en la tremenda energía que ilumina el sistema
solar.
La gente tomó conciencia del enorme poder encerrado en el átomo de
hidrógeno cuando se desató mediante la detonación de la bomba de hidrógeno. En
cierto sentido, se trajo a la Tierra un pedazo del Sol, con implicaciones
trascendentales.
§. Ventajas de la fusión
En realidad, hay dos formas de desencadenar este fuego nuclear. Se
puede fusionar el hidrógeno para formar helio o se puede dividir, mediante la
fisión, el átomo de uranio o plutonio para liberar energía nuclear. En cada
proceso, cuando se compara el peso de los ingredientes con el peso del producto
final, desaparece una pequeña cantidad de masa, que puede hallarse en forma de
energía nuclear. Aunque todas las centrales nucleares comerciales obtienen su
energía mediante la fisión del uranio, la fusión presenta algunas ventajas
notables. En primer lugar, a diferencia de las centrales de fisión, la fusión
no genera grandes cantidades de residuos nucleares mortales. En un reactor de
fisión, el núcleo de uranio se divide, liberando energía, pero también puede
crear un aluvión de cientos de productos radiactivos, como estroncio-90,
yodo-131 y cesio-137, entre otros.
Algunos de estos subproductos seguirán siendo radiactivos durante
millones de años, lo que obligará a vigilar gigantescos vertederos nucleares en
el futuro. Una sola central de fisión comercial, por ejemplo, puede crear
treinta toneladas de residuos nucleares de alta actividad en solo un año. Los
vertederos de estos subproductos son como gigantescos mausoleos. En todo el
mundo hay trescientas setenta mil toneladas de mortíferos productos de fisión
que hay que vigilar cuidadosamente.
Las centrales de fusión, por el contrario, producen gas helio como
residuo, que, de hecho, tiene valor comercial. Parte del acero irradiado en una
planta de fusión también puede volverse radiactivo tras décadas de uso, pero es
posible eliminarlo fácilmente enterrándolo. En segundo lugar, a diferencia de
las centrales de fisión, las de fusión no pueden sufrir catástrofes nucleares.
En las primeras, los residuos siguen generando gran cantidad de calor aunque se
apague el reactor. Cuando se pierde el agua de refrigeración en un accidente de
una central nuclear de fisión, la temperatura puede dispararse hasta que el
reactor alcance los 2800 grados Celsius y empiece a fundirse, creando
desastrosas explosiones. En Chernóbil, por ejemplo, en 1986, las explosiones de
vapor y gas hidrógeno volaron el techo del reactor, liberando cerca del 25 por
ciento de los materiales radiactivos del núcleo a la atmósfera y sobre Europa.
Fue el peor accidente nuclear de la historia en una central comercial.
Por el contrario, si un reactor de fusión sufre un accidente, el
proceso simplemente se detiene. No se genera más calor y el incidente concluye.
En tercer lugar, el combustible para un reactor de fusión es ilimitado. El
uranio, en cambio, es escaso y requiere todo un ciclo de extracción,
molturación y enriquecimiento para producir combustible utilizable. En cambio,
el hidrógeno puede extraerse del agua de mar corriente. En cuarto lugar, la
fusión es muy eficaz liberando la energía del átomo. Un gramo de hidrógeno
pesado puede producir noventa mil kilovatios de energía eléctrica, o el
equivalente a once toneladas de carbón.
Por último, las centrales de fusión y fisión no generan dióxido de
carbono, por lo que no agravan el calentamiento global.
§. Construcción de un reactor de fusión
Dos son los ingredientes básicos para una máquina de fusión. En
primer lugar, se necesita una fuente de hidrógeno calentado a muchos millones
de grados, en realidad más caliente que el Sol, para que se convierta en
plasma, que es el cuarto estado de la materia (después de los sólidos, los
líquidos y los gases). El plasma es un gas tan caliente que algunos de sus
electrones han sido arrancados. Es la forma más común de materia en el universo
y constituye las estrellas, el gas interestelar e incluso los rayos. En segundo
lugar, se necesita una forma de contener el plasma a medida que se calienta. En
las estrellas, si bien la gravedad comprime el gas, en la Tierra esta es
demasiado débil para lograrlo, así que utilizamos campos eléctricos y
magnéticos.

Figura 1: tokamak. En un reactor de fusión, se enrollan bobinas de
alambre alrededor de una cámara en forma de dónut, lo que crea un potente campo
magnético que confina un plasma supercaliente. La clave del tokamak consiste en
calentar el gas para que la fusión libere grandes cantidades de energía. En el
futuro, los ordenadores cuánticos podrían utilizarse para alterar e incluso
mejorar la configuración exacta del campo magnético, aumentando así su potencia
y eficiencia y reduciendo enormemente los costes.
El diseño más habitual para el reactor de fusión se llama tokamak,
de origen ruso. Coja un cilindro y luego enrolle a su alrededor bobinas de
alambre. Tome los dos extremos del cilindro y únalos, formando un dónut.
Inyecte gas hidrógeno en él y luego dispare una corriente eléctrica a través
del cilindro, lo que calienta el gas hasta temperaturas enormes. Para contener
este plasma ardiente, se introducen enormes cantidades de energía eléctrica en
las bobinas que rodean el dónut, conteniendo así dicho material con un potente
campo magnético e impidiendo que toque las paredes del reactor.
Por último, una vez iniciada la fusión, los núcleos de hidrógeno
se combinan para formar helio, liberando en el proceso grandes cantidades de
energía. En un diseño concreto, dos isótopos de hidrógeno, deuterio y tritio,
se fusionan, lo que crea energía, helio y un neutrón. Este último, a su vez,
transporta la energía de la fusión fuera del reactor, donde choca con una
cubierta que rodea el tokamak. Esta cubierta, hecha generalmente de berilio,
cobre y acero, se calienta y el agua de las tuberías que hay en ella empieza a
hervir. El vapor así creado puede empujar las palas de una turbina y hacer
girar gigantescos imanes. Este campo magnético, a su vez, empuja a los
electrones de la turbina y genera la electricidad que acaba llegando al salón
de su casa.
§. ¿Por qué los retrasos?
Con todas estas ventajas a la espera, ¿qué es lo que causa tantos
retrasos en la energía de fusión? Han pasado unos setenta años desde que se
construyeron las primeras centrales de este tipo, así que ¿por qué se tarda
tanto? El problema no es de física, sino de ingeniería. El gas hidrógeno debe
calentarse a muchos millones de grados, más que la temperatura del Sol, para
que sus núcleos se combinen, formen helio y liberen
energía. Pero calentar el gas a esa enorme temperatura es difícil, ya que este
suele ser inestable y la reacción de fusión se detiene. Los físicos llevan
décadas intentando contener el hidrógeno para poder calentarlo a temperaturas
estelares.
En retrospectiva, los físicos ven lo relativamente fácil que es
para la naturaleza liberar energía de fusión en el corazón de una estrella. Los
astros comienzan siendo una bola de gas hidrógeno comprimida uniformemente por
la gravedad. A medida que la bola se hace más y más pequeña, la temperatura
empieza a aumentar, hasta que alcanza muchos millones de grados, y es entonces
cuando el hidrógeno comienza a fusionarse y la estrella se enciende. Obsérvese
que este proceso se produce de forma natural, porque la gravedad es monopolar,
es decir, se parte de un polo (no de dos), por lo que la bola de gas original
colapsa por sí sola por su propia gravedad. Como resultado, las estrellas son
relativamente fáciles de formar, y por eso vemos miles de millones de ellas con
nuestros telescopios.
No obstante, la electricidad y el magnetismo son diferentes: son
bipolares. Una barra magnética, por ejemplo, siempre tiene un polo norte y un
polo sur. No se puede aislar un polo norte con un martillazo. Si se parte un
imán por la mitad, se obtienen dos barras magnéticas más pequeñas, cada una con
sus propios polos norte y sur.
He aquí el problema. Es extremadamente difícil crear un campo
magnético potente para comprimir gas hidrógeno supercaliente en forma de dónut
durante el tiempo suficiente para que se dé la fusión. Para ver por qué esto es
así, piense en un globo alargado, como los que se utilizan para recrear
animales. Ahora una los extremos del mismo para formar un dónut. A
continuación, trate de apretarlo uniformemente. No importa dónde haga fuerza,
el aire se las arreglará para empujar el globo por algún otro lugar. Es muy
difícil apretarlo de manera que el aire del interior se comprima uniformemente.
§. ITER

Con el final de la Guerra Fría y la constatación de que construir
un reactor de fusión era prohibitivamente caro, naciones de todo el mundo
empezaron a poner en común sus conocimientos y recursos para el dominio
pacífico del átomo. En 1979, las grandes potencias impulsaron la creación de un
reactor de fusión internacional. Los presidentes Ronald Reagan y Mijaíl
Gorbachov se reunieron y contribuyeron a sellar el acuerdo. El Reactor
Termonuclear Experimental Internacional (ITER, por sus siglas en inglés) es un
ejemplo de esta cooperación mundial. Treinta y cinco países participan en la financiación
de este ambicioso proyecto, entre ellos la Unión Europea, Estados Unidos, Japón
y Corea.
Para medir la eficacia de un reactor de fusión, los físicos
introdujeron la magnitud llamada Q, que es la energía generada por el reactor dividida
por la energía que consume. Cuando Q = 1, se alcanza el umbral de
rentabilidad, es decir, se produce tanta energía como se consume. Actualmente,
el récord mundial de una central de fusión se sitúa en torno a Q = 0,7.
Se prevé que el ITER alcance el umbral de rentabilidad en 2025. Pero está
diseñado para acabar alcanzando Q = 10, lo que generaría mucha más
energía de la que consume. El ITER es una máquina colosal que pesa más de cinco
mil toneladas, lo que lo convierte en uno de los instrumentos científicos más
sofisticados de todos los tiempos, junto con la Estación Espacial Internacional
y el Gran Colisionador de Hadrones. Comparado con los anteriores reactores de
fusión, el ITER es el doble de grande y dieciséis veces más pesado. Su toroide
es gigantesco, de casi veinte metros de diámetro y once metros de altura. Para
confinar el plasma, sus imanes generan un campo magnético doscientas ochenta
mil veces superior al de la Tierra.
Asimismo, es el proyecto de fusión más ambicioso del mundo. Está
pensado para generar cuatrocientos cincuenta millones de vatios netos de
energía, pero no se conectará a la red eléctrica. Se puso en marcha en régimen
de prueba en 2025 y podría alcanzar plena potencia en 2035. Si tiene éxito,
allanará el camino para el reactor de fusión de próxima generación, denominado
DEMO, cuya finalización está prevista para el año 2050. Este está diseñado para
alcanzar Q = 25 y producir hasta dos gigavatios de energía.
Si bien el objetivo es disponer de energía de fusión comercial
antes de mediados del siglo XXI, los analistas subrayan que esta no resolverá
la crisis del calentamiento global a corto plazo. «La fusión no es una solución
para llegar a 2050 sin emisiones netas, sino una solución para dar energía a la
sociedad en la segunda mitad de este siglo», afirmaba Jon Amos, corresponsal
científico de BBC News.61 La clave del ITER son sus enormes campos magnéticos,
posibles gracias a la superconductividad, que es el punto en el que desaparece
toda resistencia eléctrica a temperaturas ultrabajas, lo que permite crear los
campos magnéticos más potentes. Disminuir la temperatura hasta casi el cero
absoluto reduce la resistencia eléctrica, elimina la disipación de calor y
aumenta la eficacia del campo magnético.
La superconductividad se describió por primera vez en 1911, cuando
se enfrió mercurio a 4,2 grados Kelvin, cerca del cero absoluto. En aquella
época, se creía que los movimientos atómicos aleatorios casi se paralizaban a
esta temperatura, por lo que los electrones por fin podían viajar libremente
sin resistencia. Por eso se consideraba un misterio que varias sustancias
pudieran volverse superconductoras a temperaturas aún más altas. Pero hubo que
esperar hasta 1957 para que John Bardeen, Leon Cooper y John Schrieffer crearan
por fin una teoría cuántica de la superconductividad. Descubrieron que, en
determinadas condiciones, los electrones pueden formar los denominados «pares
de Cooper» y desplazarse por la superficie de un material superconductor sin
resistencia. La teoría predecía que la temperatura máxima de este era de 40
grados Kelvin.
Incluso antes de que se enciendan los imanes del ITER, versiones
similares pero más pequeñas del mismo han demostrado que el boceto del tokamak
es correcto. El diseño del ITER recibió un tremendo impulso en 2022, cuando se
anunció que dos versiones de menor tamaño, una con sede en las afueras de
Oxford (Inglaterra) y otra en China, habían logrado un récord. El reactor de
fusión de Oxford, llamado JET (acrónimo de Joint European Torus), fue capaz de alcanzar
Q = 0,33 durante cinco segundos, batiendo un récord que él mismo
había logrado hace veinticuatro años. Esto equivale aproximadamente a once
megavatios de potencia, o la potencia necesaria para calentar sesenta teteras
de agua.
«Los experimentos del JET nos acercan un paso más a la energía de
fusión», afirmaba Joe Milnes, uno de los directores del laboratorio. «Hemos
demostrado que podemos crear una miniestrella dentro de nuestra máquina,
mantenerla durante cinco segundos y obtener un alto rendimiento, lo que
realmente nos lleva a un ámbito nuevo». Arthur Turrell, una autoridad en
energía de fusión, señalaba: «Es un hito porque han conseguido la mayor
cantidad de energía producida por reacciones de fusión de cualquier dispositivo
de la historia». Sin embargo, desde el reactor en China anunciaron unos meses
más tarde que eran capaces de mantener la fusión durante diecisiete minutos
calentando el plasma a 158 millones de grados Celsius. Su reactor de fusión,
llamado EAST (acrónimo de Experimental Advanced Superconducting Tokamak), al
igual que su homólogo británico, se basa en el diseño original del tokamak, lo
que indica que el ITER probablemente va por buen camino.
§. Diseños competidores
Dado que es mucho lo que está en juego y que los grandes campos
magnéticos son muy difíciles de manipular, se han propuesto muchas ideas nuevas
para contener el plasma. De hecho, hay unas veinticinco nuevas empresas que
están preparando su propia versión de un reactor de fusión. En general, todos
los diseños de fusión con tokamak emplean superconductores, creados enfriando
las bobinas hasta cerca del cero absoluto, cuando la resistencia eléctrica casi
desaparece. Pero en 1986 se encontró por ensayo y error una nueva clase de
dichos materiales, lo que supuso un descubrimiento sensacional; podían alcanzar
la fase de superconducción a la agradable temperatura de 77 grados Kelvin.
(Esta nueva clase de materiales, llamados «superconductores de alta
temperatura», se basaba en el enfriamiento de componentes cerámicos como el óxido
de itrio, bario y cobre). Fue una noticia asombrosa, porque implicaba que se
había descubierto una nueva teoría cuántica de la superconductividad y que los
materiales cerámicos podían convertirse en superconductores con nitrógeno
líquido ordinario. Esto era importante, ya que el nitrógeno líquido es tan caro
como la leche y, por tanto, reduciría considerablemente el coste de los
superimanes. (El hielo seco, o dióxido de carbono solidificado, cuesta unos
2,20 euros el kilogramo.
El nitrógeno líquido cuesta unos 8,90 euros el kilo. Sin embargo,
el helio líquido, que es lo que la mayoría de los superconductores utilizan
como refrigerante, cuesta 202 euros el kilo). Quizá esto no parezca una gran
mejora para el ciudadano de a pie, pero para un físico abre una multitud de
oportunidades. Como el componente más complejo de un reactor de fusión son los
imanes, esto cambia por completo la situación desde el punto de vista económico
y, por tanto, las perspectivas de esta tecnología. Aunque el descubrimiento de los
superconductores cerámicos de alta temperatura llegó demasiado tarde para
incorporarlos al ITER, abrió la posibilidad de utilizar esta tecnología en la
próxima generación de reactores de fusión.
Un proyecto prometedor que utiliza este nuevo método es el reactor
SPARC, que se anunció en 2018 y ha atraído rápidamente la atención (y las
billeteras) de destacados multimillonarios como Bill Gates y Richard Branson,
lo que ha permitido al equipo del SPARC recaudar más de doscientos cincuenta
millones de dólares en poco tiempo. (Pero, comparado con los veintiún mil
millones de dólares gastados hasta ahora en el ITER, esto no es más que
calderilla). En 2021, el SPARC superó un enorme hito al probar con éxito sus
imanes superconductores de alta temperatura, capaces de generar un campo
magnético cuarenta mil veces superior al de la Tierra. «Este imán cambiará la
trayectoria tanto de la ciencia de la fusión como de la energía, y creemos que,
con el tiempo, cambiará el panorama energético mundial», afirmaba Dennis Whyte,
del MIT.64 «Es algo muy importante. No es una exageración, es una realidad»,
declaró Andrew Holland, director ejecutivo de la Asociación del Sector de la
Fusión. SPARC podría alcanzar el umbral de rentabilidad Q = 1 en
2026, más o menos al mismo tiempo que el ITER, pero a una fracción del coste y
el tiempo.

El SPARC por sí solo no generará energía eléctrica comercial, pero
puede que su sucesor, el reactor ARC, sí lo haga. Si tiene éxito, debería
desplazar el centro de gravedad de la investigación sobre fusión, obligando a
la próxima generación de reactores a adoptar las últimas tecnologías, como los
avances en superconductores de alta temperatura y quizá ordenadores cuánticos,
que serían necesarios para mejorar la crucial estabilidad del campo magnético
para poder contener el plasma.
Sin embargo, la ciencia de los superconductores se hizo bastante
confusa con el reciente anuncio de que por fin se había conseguido un material
tal a temperatura ambiente. Normalmente, una creación como esta se habría anunciado
como el santo grial de la física de baja temperatura, el producto final de
décadas de duro trabajo. Sin embargo, este descubrimiento tenía un enorme
problema. Los físicos crearon por fin un superconductor a temperatura ambiente,
pero solo si se comprimía a 2,6 millones de veces la presión atmosférica. A
esas presiones astronómicas, para realizar incluso el experimento más sencillo
se necesita maquinaria muy especializada, de la que no todo el mundo dispone.
Por eso, los físicos se mantienen a la expectativa, para ver si la presión
puede reducirse, de modo que los superconductores a temperatura ambiente se
conviertan en una alternativa útil.
§. Fusión láser
El Departamento de Energía de Estados Unidos ha adoptado un
enfoque totalmente distinto de la fusión, utilizando gigantescos haces láser en
lugar de potentes imanes para calentar el hidrógeno. la
NIF (del inglés National Ignition Facility), una enorme instalación en el
Laboratorio Nacional Livermore, en California, con un coste de tres mil
doscientos millones de euros. De lejos pueden verse la trayectoria seguida por
ciento noventa y dos rayos láser de los más potentes del planeta. Cuando estos
se disparan, durante una milmillonésima de segundo, inciden en ciento noventa y
dos espejos. Cada uno de ellos está cuidadosamente colocado para reflejar el
haz sobre el objetivo, que es una pequeña bolita del tamaño de un guisante y
que contiene deuteruro de litio, rico en hidrógeno.
Esto hace que la superficie de la bolita se vaporice y colapse, lo
que eleva su temperatura a decenas de millones de grados. Cuando se calienta y
se comprime hasta ese punto, se produce la fusión y se emiten neutrones, lo
cual revela el fenómeno. Al final, el objetivo es generar energía comercial
mediante la fusión por láser. Cuando el blanco se vaporice, se emitirán
neutrones que, a continuación, atravesarán la cubierta. Al igual que en el
tokamak, se espera que estas partículas de alta energía transfieran su energía
a la cubierta, que se calentará y hará hervir el agua, la cual se introducirá
en una turbina para generar energía comercial.
En 2021, la NIF alcanzó un hito: fue capaz de producir diez mil
billones de vatios de potencia en cien billonésimas de segundo, a 100 millones
de grados Kelvin, con lo que batió su récord anterior. Comprimió la bolita de
combustible a trescientos cincuenta millones de veces la presión atmosférica.
Por último, en diciembre de 2022, la NIF saltó a los titulares de todo el mundo
con el sensacional anuncio de que, por primera vez en la historia, había
alcanzado una Q superior a 1, es decir, que generaba más energía de la que
consumía. Se trataba de un acontecimiento histórico que demostraba que la
fusión era un objetivo alcanzable.
Pero los físicos también advirtieron que se trataba solo del
primer paso. El segundo paso sería ampliar el reactor para que pueda
suministrar energía a toda una ciudad. Después, esta debía poder reproducirse
de forma rentable y difundirse por todo el mundo. Queda por ver si será posible
comercializar la NIF para crear cantidades prácticas de energía. Mientras
tanto, el diseño tokamak sigue siendo el más avanzado y el más común.
§. Problemas con la fusión
Aunque la energía de fusión tiene la capacidad de cambiar la forma
en que consumimos energía en la Tierra, hay problemas persistentes que han dado
lugar a falsas esperanzas y sueños rotos. Muchos de los esfuerzos realizados
hasta ahora para sacar partido de la energía de fusión han sido decepcionantes.
Desde los años cincuenta ha habido más de cien reactores de este tipo, pero
ninguno producía más energía de la que consumía. Muchos fueron abandonados. Un
problema fundamental es la configuración toroidal (en forma de rosquilla) del
diseño tokamak, que resolvía un problema (la capacidad de contener el plasma a
altas temperaturas), pero provocaba otro (la inestabilidad).
Debido a la naturaleza toroidal del campo magnético, es difícil
mantener un proceso de fusión estable durante el tiempo suficiente para
satisfacer el criterio de Lawson, que requiere cierta temperatura, densidad y
duración para provocar la fusión. Si se producen pequeñas irregularidades en el
campo magnético del tokamak, el plasma podría volverse inestable. El problema
se agrava por la interacción entre el plasma y el campo magnético. Aunque el
campo magnético externo pueda contener inicialmente el plasma, este tiene el
suyo propio, que puede interactuar con el campo magnético del reactor, que es
mayor, y volverse inestable.
El hecho de que las ecuaciones para el plasma y el campo magnético
estén estrechamente acopladas crea efectos de ondulación. Si hay una ligera
irregularidad en las líneas del campo magnético dentro del dónut, esto, a su
vez, puede causar irregularidades en el plasma contenido. Pero, como este tiene
su propio campo magnético, refuerza la irregularidad original. Así, es posible
que se produzca un efecto dominó, en el que la irregularidad va aumentando cada
vez que los dos campos magnéticos se refuerzan mutuamente. A veces, esta
adquiere tales proporciones que puede llegar a tocar las paredes del reactor y
agujerearlo. Esta es la razón fundamental por la que ha sido tan difícil
cumplir el criterio de Lawson y mantener el proceso de fusión estable el tiempo
suficiente para crear un reactor autosostenible.
§. Fusión cuántica

Aquí es donde entran en juego los ordenadores cuánticos. Se
conocen las ecuaciones del campo magnético y del plasma. El problema es que
estas están acopladas entre sí, por lo que interactúan mutuamente de forma
compleja. Pequeñas oscilaciones impredecibles pueden magnificarse de repente.
Pero, mientras que los ordenadores digitales tienen dificultades para calcular
en esta situación, los ordenadores cuánticos podrían ser capaces de hacerlo con
esta compleja disposición. Hoy en día, si un reactor de fusión tiene un diseño
erróneo, es prohibitivamente difícil volver a empezar y hacerlo desde cero. Sin
embargo, si las ecuaciones están dentro de un ordenador cuántico, resulta
sencillo utilizarlo para calcular si el diseño es óptimo o si puede haber otros
más estables o eficientes.
Cambiar los parámetros de un programa informático cuántico es
mucho más barato que rediseñar el imán de un reactor de fusión completamente
nuevo, que cuesta miles de millones de dólares. Dado que un reactor puede
costar entre diez mil y veinte mil millones de dólares, esto podría suponer un
ahorro astronómico. Sería posible crear y probar nuevos diseños de forma
virtual porque los ordenadores cuánticos pueden calcular sus propiedades.
Asimismo, permitirían jugar fácilmente con una serie de nuevos diseños virtuales
para ver si mejoran el rendimiento del reactor.
La capacidad de los ordenadores cuánticos también puede
magnificarse si se combina con inteligencia artificial, ya que estos sistemas
permiten variar la potencia de los distintos imanes de un reactor de fusión.
Después, los ordenadores cuánticos analizarían la avalancha de datos producidos
por este procedimiento para aumentar el factor Q. Por ejemplo, el programa de
IA DeepMind ya se ha utilizado para modificar el reactor de fusión operado por
la Escuela Politécnica Federal de Lausana (Suiza). «Creo que la IA desempeñará
un papel muy importante en el futuro control de los tokamaks y en la ciencia de
la fusión en general», afirmaba Federico Felici, de la Escuela Politécnica
Federal. «La IA posee un enorme potencial para utilizarse de cara a mejorar el
control y descubrir cómo hacer funcionar estos dispositivos de forma más
eficaz». Así pues, la IA y los ordenadores cuánticos pueden trabajar codo con
codo para aumentar la eficiencia de los reactores de fusión, lo que a su vez
aportaría energía al futuro y ayudaría a reducir el calentamiento global.
Otra aplicación de los ordenadores cuánticos es descifrar cómo
funcionan los superconductores cerámicos de alta temperatura. Como ya se ha
dicho, en la actualidad nadie sabe por qué poseen esta mágica propiedad. Estos
materiales existen desde hace más de cuarenta años y, sin embargo, no hay
consenso alguno. Se han propuesto modelos teóricos, pero son solo eso:
teóricos. Sin embargo, un ordenador cuántico podría suponer un cambio al
respecto. Dado que sigue en sí mismo la mecánica cuántica, sería capaz de
calcular la distribución de electrones en las capas bidimensionales del
interior del superconductor cerámico y, así, determinar qué teoría es la
correcta.
Además, hemos visto que la creación de superconductores se sigue
haciendo por ensayo y error. Pueden ir descubriéndose por accidente, pero esto
significa que hay que diseñar experimentos totalmente nuevos cada vez que se
prueba otro material. No hay una forma sistemática de hallar superconductores.
No obstante, un ordenador cuántico podrá crear un laboratorio virtual en el que
probar nuevas propuestas de estos materiales. En una sola tarde se podrían
probar rápidamente decenas de sustancias interesantes, en lugar de tardar años
y gastar millones en examinar cada una de ellas. Así pues, los ordenadores
cuánticos pueden ser la clave de un futuro energético sin contaminación, barato
y fiable.
Pero, si logramos resolver las ecuaciones de la fusión en un
ordenador cuántico, quizá también podamos resolver la ecuación de la fusión que
se halla en el corazón de las estrellas, de modo que lleguemos a desentrañar el
secreto de los hornos nucleares internos diseminados por el cielo nocturno,
cómo los astros explotan en una supernova para acabar convirtiéndose en el
objeto más misterioso del universo, un agujero negro.
© 2026 JAVIER DE LUCAS