RELATIVAMENTE

"Los años de búsqueda en la
oscuridad de una verdad que uno siente pero no puede expresar, el deseo intenso
y la alternancia de confianza y desazón, hasta que uno encuentra el camino a la
claridad y comprensión, sólo son familiares a aquél que los ha
experimentado".
Los orígenes de la teoría
general de la relatividad, A.
EINSTEIN
Según el principio básico de la
teoría de la relatividad, los fenómenos físicos obedecen leyes que no dependen
del sistema de referencia desde el cual se observan. Pero este postulado se
aplica sólo a sistemas inerciales, aquellos que se mueven en línea recta y a
velocidad constante. Por el contrario, en un sistema no inercial (como un
vehículo que forma una curva o se enfrena) actúan fuerzas que permiten
discernir el movimiento. Y sobre la superficie de la Tierra se puede distinguir
entre arriba y abajo observando simplemente la caída de un cuerpo. En realidad,
un sistema de referencia inercial perfecto debe estar aislado en el espacio
sideral, lejos de cualquier cuerpo que lo atraiga gravitacionalmente.
Para superar estas limitaciones,
Einstein investigó durante varios años la posibilidad de modificar la teoría de
la gravitación de Newton para hacerla compatible con el principio de
relatividad. La clave para él fue la existencia de una profunda relación entre
fuerzas inerciales y fuerzas gravitacionales. En sus propias palabras:
Estaba yo sentado en mi sillón de la oficina de patentes de Berna cuando, de repente, tuve una ocurrencia: "Si una persona cae libremente, no siente su propio peso." Quedé atónito. Esta idea tan simple me impresionó profundamente. Me impulsó hacia una teoría de la gravitación.
La teoría de la gravitación de
Einstein empezó a tomar forma en 1907, cuando aún trabajaba en Berna, hasta
culminar en su versión definitiva en 1916: la teoría general de la
relatividad. La versión primera de la relatividad, aquélla que se restringe
a sistemas de referencia inerciales, se conoce como la teoría restringida de
la relatividad o también, teoría especial de la relatividad.
La piedra angular de la
relatividad general es un principio físico que nos remonta una vez más al
mismísimo Galileo.
EL PRINCIPIO DE EQUIVALENCIA
En la física aristotélica, se
creía que los cuerpos pesados caían más rápidamente que los cuerpos ligeros.
Cuenta una famosa leyenda (que bien puede ser verídica), que Galileo Galilei
demostró lo contrario al soltar simultáneamente desde lo alto de la Torre de
Pisa dos piedras de peso desigual; ante la mirada del público incrédulo, las
dos piedras llegaron al suelo exactamente al mismo tiempo. Así, Galileo
comprobó que la trayectoria de un cuerpo bajo el influjo gravitacional de la
Tierra es independiente de la masa del cuerpo. (En todo caso el movimiento
puede depender de la forma del cuerpo, pero únicamente por la resistencia que
le opone el aire. Es cierto que una pluma cae más lentamente que una bola de
plomo, pero esto se debe exclusivamente a que el aire retarda la caída de la
pluma. En una campana al vacío o en la Luna, donde no hay atmósfera, la pluma y
la bola de plomo caen exactamente con la misma velocidad.)
En términos más precisos, lo que Galileo demostró fue la equivalencia entre
la masa inercial y la masa gravitacional. Expliquemos a continuación estos dos
conceptos, que muchas veces se confunden.
La masa es una medida de la
cantidad de materia (y energía, de acuerdo con la relatividad) que contiene un
cuerpo. La Tierra atrae gravitacionalmente a los cuerpos masivos con una fuerza
proporcional a su masa (como descubrió Newton), así que la manera más común de
determinar la masa de un cuerpo consiste en medir esa fuerza gravitacional; de
aquí el concepto del peso, que es en realidad una medida de la fuerza
gravitacional ejercida por la Tierra sobre el objeto pesado. Pero no hay que
olvidar que la atracción gravitacional depende también de la masa del cuerpo
atractor y disminuye con la distancia: por convención, la masa y el peso de un
cuerpo se toman como iguales a nivel del mar. Un cuerpo que pesa un kilogramo a
nivel del mar será un gramo más liviano a 3 000 metros de altura, pesaría sólo
165 gramos sobre la superficie de la Luna, y no pesa nada en el espacio
extraterrestre lejos de cuerpos que la atraigan.
Pero existe una segunda manera de
determinar la masa de un cuerpo, y es por medio de la segunda ley de Newton,
según la cual un cuerpo adquiere una aceleración directamente proporcional a la
fuerza que se le aplica e inversamente proporcional a su masa. Si empujamos con
la misma fuerza un carro que pesa 10 kilogramos y otro que pesa 100 kilogramos,
el primero se acelerará 10 veces más que el segundo, de donde podemos deducir
que el primer carro es 10 veces menos masivo que el segundo.
Así, existen dos maneras de
determinar la masa de un cuerpo. Una es con la que se mide la masa
gravitacional. Otra forma es utilizar la segunda ley de Newton: midiendo la
inercia que un cuerpo opone a la fuerza que se le aplique, con lo que se
determina la masa inercial. Ahora bien, un principio básico, al que nos
hemos acostumbrado tanto que nos parece evidente, es que la masa inercial y la
masa gravitacional de cualquier cuerpo son iguales. Este es el principio de
equivalencia que Galileo formuló por primera vez y que Einstein utilizó
como fundamento de su teoría de la relatividad general.
¿Qué tiene de sorprendente que la
masa inercial y la masa gravitacional sean iguales? Para aclarar este punto
recordemos que la fuerza gravitacional es sólo una de las fuerzas de la
Naturaleza. La fuerza electromagnética es muy distinta de la gravitacional y es
la responsable de que los cuerpos cargados eléctricamente se atraigan o se
rechacen, o que los electrones de los átomos permanezcan unidos a los núcleos
atómicos. Existen también otras fuerzas que actúan sólo a distancias
subatómicas: la nuclear, que mantiene unidos los protones y neutrones en un
núcleo, y la débil, que produce el decaimiento beta.
Imaginemos ahora un planeta que
posee una carga eléctrica y que, por lo tanto, atrae a los cuerpos en su
superficie con una fuerza eléctrica, y no gravitacional. Un Galileo de ese
planeta podría repetir el experimento de lanzar dos piedras con cargas
eléctricas distintas y preguntarse ¿caerán al mismo tiempo? La respuesta es
negativa, porque además de la carga influye la masa inercial en el movimiento
de un cuerpo. Si dos piedras tienen la misma carga eléctrica pero la masa
inercial de una es de un gramo y la de otra es de una tonelada, la que se
moverá más rápidamente al ser atraída por otra carga será evidentemente la más ligera.
El origen de la confusión entre
masa inercial y gravitación es que nos hemos acostumbrado a llamar masa gravitacional a lo que en
realidad es la carga gravitacional. Una diferencia fundamental entre la fuerza gravitacional y la
electromagnética es que se puede cargar o descargar eléctricamente un cuerpo,
pero la carga gravitacional de un cuerpo está fijada por su masa inercial y no
se puede "descargar gravitacionalmente" (excepto en las películas de
ciencia ficción donde vemos cuerpos masivos desafiando a la gravedad junto a
otros que caen normalmente).
La implicación más inmediata del
principio de equivalencia es que todos los cuerpos caen de la misma forma,
independientemente de la masa que posean. El mismo Isaac Newton confirmó experimentalmente
este principio antes de publicar las leyes de la mecánica que había
descubierto. El experimento de Newton —más preciso que el realizado por Galileo
en Pisa— consistió en medir el periodo de oscilación de varios péndulos de
distintos pesos y materiales: después de un largo tiempo, los péndulos, cuyo
movimiento se había sincronizado inicialmente, seguían oscilando con el mismo
periodo. Y tres siglos después de los experimentos de Galileo y Newton, el
principio de equivalencia se confirmó con técnicas modernas, con un margen de
error de apenas una parte en un millón de millones.
La equivalencia entre masa (o
carga) gravitacional y masa inercial es un principio básico de la naturaleza,
cuyo origen aún estamos lejos de comprender. A finales del siglo XIX, el físico
alemán Ernst Mach propuso que la masa inercial de un cuerpo está enteramente
determinada por la atracción gravitacional de todos los demás cuerpos en el
Universo, una relación entre inercia y gravitación. Una conjetura muy
interesante que no se ha podido todavía demostrar (o refutar), pero que inspiró
a Einstein para fundamentar su teoría de la relatividad general.
LAS CAJAS DE EINSTEIN
Existe una relación muy profunda
entre sistemas de referencia no inerciales y sistemas de referencia sometidos a
fuerzas gravitacionales, relación que se puede entender con un ejemplo dado por
el mismo Einstein.
Supongamos que nos encontramos
encerrados en una caja colocada sobre la superficie terrestre. En su interior,
sentimos la fuerza gravitacional de la Tierra que nos atrae al suelo, al igual
que todos los cuerpos que se encuentran a nuestro alrededor. Al soltar una
piedra, ésta cae al suelo aumentando continuamente su velocidad, es decir
acelerándose a razón de 9.81 metros por segundo cada segundo, lo que equivale,
por definición, a una aceleración de 1 g. Por supuesto, en el interior de la
caja la fuerza que actúa sobre un cuerpo es proporcional a su masa
gravitacional.
Ahora, consideramos el caso de
una caja situada en el espacio, lejos de la influencia gravitacional de
cualquier planeta o estrella. Si esa caja está en reposo, todo lo que se
encuentra en su interior flota ingrávidamente. Pero si la caja se acelera,
aumentado su velocidad a razón de 9.81 metros por segundo cada segundo (1 g),
los objetos en su interior se quedan rezagados y se pegan al suelo; más aún, un
cuerpo que se suelte dentro de ella se dirigirá al suelo con una aceleración de
1 g. Evidentemente, la caja acelerada es un sistema de referencia no inercial,
y las fuerzas que aparecen en su interior son fuerzas inerciales que dependen
de la masa inercial de los cuerpos sobre los que actúan.
Y ahora la pregunta fundamental:
¿pueden los ocupantes de una caja determinar por medio de experimentos físicos
si se encuentran en reposo sobre la superficie de la Tierra o se encuentran en
el espacio, en movimiento acelerado? La respuesta es no, porque el principio de equivalencia no permite
distinguir, dentro de la caja, entre una fuerza gravitacional y una inercial.
Podemos imaginarnos otra posible
situación. Esta vez la caja es un ascensor que se encuentra en un edificio
terrestre, pero su cable se rompe y cae libremente. Sus ocupantes caen junto
con la caja y, mientras dura la caída, no sienten ninguna fuerza gravitacional,
exactamente como si estuvieran en el espacio extraterrestre.
Otra situación, que se ha vuelto
familiar en los últimos años, es la de los cosmonautas que vemos flotar
ingrávidos dentro de sus vehículos colocados en órbita alrededor de la Tierra.
Si no perciben ninguna fuerza gravitacional no es porque estén tan alejados de
la Tierra que no sientan su atracción, sino porque el vehículo espacial y sus
tripulantes se encuentran en caída libre. Esto puede no coincidir con la
idea común de caída, pero hay que recordar que, estrictamente hablando, un
cuerpo se encuentra en caída libre si se mueve únicamente bajo el influjo de
una fuerza gravitacional sin otro tipo de restricción. Un satélite terrestre
efectivamente está en caída libre, pero nunca choca con la Tierra por la
curvatura de ésta. En resumen, un vehículo espacial en órbita, con sus motores
apagados y sin fricción del aire por encontrarse fuera de la atmósfera, es un
ejemplo perfecto de un sistema inercial: sus ocupantes no pueden decidir, sin
mirar por las escotillas, si están en órbita alrededor de la Tierra o en reposo
lejos de todo cuerpo celeste.
Así, un sistema de referencia
inercial es equivalente a un sistema de referencia en caída libre, y del mismo
modo un sistema no inercial es equivalente a un sistema de referencia sometido
a la fuerza gravitacional. En consecuencia, se puede extender el principio de
relatividad a sistemas no inerciales si se toma en cuenta a la gravitación.
Pero Einstein fue más allá de esta simple comprobación.
Regresemos al ejemplo de la caja
en caída libre, pero esta vez supongamos que la caja es lo suficientemente
grande para hacer el siguiente experimento: colóquense dos bolas en cada
extremo de una caja. Como las bolas se hallan también en caída libre,
permanecen fijas, flotando, para los ocupantes de la caja. Sin embargo, las
trayectorias de ambas no son exactamente rectas paralelas, sino rectas
que convergen al centro de la Tierra. En consecuencia, vistas desde la caja,
las dos bolas no están estrictamente fijas, sino que parecen acercarse lentamente
una a otra. Este efecto casi imperceptible no ocurriría si la caja estuviera en
el espacio extraterrestre, lejos de todo influjo gravitacional, ya que las dos
bolas permanecerían exactamente donde se colocan.
El experimento anterior implica que
la equivalencia entre sistema inercial y sistema en caída libre debe formularse
con más precisión: Los dos sistemas son equivalentes en una región pequeña del
espacio, pero pueden distinguirse uno del otro si se realizan experimentos
físicos sobre distancias suficientemente grandes.
Esta comprobación condujo a
Einstein a relacionar la gravitación con las propiedades geométricas de
una superficie. Por ejemplo, sabemos que la Tierra es redonda, pero su
curvatura no se manifiesta en una región pequeña; a escala humana, nuestro
planeta parece plano y es sólo sobre distancias de varios cientos de kilómetros
que los efectos de la curvatura se vuelven apreciables. Si se trazan dos rectas
paralelas sobre la superficie terrestre, estas rectas permanecen paralelas
inicialmente manteniéndose constante la distancia entre ellas; pero si las
rectas se prolongan cientos de kilómetros empezarán a converger debido a la
curvatura de la Tierra, y acabaran por unirse en algún punto. Las rectas
trazadas sobre la superficie de la Tierra son más bien segmentos de círculo; es
sólo a escalas pequeñas que parecen rectas. El concepto de recta pierde su
sentido sobre una superficie curva y es más preciso referirse a curvas de longitud
mínima: sobre una superficie plana, la recta es la curva de mínima longitud
entre dos puntos dados, pero sobre la superficie de una esfera la curva más
corta entre dos puntos es un segmento de círculo.
Ahora bien, las dos
"paralelas" trazadas sobre la superficie de la Tierra, y que terminan
por unirse debido a la curvatura de ésta, recuerdan las trayectorias de las dos
bolas en el ascensor que cae. En el primer caso, se tiene un efecto debido a la
curvatura de una superficie, mientras que en el segundo caso se manifiesta una
fuerza gravitacional. El primer efecto es geométrico y el segundo
gravitacional. Una superficie curva parece plana en una región suficientemente
pequeña, y del mismo modo una fuerza gravitacional no es detectable en un
vehículo de dimensiones reducidas y en caída libre.
Todas estas analogías condujeron
a Einstein a la conclusión de que la fuerza gravitacional puede interpretarse
como un efecto geométrico. Sólo que, a diferencia de la superficie terrestre,
en la teoría de Einstein el espaciotiempo es curvo y la gravitación es la
manifestación de su curvatura.
LA CURVATURA DEL ESPACIO-TIEMPO
Consideremos primero el caso más
simple de un espacio curvo de dos dimensiones. Un ejemplo es la superficie de
una esfera, que es de dos dimensiones porque se necesitan dos números,
las coordenadas de longitud y latitud, para localizar un punto sobre ella. Las
curvas de menor longitud entre dos puntos son el equivalente de las rectas y se
llaman en lenguaje matemático, geodésicas. A diferencia de las rectas
sobre una superficie plana, dos geodésicas inicialmente paralelas se cruzan en
algún punto; en general, los postulados y teoremas de la geometría elemental no
son válidos sobre superficies curvas donde las geodésicas sustituyen a las
rectas.
A mediados del siglo XIX, el
matemático alemán Georg Friedrich Bernhard Riemann (1826-1866) tuvo la idea de
extender el concepto de superficie curva a un espacio con cualquier número de
dimensiones. En un espacio así, cada "punto" está determinado por
medio de n coordenadas; más aún, se puede
postular una fórmula para medir la "distancia" entre dos puntos, lo
cual permite construir geodésicas, que sustituyen a las rectas en el espacio
ordinario. Es evidente que en un espacio curvo los postulados y teoremas
básicos de la geometría clásica no se cumplen: las geodésicas pueden cruzarse
en más de un punto, las paralelas no mantienen constante la distancia entre
ellas, la suma de los ángulos de un triángulo no da 180°, etcétera.
Riemann demostró que las
propiedades básicas de un espacio curvo están determinadas exclusivamente por
la fórmula para medir "distancias". Escoger una manera de medir esta
distancia equivale a definir un espacio riemanniano, que es un espacio
curvo de dos, tres, cuatro o cualquier número de dimensiones.
A diferencia de las superficies,
que son espacios de dos dimensiones, los espacios curvos de tres o más dimensiones no se pueden
visualizar. Sin embargo, es
posible definirlos y manejarlos matemáticamente sin ninguna dificultad: los
espacios riemannianos son un excelente ejemplo de un concepto que sólo se puede
describir en lenguaje matemático.
Como una visión profética, Riemann
especuló que podría existir una relación entre las propiedades geométricas del
espacio y los procesos físicos que ocurren en él. Sin embargo, sus trabajos fueron considerados durante
mucho tiempo como simples curiosidades matemáticas, ajenas al mundo real. No
fue sino hasta la segunda década del siglo XX cuando Einstein llegó a la
conclusión de que el espacio
tiempo en el que vivimos es un espacio riemanniano de cuatro dimensiones.
Einstein publicó la versión
definitiva de su teoría de la relatividad general en el número de noviembre de
1915 del Boletín de la Academia de Ciencias de Berlín, en plena primera
Guerra Mundial. Para la formulación de esta teoría contó con la ayuda de su
amigo el matemático Marcel Grossman, quien le había despertado el interés en
los trabajos de Riemann. La
esencia de la teoría de Einstein es que la masa de un cuerpo deforma el
espaciotiempo a su alrededor.
En ausencia de masa, el espaciotiempo es plano y una partícula se mueve en
línea recta porque nada influye sobre su trayectoria, pero en presencia de una
masa gravitante, el espaciotiempo se curva y una partícula se mueve a lo largo
de una geodésica. De acuerdo, con esta interpretación de la gravedad, un
planeta gira alrededor del Sol porque sigue una trayectoria geodésica en el
espaciotiempo deformado por la masa solar.
En la teoría de la gravitación de
Newton, se puede calcular la atracción gravitacional ejercida por una
distribución dada de masa por medio de una ecuación matemática. En la teoría de
Einstein, se calcula la curvatura del espaciotiempo, pero la situación es
bastante más complicada porque no sólo la masa sino también la energía ejerce una acción gravitacional. En su artículo de 1916, Einstein
dedujo la ecuación matemática que relaciona la geometría del espaciotiempo con
la distribución de masa y energía: esta fórmula se conoce como ecuación de
Einstein y es la base de la relatividad general.
Si los físicos no se habían
percatado antes de Einstein de que el espacio es curvo es porque la gravedad de
la Tierra y del Sol induce una curvatura extremadamente leve. La situación es
semejante a la de los hombres antiguos que creían que la Tierra era plana, ya
que su curvatura es imperceptible a pequeña escala. Como veremos a
continuación, la curvatura del espaciotiempo se manifiesta plenamente a la
escala del Universo mismo, o cerca de cuerpos celestes cuya atracción
gravitacional es extremadamente intensa. En nuestro Sistema Solar, debemos conformarnos
con efectos casi imperceptibles para confirmar la relatividad general.
RELATIVIDAD Y Y MECÁNICA
CUÁNTICA
La Física del siglo XX se
sustenta sobre dos pilares: la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica.
La primera obra casi exclusiva de Albert Einstein; describe los fenómenos
naturales en los que están involucradas velocidades cercanas a la de la luz. La
segunda, en cuya formulación participó una pléyade de grandes físicos de
principios de siglo, es la mecánica del mundo de los átomos y las partículas
que los constituyen.
Así como la teoría de la
relatividad introdujo conceptos que chocaron con el sentido común, la mecánica
cuántica expuso una descripción del mundo microscópico que en nada se parecía al
de la experiencia diaria. De acuerdo con la mecánica cuántica, las partículas
atómicas no se comportan como los objetos del mundo macroscópico, sino que
tienen propiedades a la vez de partículas y de ondas.
Una partícula con esta
característica es el fotón, que a veces se manifiesta como onda y a veces como
partícula. Esta es una propiedad de todas las partículas subatómicas
—electrones, protones, neutrones, etc.— que
constituyen los átomos, por lo que los fenómenos en ese nivel se producen de
acuerdo a leyes muy peculiares. Es imposible caracterizar una partícula
elemental por su posición y su velocidad, tal como ocurre en la física
newtoniana; al contrario, en la mecánica cuántica sólo se puede calcular la
probabilidad de encontrar una partícula en cierto estado físico. Tal
probabilidad se obtiene a partir de una expresión matemática, la función de
onda.
En la mecánica newtoniana se
calcula la posición y la velocidad de una partícula a partir de ecuaciones
matemáticas, que relacionan el movimiento de la partícula con la fuerza que se
le aplica de acuerdo con la segunda ley de Newton (fuerza = masa •
aceleración). En cambio, en la mecánica cuántica se calcula la probabilidad de
encontrar una partícula en cierto estado físico, utilizando ecuaciones matemáticas,
en particular la ecuación deducida por el físico alemán Erwin Schrödinger en
1926, que relaciona la función de onda de la partícula con la fuerza aplicada
sobre ella.
Gracias a esta ecuación, los
físicos lograron resolver un gran número de problemas relacionados con los
átomos y las partículas que los componen. Un nuevo nivel de la realidad se
había revelado, donde regían leyes totalmente distintas a las de nuestro mundo
macroscópico.
La ecuación de Schrödinger tiene
un rango de validez muy amplio, pero restringido a fenómenos en los que no se
involucran velocidades cercanas a la de la luz. La mecánica cuántica nació como
una extensión de la mecánica newtoniana al mundo atómico y, por ello
precisamente llevaba inherentes las limitaciones básicas de ésta. En los años
treinta, los fenómenos relativistas aún no tenían cabida en la nueva física
cuántica. Era necesario, pues,
unir la mecánica cuántica y la relatividad.
DIRAC Y EL ANTIMUNDO
La ecuación de Schrödinger es
compatible con el principio de relatividad de Galileo, pues está basada en los
principios de la mecánica newtoniana. Generalizar esa ecuación para hacerla
compatible con la relatividad de Einstein no parecía, en principio, demasiado
difícil. Ya en 1926, los físicos Klein y Gordon propusieron una ecuación con
esas características que tenía una forma matemática relativamente simple, mas
no describía adecuadamente los fenómenos cuánticos. Uno de sus principales
defectos era que las partículas supuestamente descritas podían poseer cualquier
energía, incluso negativa; como todo cuerpo en la naturaleza tiende a pasar,
cuando se le deja libre, de un estado de mayor energía a otro de menor energía,
resultaría que todas las partículas del Universo tenderían a un estado con
energía infinitamente negativa, como si cayeran en un pozo sin fondo.
Evidentemente, una ecuación que predice tal comportamiento no puede
corresponder al mundo real.
El problema de unir adecuadamente
la mecánica cuántica y la teoría de la relatividad parecía estancado hasta que,
en 1930, el físico inglés Paul Dirac logró deducir una ecuación que describe
adecuadamente los fenómenos cuánticos y es compatible con el principio de la
relatividad. Si existe algo así como una estética matemática, la ecuación de Dirac es una verdadera obra
de arte, por la manera tan
ingeniosa con la que el físico inglés resolvió un problema aparentemente
irresoluble.
Sin entrar en detalles técnicos,
que rebasarían los propósitos del presente ensayo, señalaremos que la ecuación
de Dirac permite calcular la función de onda de un electrón, y de otras
partículas elementales, teniendo en cuenta todos los efectos relativistas. Sin
embargo, adolecía del mismo defecto que mencionamos anteriormente: de acuerdo
con esta ecuación, un electrón podía tener una energía infinitamente negativa.
Pero lo que parecía una dificultad técnica resultó ser, gracias al ingenio de
Dirac, la clave para descubrir un aspecto insospechado de la Naturaleza.
Para evitar que todos los
electrones del Universo cayeran a estados con energías infinitamente negativas,
Dirac propuso que todos los estados con energía negativa estaban ocupados ya
por electrones, aunque éstos no se puedan detectar directamente (¡el vacío de
la mecánica cuántica resulta ser un mar infinito de partículas!, y esta
aparente contradicción es todavía uno de los problemas más complejos de la
física moderna). Pero si llegara a faltar uno de estos electrones de energía
negativa, su ausencia se detectaría como la presencia de una partícula con
energía positiva y con la carga eléctrica contraria a la del electrón.
Esa nueva partícula, predijo Dirac, sería un electrón"; tendría la misma
masa que un electrón y todas las demás propiedades, excepto el signo de la
carga eléctrica, que sería positivo —razón por la que esa nueva partícula fue bautizada
positrón—. Más aún, Dirac predijo, con base en su modelo, que al ponerse
en contacto un electrón con un positrón los dos se aniquilarían, transformando
la totalidad de sus masas en energía en forma de dos rayos gamma
(fotones de altísima energía). Además, el argumento de Dirac podía aplicarse a
cualquier partícula, por lo que predecía que existen en la Naturaleza antiprotones,
antineutrones, e incluso antiátomos, compuestos de positrones y
antinúcleos.
La hipótesis de Dirac fue
confirmada definitivamente poco tiempo después de haber sido formulada. En
1932, se detectaron positrones en el flujo de rayos cósmicos que llegan a la
superficie terrestre, con las características predichas por la teoría: carga
positiva y misma masa que los electrones. Incluso se descubrió posteriormente
que algunos elementos radiactivos emiten positrones al decaer sus núcleos. Y en
los años cincuenta, cuando empezaron a funcionar los grandes aceleradores de
partículas para estudiar el mundo subatómico, se logró producir antiprotones,
antineutrones y todo tipo de antipartículas.
Con las antipartículas se pueden
formar, en principio, antiátomos, antimoléculas e incluso antimundos —estrellas
y planetas, habitados por seres de antimateria—. Los fenómenos naturales en esos antimundos serían
idénticos a los que conocemos, con la única diferencia de que el signo de todas
las partículas atómicas estaría invertido; esto se debe a que las leyes de la
física son (casi) iguales para la materia y la antimateria. La apariencia
visual de estos antimundos sería indistinguible de un mundo de materia, pues la
luz (y en general los fenómenos electromagnéticos) no hace distinción entre
materia y antimateria. Pero si un día nos visitara un ser de antimateria las
consecuencias serían catastróficas para todos: se aniquilaría totalmente al
pisar tierra, produciendo una explosión mucho más fuerte que una bomba atómica.
El mecanismo más eficiente que
existe en la Naturaleza para transformar masa en energía es la aniquilación de
la materia con la antimateria; la eficiencia del proceso es del 100%, pues la
totalidad de la masa se convierte en energía en forma de rayos gamma.
Desgraciadamente, no es un proceso aprovechable para usos prácticos pues no
existen yacimientos de antimateria en la Tierra: se pueden producir
antipartículas en los aceleradores de partículas, a costa de invertir enormes
cantidades de energía, pero es imposible almacenarlas, pues se aniquilan al
menor contacto con la materia.
LAS PARTÍCULAS (Y
ANTIPARTÍCULAS) ELEMENTALES
A pesar de lo que indica su
nombre, un átomo no es indivisible, sino que está constituido por electrones
que giran alrededor de un núcleo formado por protones y neutrones. Al
principio, los físicos pensaron que los elementos básicos del Universo eran estas
tres partículas: electrón, protón y neutrón, y la partícula de la luz: el
fotón. Pero el número de las partículas supuestamente elementales empezó a
aumentar, primero lentamente y después, en forma alarmante...
Primero, con la teoría Dirac,
aparecieron en la escena los positrones, los antiprotones y los antineutrones.
Incluso una partícula eléctricamente neutra como el neutrón tiene su
antipartícula correspondiente. ¿Cómo distinguir un neutrón de un antineutrón , si no tienen carga eléctrica que los diferencie?
La manera más simple es ponerlos en contacto: se aniquilan mutuamente
produciendo dos fotones extremadamente energéticos. En cambio, un fotón no
puede distinguirse de un "antifotón", pues dos fotones al ponerse en
contacto no producen nuevos fotones, sino que prosiguen su existencia sin
inmutarse: por esta razón, el
fotón es una partícula que no posee antipartícula, o dicho más precisamente, es
indistinguible de ella.
En 1930 surgió una pequeña alarma
por lo que podría ser una violación de la ley de conservación de la energía y,
particularmente, de la fórmula E = mc2. El decaimiento beta es una
reacción por la cual un neutrón se transforma en un protón, emitiendo un
electrón; esta reacción es posible gracias a que la masa del neutrón es
ligeramente superior a la del electrón, por lo que la diferencia de masa se
transforma en la energía para crear el electrón emitido. Sin embargo, al
estudiar el decaimiento beta, los físicos se dieron cuenta de que el electrón
resultante poseía siempre menos energía de la que se esperaría. Se llegó a
sospechar que la fórmula de Einstein estaba equivocada, pero en 1930 el físico
Wolfgang Pauli propuso una solución: la energía que faltaba se la llevaba una
partícula hasta entonces desconocida, sin carga eléctrica y con masa nula o
extremadamente pequeña. Tal partícula fue bautizada neutrino y su
existencia fue confirmada varios años después, salvándose así la ley de
conservación de la energía.
El neutrino es una partícula muy
curiosa; se sabe en la actualidad que hay por lo menos tres tipos de neutrinos
(quizá más), con sus respectivos antineutrinos. La masa del neutrino parece ser exactamente cero, por lo que
esta partícula viaja siempre a la velocidad de la luz, tal como el fotón. A diferencia de otras partículas, los
neutrinos no tienen ninguna interacción con los fotones, razón por la que un
neutrino y un antineutrino no se aniquilan al chocar, pues no pueden
producir un par de fotones.
¿Cómo distinguir entonces un
neutrino de un antineutrino, si ninguno tiene carga eléctrica? La respuesta es
muy interesante: el neutrino, al igual que muchas otras partículas elementales,
posee un momento angular, o dicho en palabras más simples, gira sobre sí mismo.
Lo que distingue un neutrino de un antineutrino es el sentido en el que giran.
Vistos desde atrás con respecto a la dirección de su movimiento, un neutrino
gira en sentido contrario al de las manecillas de un reloj y un antineutrino en
el otro sentido. Sin embargo, podríamos pensar que si nos movemos más rápido
que un neutrino, lo veríamos moverse en sentido contrario girando como si fuera
un antineutrino...¡Pero recordemos que los neutrinos
se mueven a la velocidad de la luz, por lo que es imposible rebasarlos! Debido
al límite natural que representa la velocidad de la luz, la distinción entre
neutrinos y antineutrinos tiene un sentido físico muy claro.
Otras partículas siguieron
apareciendo en escena. En 1935, el físico japonés Hideki Yukawa propuso la
existencia de ciertas partículas, que llamaron mesones, para explicar la fuerza
nuclear entre protones y neutrones. Los mesones fueron descubiertos una
década después.
En los años cincuenta, los
físicos habían descubierto todo un zoológico de partículas elementales con masas
muy diversas, aunque casi todas eran inestables y se transformaban rápidamente
en otras partículas. La única regularidad que se podía notar entre ellas era la
carga eléctrica, que siempre es un múltiplo, positivo o negativo, de la carga
del electrón. Parecía existir, pues, en la Naturaleza una unidad fundamental de
carga eléctrica: el electrón posee una unidad negativa y el protón una unidad
positiva; los mesones pueden tener tanto carga positiva como negativa; algunas
partículas como el neutrón, el neutrino y el fotón, poseen carga cero, mientras
que otras partículas más raras tienen dos o más unidades de carga.
Para poner un poco de orden en la
familia de las partículas elementales, el físico estadounidense Murray
Gell-Mann sugirió en los años sesenta que las partículas como los mesones,
protones, neutrones y otras más pesadas están constituidas por partículas aún
más elementales, a las que bautizó quarks. La carga de los quarks debe
ser un tercio o dos tercios de la unidad fundamental de carga, con lo
que se pueden explicar las propiedades básicas de las partículas elementales:
Por ejemplo, el protón está formado por dos quarks con carga +2/3 y uno con
carga -1/3, dando una carga neta igual a una unidad; el neutrón consta de dos
quarks con carga -1/3 y uno con carga +2/3, siendo la carga total nula; en
cuanto a los mesones, están formados por parejas de quarks y antiquarks, por lo
que se desintegran rápidamente en el estado libre.
El modelo propuesto por Gell-Mann
era muy ingenioso, y muchos datos experimentales lo confirmaban, excepto el
hecho de que nadie podía detectar un quark. Durante años, los físicos trataron
de encontrar quarks aislados en estado natural, sin tener éxito, hasta que se
dieron cuenta de que los quarks
no pueden existir solos. La razón
es que los cuarks se encuentran unidos entre sí con una fuerza enorme que,
además, aumenta con la distancia. Al contrario de la fuerza eléctrica o la
gravitacional —que disminuyen al aumentar la distancia entre los cuerpos que se
atraen— los quarks están ligados entre sí por una interacción que aumenta con
la separación, tal como un resorte que, mientras más se estira, atrae con mayor
fuerza.
La analogía del resorte puede
ilustrar la razón por la que los quarks no existen aislados. Supongamos que
queremos separar dos quarks ligados entre sí; podemos estirar el
"resorte" que los une más y más hasta que se rompe. Pero para romper
un resorte, hay que invertir energía. En el caso de los quarks esta energía es
tan grande que puede transformarse en la masa de dos nuevos quarks. El
resultado es que, al romperse el "resorte", se producen dos parejas
de quarks en lugar de dos cuarks aislados.
Hoy en día, los físicos piensan
que los constituyentes básicos de la materia son los quarks, por una parte, y
los llamados leptones (partículas ligeras como el electrón y el
neutrino) por la otra. Éstas se estudian en los aceleradores de partículas,
donde alcanzan velocidades muy cercanas a la de la luz, gracias a las enormes
cantidades de energías invertidas. Al chocar entre sí, las partículas forman
nuevas partículas. La comprensión de estos fenómenos ha sido posible gracias a
la unión de las dos grandes teorías de la física moderna.
© 1991 Javier de Lucas