APRENDIZAJE Y MEMORIA

LO
QUE EL APRENDIZAJE HACE POSIBLE
Una
explicación rigurosa y profunda de cómo el cerebro aprende debe empezar por
analizar y conocer las circunstancias ancestrales que dieron lugar a la
aparición y el desarrollo de la capacidad de aprender en los seres vivos. Eso
nos lleva a considerar los cambios ambientales y las propias experiencias de
los organismos como los factores más importantes que han promovido y hecho
posible tal capacidad. Los seres que habitan en un medio estático, donde nada o
casi nada cambia con el tiempo, son capaces de sobrevivir mediante conductas
reflejas y estereotipadas, es decir, mediante comportamientos siempre iguales,
repetidos y muy adaptados a ese medio. Un ejemplo fascinante es el de la
garrapata, animal que parasita a otros animales y sobrevive mediante una
conducta alimentaria instintiva muy simple y rígida, sin capacidad de cambio.
Cuando este
insecto alcanza la parte del cuerpo de otro animal, como por ejemplo un
caballo, que tiene una determinada temperatura y un determinado olor, saca
automáticamente su trompa chupadora y comienza a extraer sangre de su víctima,
siendo ése su único modo de supervivencia. Pero si en su errante andar tiene la
mala fortuna de llegar a un medio diferente, como la roca donde una persona
obesa ha estado sentada un largo rato dejando en ella el calor y el olor de su
cuerpo, la garrapata, respondiendo igualmente a su instinto, intentará
inútilmente extraer sangre de esa roca hasta destruir su trompa chupadora y,
con ella, sus posibilidades de seguir viviendo. Es, por tanto, un ser que ni
sabe ni puede modificar su conducta basándose en los cambios ambientales y su
experiencia de ellos, es decir, es un ser con nula o muy limitada capacidad
para aprender y condenado, en consecuencia, a sobrevivir en un medio estático.
Pero la
mayoría de los seres vivos han evolucionado en un mundo cambiante, lleno de
incertezas, donde muy pocas cosas han permanecido inmutables. En ese dinámico
mundo, el aprendizaje surgió como una capacidad del cerebro para amortiguar los
cambios ambientales, es decir, como una capacidad biológica que permite a los
organismos modificar su comportamiento para adaptarse a los inciertos e
impredecibles cambios del medio en que viven. Siendo ése su objetivo, el
aprendizaje tenía que ir necesariamente ligado a la memoria, es decir, a la
capacidad de recordar las experiencias pasadas para tenerlas en cuenta y actuar
en base a ellas en el futuro. Un animal puede sobrevivir a una experiencia
peligrosa, como internarse en una zona de predadores, si consigue advertir el
peligro a tiempo y huir, pero esa experiencia aumenta su valor si queda
registrada de algún modo en su cerebro para permitirle recordar el lugar del peligro
y evitarlo en ocasiones futuras.
El
aprendizaje sin memoria sería una respuesta posiblemente fortuita e
intrascendente. No obstante, en el proceso de la evolución, aprendizaje y
memoria quedaron ligados como las dos caras de una misma moneda, de tal modo
que el uno no puede darse sin el otro, es decir, no puede haber aprendizaje sin
memoria ni memoria sin aprendizaje. En los organismos superiores la capacidad
de memoria tiene un importante valor añadido, pues confiere a la vida un
sentido de continuidad que evita que tengamos la sensación de vivir en una
especie de eterno presente, algo que probablemente les ocurre a los individuos
que, por causa de enfermedades neurodegenerativas, como la de Alzheimer,
pierden la capacidad de recordar.
QUÉ PASA EN EL
CEREBRO CUANDO APRENDEMOS
La
neurociencia y la psicobiología nos han enseñado mucho sobre cómo el cerebro
humano representa y almacena la información y el conocimiento. Aprender
significa básicamente adquirir nuevas representaciones neuronales de información
y establecer relaciones funcionales entre ellas y las ya existentes en el
cerebro. Ello es posible porque cuando aprendemos se forman nuevas conexiones
entre las neuronas que albergan el conocimiento, o se fortalecen y estabilizan
e incluso desaparecen muchas de las ya existentes. Los astrocitos, células
también muy abundantes en el cerebro, pueden sufrir modificaciones anatómicas y
funcionales que facilitan el trabajo de las neuronas cuando aprendemos. Son
procesos de cambio que en conjunto denominamos plasticidad estructural y
plasticidad funcional del cerebro, es decir, cambios en la anatomía y/o el
funcionamiento del cerebro que resultan de las experiencias que tenemos
cotidianamente. Gracias a ellos, la representación en las neuronas de, por
ejemplo, el escritor Miguel de Cervantes puede quedar ligada a la de su obra
inmortal, el Quijote, y la que representa a un buen vino puede hacerlo con la
correspondiente a la denominación Rioja. Muchas de esas representaciones se
producen en circuitos o redes neuronales de la corteza cerebral, pues es en
ella donde tiene lugar la parte más importante del proceso que analiza y
convierte en percepciones la información recibida de los órganos de los
sentidos y de otras partes del cerebro. No obstante, como veremos más adelante,
pueden ser otras estructuras del cerebro, como el hipocampo, la amígdala o los
ganglios basales, las que inicial o definitivamente hagan posible la asociación
entre las diferentes representaciones del conocimiento establecidas en la
corteza u otras regiones cerebrales.
QUÉ
ES LA MEMORIA

La memoria
son los cambios que se producen en el cerebro para retener o almacenar lo que
aprendemos. No es, por tanto, algo directamente observable y por ello lo que
hacemos es inferirla del comportamiento de las personas o los animales. Si
alguien muestra un determinado conocimiento o un cambio en su comportamiento es
porque en algún momento anterior su cerebro ha formado una memoria para ese
conocimiento o para ese nuevo comportamiento.
Como ya
dije, el aprendizaje y la memoria son dos procesos estrechamente ligados y en
cierto modo coincidentes, como las dos caras de una misma moneda. Están,
además, presentes o forman parte de otros procesos cerebrales, como la
percepción sensorial, las motivaciones, las emociones o el lenguaje, por lo que
los especialistas tienen dificultades para referirse a alguno de esos procesos
con independencia de los demás, o para discernir su presencia o participación
específica en una función mental o conductual.
Los humanos
poseemos una extraordinaria capacidad para recordar cosas aparentemente tan
simples como el azul del mar, o tan complejas como el modo de resolver una
ecuación matemática. Recordamos las caras y los nombres de las personas
conocidas, el significado de las palabras que utilizamos, cómo montar en
bicicleta, lo que pasó hace un rato o sucesos y anécdotas de nuestra infancia.
Igualmente recordamos los detalles de una jugada de gol, el fragor de un debate
político, la receta de una comida, la emoción de vergüenzas pasadas o el modo
correcto de comportarnos en público, entre otras muchas y variadas cosas. Las
memorias nos permiten relacionar el presente con el pasado y proyectar hacia el
futuro nuestros pensamientos e ideas. La capacidad del cerebro y la mente
humana para almacenar diferentes tipos de información se nos antoja ilimitada,
aunque no lo sea. Pero ¿cómo es eso posible?, ¿cómo lo hace el cerebro?, ¿cómo
se las arreglan las neuronas para almacenar la información que contienen las
memorias? A ello me refiero a continuación.
QUÉ
SON LAS SINAPSIS Y LAS ESPINAS DENDRÍTICAS
En el
cerebro humano hay unos 86.000 millones de neuronas que a lo largo de sus
prolongaciones (dendritas y axón, figura 1) conducen información codificada en
forma de pequeñas descargas eléctricas llamadas potenciales de acción. Del
mismo modo que el código Morse de puntos y rayas puede codificar palabras y
frases, los potenciales de acción son algo así como el lenguaje o las palabras
que utiliza el cerebro para representar la información que le llega. No
obstante, entre una y otra neurona la comunicación se vuelve química y tiene
lugar mediante conexiones funcionales llamadas sinapsis, de las que se calculan
unas 1014 en todo el cerebro. En cada sinapsis hay implicadas dos
neuronas, la que aporta la información, llamada neurona presináptica, y la que
la recibe, llamada neurona postsináptica, separadas ambas por un minúsculo
espacio de micras de longitud. Cuando los potenciales de acción, es decir, las
pequeñas descargas eléctricas que llevan la información alcanzan la terminación
de una neurona presináptica, ésta libera una pequeña cantidad de una sustancia
química, el neurotransmisor, que difunde por el espacio entre ambas neuronas
hasta llegar a la neurona postsináptica para, uniéndose a ella, modificar su
actividad. Hay sinapsis excitatorias, en las que el neurotransmisor liberado
aumenta la actividad eléctrica (los potenciales de acción) de la neurona
postsináptica, y sinapsis inhibitorias, en las que el neurotransmisor liberado
inhibe o reduce la actividad eléctrica de la neurona postsináptica. Sinapsis
sucesivas de ambos tipos integran complejos y múltiples circuitos que se forman
entre diferentes y numerosas neuronas. Cada neurona, en algunas partes del
cerebro, puede llegar a establecer miles de conexiones sinápticas con otras
neuronas, dando lugar a amplios circuitos neuronales de extraordinaria
complejidad.
Hace ya más
de un siglo, en marzo de 1884, el médico e investigador español Santiago Ramón
y Cajal impartió una brillante conferencia en la Royal Society de Londres
(Croonian Lecture) en la que postuló que el aprendizaje podría tener lugar como
consecuencia de la aparición de minúsculos y nuevos brotes o terminaciones en
las prolongaciones de las células del cerebro.
Sorprendió a
todo el mundo, pues era la primera vez en la historia que un científico se
atrevía a explicar lo que podría ocurrir en el cerebro cuando aprendemos. El
tiempo y los nuevos hallazgos de la neurociencia le han dado la razón, pues
ahora sabemos que su postulado era cierto, es decir, que a semejanza de lo que
ocurre en los árboles y las plantas en primavera, cuando aprendemos, las
neuronas emiten minúsculos brotes o excreciones, de aproximadamente 0,1 micras
cúbicas cada uno de ellos, llamados espinas endríticas, que les sirven para
formar nuevas sinapsis, o fortalecer las ya existentes, con otras neuronas. Las
formas y tamaños de las espinas dendríticas determinan su capacidad para
transmitir información en las sinapsis que intervienen. Algunos experimentos
muestran que la morfología individual de las espinas puede predecir no sólo su
fuerza para formar sinapsis, sino también la estabilidad temporal de esas
sinapsis. Así, las espinas de mayor tamaño generalmente persisten de semanas a
meses y forman sinapsis fuertes, mientras que las espinas delgadas suelen durar
poco tiempo y forman sinapsis más débiles. Se sospecha, además, que las grandes
espinas con forma de hongo podrían constituir un sustrato físico para las
memorias duraderas, de largo plazo, mientras que las más pequeñas y delgadas
podrían ser más plásticas o maleables y susceptibles de cambiar con la
experiencia. Según estudios con modelos animales, enfermedades neurológicas,
como el autismo, la esquizofrenia o el Alzheimer, podrían incluir alteraciones
estructurales en las espinas dendríticas y sus sinapsis correspondientes en el
cerebro.
Muchas
sinapsis son fijas y estables, genéticamente determinadas, mientras que otras
son plásticas, es decir, se forman, refuerzan, debilitan o incluso desaparecen
continuamente como resultado del aprendizaje, la acción mental o el
comportamiento de las personas. Es como si el cerebro estuviera continuamente
en ebullición morfológica y funcional. Los nuevos circuitos y redes neuronales
que de ese modo se establecen, en la medida en que albergan representaciones de
información, constituyen el soporte o modo físico en que se almacenan las
memorias. Esas redes son los cógnitos, en terminología acuñada por el
neurocientífico Joaquín Fuster. Entre esos circuitos, los hay convergentes, ya que
reúnen o integran información de diversos tipos y procedencia, mientras que
otros son divergentes, pues distribuyen la información que reciben a otros
lugares cerebrales. De ese modo, los circuitos o redes neuronales y las
interacciones funcionales que origina el aprendizaje pueden abarcar áreas muy
amplias y dispersas de la corteza cerebral y de los núcleos subcorticales.
Podemos imaginar el modo en que una memoria está almacenada en el cerebro como
una compleja y específica red neuronal que cada vez que se activa hace posible
los recuerdos.
Las
memorias, por tanto, no se almacenan en una única neurona o en una o pocas
sinapsis, sino en múltiples neuronas y sinapsis que pueden estar ampliamente
distribuidas en el cerebro. Aunque no está clara la capacidad de almacenamiento
de información del cerebro humano, pues las estimaciones le atribuyen entre uno
y mil terabytes (cada terabyte son 1012 bytes o 1.000 gigabytes; 1
byte son 8 bits), no hay duda de que su enorme cantidad de conexiones
sinápticas le confiere una enorme capacidad para combinar, asociar y almacenar
información de diferente tipo y procedencia. Esta flexibilidad o plasticidad en
las conexiones y circuitos neuronales del cerebro se corresponde con el hecho
de que, como consecuencia de la práctica y la experiencia, las memorias y otras
capacidades mentales o conductuales de las personas pueden igualmente aparecer
o desaparecer, reforzarse o debilitarse.
Pero los
minúsculos cambios cerebrales, como la aparición de nuevas espinas dendríticas,
que modifican o crean nuevas conexiones y redes sinápticas y con ellas nuevas
memorias, no son simples. En realidad, son extraordinariamente complejos y su
análisis requiere la competencia y colaboración de técnicas experimentales
diversas y muchas veces sofisticadas, que van desde observaciones rigurosas del
comportamiento de animales y personas hasta el análisis preciso de las
moléculas químicas del interior de las neuronas y de los genes contenidos en el
ADN de sus núcleos. Como veremos más adelante, muchos de esos cambios han sido
estudiados en el hipocampo de mamíferos como el conejo o la rata, una parte del
cerebro muy importante para asociar información y formar determinadas memorias.
La mayoría de las sinapsis que forman las neuronas del hipocampo son plásticas,
lo que quiere decir que tienen la capacidad de modificar su morfología y
funcionamiento para transmitir información con mayor o menor fuerza y eficacia.
La plasticidad, no obstante, no es exclusiva del hipocampo, pues es también
especialmente característica de otras regiones cerebrales, como la corteza
cerebral, donde se forman, como ya dijimos, muchas representaciones neuronales
de información.
La memoria,
en definitiva, es analógica y metafóricamente comparable a los canales que
forma el agua de la lluvia en los suelos blandos de los caminos. Cuanto más
llueve, más se profundizan y estabilizan esos canales. Le recuerdan, además, al
agua por dónde debe circular cuando regrese. En las personas y animales, la
experiencia es como la lluvia, pues ella es la que marca en el plástico cerebro
los canales neuronales por donde circulan los recuerdos.
CÓMO
CAMBIAN LAS SINAPSIS CUANDO APRENDEMOS

A mitad de
los años sesenta y principios de los setenta del siglo pasado, el científico
noruego Terje Lomo y el británico Timothy Bliss descubrieron, en el hipocampo
de conejos anestesiados, sinapsis que se comportaban de modo parecido a los
músculos esqueléticos, ya que cuanto más se las obligaba a trabajar, más fuerza
adquirían esas sinapsis para transmitir información entre las neuronas. Lo que
hacían para verificarlo era, en cada sinapsis individual, estimular con
pequeñas descargas eléctricas repetitivas a la neurona presináptica y medir la
respuesta eléctrica de la postsináptica antes de la estimulación y algún tiempo
más tarde. De ese modo descubrieron que, cuando se obliga a una sinapsis a
trabajar intensamente liberando su neurotransmisor ocurren en ella cambios que
potencian su capacidad para transmitir la información a la neurona
postsináptica, cuyas respuestas eléctricas crecen y son mayores a partir de
entonces. En diversos experimentos descubrieron que esa potenciación es tanto
más duradera cuanto más se obliga a trabajar a la sinapsis, es decir, cuanto
más se estimula a la neurona presináptica la respuesta de la postsináptica
puede durar no sólo minutos, sino también horas e incluso días. Es por ello que
llamaron al descubrimiento potenciación sináptica a largo plazo (PLP) y
pensaron que ese tipo de potenciación duradera podría constituir un mecanismo
por el que las neuronas y sus sinapsis retienen o almacenan la información que
el animal adquiere.
Otros
experimentos han mostrado que la estimulación eléctrica de baja frecuencia, es
decir, menos repetitiva, o ciertos tipos de aprendizaje, en lugar de potenciar
las sinapsis pueden también debilitarlas de una forma duradera, fenómeno que ha
recibido el nombre de depresión sináptica a largo plazo (DLP). Transferido a
los humanos, todo ello significa que cuando aprendemos se potencian o deprimen
unas determinadas sinapsis en el cerebro dando lugar a la formación de nuevos y
complejos circuitos neuronales que constituyen el soporte de la memoria, pues
cuando posteriormente se activan, sobrevienen los recuerdos.
Los
resultados de numerosos experimentos realizados en el hipocampo de la rata en
diversos laboratorios muestran cómo se produce la PLP, es decir, cómo cambian
las neuronas para potenciar sus sinapsis y, con éstas, la dinámica y funciones
de los circuitos en que se integran. El proceso es muy complejo, pero el
análisis de lo que ocurre en una única sinapsis plástica del hipocampo de la
rata puede ser suficiente para ilustrarlo y dar una idea del mismo. En
síntesis, el mecanismo consiste en que, al ser estimulada por una situación de
aprendizaje, o por la activación eléctrica que el experimentador puede
suministrarle mediante microelectrodos, la neurona presináptica libera
inmediatamente glutamato, un neurotransmisor que difunde por el minúsculo
espacio de la sinapsis hasta alcanzar la neurona postsináptica. Allí activa a
otras moléculas importantes para el proceso, como el receptor NMDA
(N-metil-D-aspartato), y ello origina una compleja y sucesiva cascada de
eventos moleculares postsinápticos que incluyen como más importantes la
activación de genes en el núcleo de la neurona y la modificación o la síntesis
de nuevas proteínas, como la actina, que constituye una especie de andamio
sobre el que se forman y crecen los nuevos brotes o espinas dendríticas en esa
neurona. Muchas de las nuevas espinas dendríticas que de ese modo se forman
cuando aprendemos sirven para ampliar o fortalecer las sinapsis ya existentes o
para formar nuevas sinapsis con otras neuronas, ampliando así la extensión de
los circuitos neuronales en que se implican. Las nuevas espinas tienden a aparecer
en grupos de pares de espinas vecinas, siendo éstas más persistentes que las
que se forman aisladamente. En los mecanismos de plasticidad que llevan a la
formación de las nuevas sinapsis intervienen moléculas como la proteína quinasa
calmodulina (CAMKII), muy abundante en las sinapsis excitatorias del cerebro y
reguladora de la estructura y función de otras proteínas, las caderinas, que
sirven para mantener adheridas las dos neuronas que las forman, y el BDNF
(Brain derived neurotrophic factor), una proteína que estimula el crecimiento y
la diferenciación de las neuronas y las sinapsis.
EL
ERROR DE PREDICCIÓN

La
experiencia cotidiana nos puede hacer creer que para que dos estímulos queden
asociados por el aprendizaje basta con que se nos presenten uno a continuación
o muy cerca del otro. Por ejemplo, cuando nos presentan a una persona, podría
bastar con que enseguida nos digan su nombre para que esa persona quede
asociada a ese nombre y lo recordemos en el futuro. Sin embargo, la propia
experiencia y los resultados de experimentos recientes nos muestran que eso
puede no ser suficiente, y que para que la asociación entre dos estímulos se
establezca con fuerza y sea consistente es necesario que quien aprende detecte
una discrepancia o cierto grado de sorpresa entre lo que supone o espera que
ocurra tras el primer estímulo y lo que realmente llega con el segundo. En cada
situación de aprendizaje, esa diferencia entre lo esperado y lo que
verdaderamente ocurre recibe el nombre de error de predicción. Veamos a continuación
algunos ejemplos.
Cuando, tras
mover de un modo determinado el tronco de un árbol, caen de él más frutas de
las esperadas, el error de predicción es positivo y fortalece el aprendizaje de
mover el tronco para obtener frutos. Pero si al mover el tronco cae sólo la
cantidad de frutos que esperábamos, no se produce un error de predicción ni
aprendemos nada nuevo. Y si cuando movemos el tronco esperando que caiga fruta,
no cae ninguna, el error de predicción que se produce es negativo y, entonces, más
que a reforzar la conducta de mover el árbol para conseguir fruta, tiende a
extinguirla, es decir, a que no volvamos a intentarlo. En este último caso, lo
que el error de predicción fortalece es el aprendizaje de que moviendo el
tronco de esa manera no conseguiremos frutos. Otro ejemplo sería cuando
introducimos monedas en una máquina suministradora de refrescos. Si la máquina
nos sirve varios en lugar del único esperado, el error de predicción es
positivo y nos enseña que esa máquina funciona de modo diferente al previsto, y
si no nos suministra ningún refresco, el
error de predicción es negativo y sirve para extinguir la conducta de
seguir probando.
En esos y
otros ejemplos más complejos, el error de predicción actúa como una señal o
aviso que sirve para corregir desaciertos en las suposiciones o expectativas
que tenemos sobre las cosas que han de pasar en determinadas circunstancias.
Hace tiempo que sabemos que cuanto mayor y más positivo es el error de
predicción, más cantidad del neurotransmisor dopamina liberan las neuronas del
área tegmental ventral del mesencéfalo en lugares de la base del cerebro, como
el núcleo accumbens. Así, las sorpresas o las recompensas inesperadas hacen que
se activen intensamente esas neuronas y liberen mucha dopamina. Por el
contrario, cuando las recompensas esperadas no llegan, esas neuronas, en lugar
de activarse, se desactivan y liberan menos dopamina de lo habitual. En el
cerebro de ratas se ha observado que cuando el aprendizaje está teniendo lugar
hay mucha liberación de dopamina, pero, a medida que el aprendizaje se va
instaurando y haciendo más fuerte, cada vez es menor la liberación de dopamina
en el núcleo accumbens. Patricia Janak y su equipo de investigadores de la
Universidad de San Francisco recientemente han conseguido que un estímulo
luminoso que, por no producir error de predicción, no quedaba asociado a
pequeñas descargas eléctricas en las patas de las ratas, sí quedase asociado a
esas descargas cuando su presentación era acompañada de un falso error de predicción
obtenido artificialmente haciendo que se liberase dopamina en el cerebro de los
animales mediante la moderna técnica de optogenética. Otros experimentos más
recientes han puesto de manifiesto que la dopamina liberada cuando hay error de
predicción puede modificar el tamaño de las espinas dendríticas y, con ella, el
funcionamiento de las sinapsis en que se implican. Todo ello ha confirmado la
importancia que puede tener la liberación de dopamina y el error de predicción
para que tenga lugar el aprendizaje.
INFLUENCIAS
EPIGENÉTICAS EN EL APRENDIZAJE Y LA MEMORIA
Como ya
vimos, una característica distintiva y muy importante de la formación de nuevas
conexiones sinápticas, y con ellas de nuevas memorias, es la síntesis de
proteínas que tiene lugar en las neuronas implicadas. Es por eso que los
medicamentos y drogas que impiden o reducen esa síntesis desestabilizan las
sinapsis y pueden impedir la formación de memorias estables y duraderas. No
obstante, hay experimentos cuyos resultados muestran que la degradación de
ciertas proteínas de las neuronas puede ser también importante para que se
formen las memorias. Es decir, tanto la formación de nuevas proteínas como la
desaparición de algunas de las ya existentes en las neuronas pueden ser
necesarias según los casos para que aprendamos y se formen nuevas memorias en
el cerebro. Particularmente importante en relación con esos procesos es la
epigenética, es decir, las influencias o factores de todo tipo, ambientales y
fisiológicos, que, sin modificar los genes contenidos en las neuronas, pueden
controlar su expresión y determinar de ese modo si se sintetizan o no las
proteínas necesarias para que se establezcan las memorias. La epigenética la
podemos asimilar a interruptores que activan o desactivan los genes que llevan
la información para sintetizar las moléculas necesarias para que tengan lugar
procesos fisiológicos, como el aprendizaje y la memoria. Ahora sabemos que el
que se expresen o no muchos de los genes que tenemos en nuestras neuronas puede
depender más de factores epigenéticos que de ellos mismos.

Para
entenderlo mejor es conveniente recordar que todas y cada una de las células de
nuestro cuerpo, sean del cerebro, la piel o cualquier otro órgano o tejido,
contienen en su núcleo los genes que llevan la información para construir
nuestro organismo, algo así como «los planos» para hacerlo. En el núcleo de
cada célula, esos genes son como trozos sucesivos de una larga cadena de
moléculas en forma de doble hélice, que es el ADN (ácido desoxirribonucleico).
Pero el ADN de cada célula o neurona está fragmentado y comprimido en distintos
grupos o cromosomas que contienen, cada uno de ellos, diferentes genes. Los
humanos tenemos en los núcleos de todas y cada una de nuestras células 23 pares
de cromosomas que constituyen en su conjunto el llamado cariotipo genético
humano. Un cromosoma de cada par es la herencia recibida de nuestro padre y, el
otro, la de nuestra madre.
En cada
cromosoma, unas proteínas llamadas histonas mantienen plegado el ADN formando
con él una estructura conjunta que es la cromatina. De ese plegamiento, es
decir, de la estructura de la cromatina, depende el que puedan expresarse o no
los genes contenidos en su ADN. Es por esa dependencia que diferentes estímulos
ambientales o fisiológicos pueden funcionar como factores epigenéticos capaces
de modificar la estructura de la cromatina, es decir, el modo en que se pliega
en ella el ADN, haciendo posible que determinados genes se expresen y den lugar
a la síntesis de las proteínas necesarias para formar las memorias. Los
factores epigenéticos funcionan produciendo cambios en la estructura de las
histonas (acetilaciones y metilaciones) que, a su vez, cambian la estructura de
la cromatina. Una metáfora para entenderlo mejor podría ser la siguiente: si el
ADN de cada cromosoma fuese algo así como un escenario repleto de actores, que
serían los genes, para que cada actor pudiera actuar y hacer su propia
representación, tendría que descomprimirse la parte del escenario donde se
encuentra. Esa descompresión es el equivalente a lo que hacen las acetilaciones
y metilaciones del ADN de los cromosomas para permitir la expresión de ciertos
genes.
En
experimentos de laboratorio se ha observado que cuando los ratones aprenden a
tenerle miedo al lugar donde recibieron una ligera descarga eléctrica en sus
patas, la memoria de ese miedo sólo es duradera si en las neuronas de su
hipocampo, una estructura del cerebro muy importante para la memoria, se
producen cambios epigenéticos que permiten la expresión de los genes que llevan
la información para sintetizar las proteínas que requiere la formación de la
memoria de miedo. La propia conducta, el modo y contexto en que se aprende, o
el consumo de fármacos o drogas, pueden actuar como factores epigenéticos que,
mediante los mecanismos explicados, permitan o faciliten el aprendizaje. En
otro interesante experimento, las ratas aprendían a encontrar la comida
asociada a determinados olores y cuando inmediatamente tras el aprendizaje se
les administró una sustancia que modificaba las histonas y se facilitó con ello
la expresión de determinados genes, se consiguió alargar su memoria para ese
aprendizaje hasta treinta días después del mismo, cuando por lo general esa
misma memoria dura mucho menos en los animales no tratados.
Una
característica importante de los cambios epigenéticos es que pueden heredarse,
es decir, transmitirse de padres a hijos. En ratones, recientemente se ha
comprobado que el estrés de los progenitores machos puede modificar el
contenido de su esperma y, de ese modo, transmitir una herencia genética
modificada que hace que sus descendientes tengan menor reactividad emocional
que la que tendrían si no hubieran sido engendrados por padres estresados. Más
interesante aún es el estudio que ha mostrado que cuando se entrena a los
ratones para tenerle miedo a un olor asociándolo con una descarga eléctrica en
sus patas, no sólo ellos adquieren ese miedo, sino también sus hijos e incluso
los descendientes de sus hijos, es decir, la siguiente generación. Se ha
descubierto, además, el mecanismo por el que esa transmisión tiene lugar, en
concreto: ese olor al asociarse con la descarga eléctrica activa un gen del
cerebro de los ratones relacionado con la expresión en sus fosas nasales de una
molécula receptora para el mismo. Ese gen es entonces específicamente alterado
(desmetilado) en la línea germinal, es decir, en el esperma, y se transmite
entonces a los descendientes con una capacidad aumentada para detectar ese
particular olor. El trabajo es especialmente importante porque demuestra el
extraordinario poder de la epigenética, al mismo tiempo que viene también a dar
alguna razón a las teorías del naturalista francés Jean-Baptiste Lamarck
(1744-1829) cuando proponía que los descendientes pudieran heredar el
conocimiento adquirido por los padres durante su vida.
Nos queda
mucho por saber sobre las propiedades y el funcionamiento de la epigenética,
pero no es descartable que la investigación en ese sentido nos depare algunas o
muchas sorpresas sobre factores de todo tipo hasta ahora inadvertidos que
pudieran ser la clave para entender cuándo y cómo se forman las mejores
memorias.
© 2026
JAVIER DE LUCAS